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Un momento que puede cambiar una historia

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El Perú que amanece hoy no es el mismo de todos los días. No es cursilería lo que digo, es inclusive un hecho ajeno a mi voluntad o a la de ustedes, se trata de una constatación evidente de la realidad. Muchos negocios, oficinas, bancos, trabajarán esta vez ‘medio tiempo’, o quizá ni eso. Los parciales de sus hijos en las universidades a esta hora ya deben estar suspendidos, los bancos laboran hasta las 5, el Congreso hasta la una, recorte este imperceptible, sí, para qué estamos con cosas. Ah, y algo más increíble aún: no habrá marchas ni huelgas todo el día, hasta Pedro Castillo verá tranquilo su partido en casa.  Hoy juega Perú, y si bien siempre lo hace, a diferencia de otras veces, aquello no le interesa solo a un tercio, o a la mitad del país, le importa a todos, inclusive a los que antes muertos de risa te decían con desdén: “¿Para qué voy a ver eso? No te pases”.

Y es que el de hoy no es un partido más, ni este ni el del martes venidero: son encuentros que pueden hacer que quienes antes se sentían ajenos o se mofaban del proceso actual, de su gente, de sus cambios y metamorfosis experimentadas en el camino, sobre la marcha, mañana estén averiguando costos de un largo periplo por Rusia para el año venidero. Así somos, del suelo al cielo.

La sensación es particular para todos, me incluyo, pese a ser distante del ‘periodismo con hinchaje’ porque mi trabajo es informar, no hacer la ola ni echar hurras. Seamos claros, vi a Perú en 2 mundiales, y estaba convencido que no lo vería más, no porque pensara que mi desaparición física esté cercana, lo que estaba lejano era ver una selección presentable en todo aspecto. Hoy creo que si no la tenemos segura en este mundial, en Qatar quién sabe. Al menos uno siente que este equipo nos representa no solo por los colores del uniforme sino por conducta adentro y afuera de la cancha.

Pero todo este ambiente y esta efervescencia llena de colorido en las calles, de fervor en todos los medios de expresión oficiales y oficiosos, de ojos vidriosos de gente adulta que sonríea punto de llorar  por donde uno transite, me lleva a concluir que quienes vimos a Perú en Argentina ’78 y España ’82 estamos ante la posibilidad de una experiencia distinta como adultos: una cosa es abrazarte de niño con tus familiares y otra distinta es hacerlo 35 años después con tus hijos. Ellos también quieren saber de qué se trata esto más allá de nuestros relatos, de los videos ‘refritos’ a los que los mayores los sometimos emocionada y casi tortuosamente. Desean ante el contagiante ambiente vivir su propia historia futbolera, palpitarla, emocionarse con lo que parecía ajeno y hoy no lo es tanto. Y la única manera de desarrollar ese sentido de pertenencia con el fútbol, con la selección para cualquier persona que no tuvo motivos para ilusionarse desde el primer uso de razón, es empezar a identificarse de manera espontánea en situaciones como la de hoy, cuando un espíritu corporativo acompaña a la selección: Perú tiene una posibilidad, es concreta, no es un espejismo ni un camino entre tinieblas. Y pase lo que pase de aquí al 10 de octubre, esa emoción ya acercó a muchos no solo por un par de días.

¡Por qué el fútbol nos cautiva tanto como peruanos? Porque necesitamos como pocos sentirnos reconocidos, identificados, admirados, levantar nuestra autoestima, saber que todos hablan de nosotros, que millones nos ven. Eso lamentablemente no te lo da ningún otro deporte más allá de lo valioso del esfuerzo de quienes lo practican. Somos un país necesitado de éxitos. Y el éxito no es solo ganar, es que el mundo lo sepa. El fútbol lo ven todos y ser mundialista allí es un privilegio inigualable, por más que no refleje nuestra pobre realidad como deporte.

Dudas y murmuraciones

¿Una confesión al final de este post? Nunca vi fantasmas jugando contra equipos peruanos, todas las veces que perdimos, creo que se dieron simplemente porque ‘no tuvimos dedos para el piano’, porque éramos menos que el resto en lo futbolístico, porque nos quedaba grande la Eliminatoria. Hoy por primera vez los veo a esos fantasmas a pocas horas del encuentro de esta tarde en la Bombonera. ¿Y qué? Es mi derecho a la sospecha por primera vez ejercido, luego de haber soportado desde siempre que otros mil veces busquen culpables en la Fifa, la Conmebol, los árbitros, en fin (escuchen, por ejemplo, cualquier conferencia post-partidos del afiebrado Markarián cuando nos dirigía y verán a qué me refiero). Viví harto de las excusas (que Gareca nunca usó ni en sus peores momentos, ese es su mayor mérito). Pero hoy sí veo fantasmas penando. Son gorditos, panzones, pelados –de cabeza y de alma- muy parecidos a los seres que abundaban en la Fifa en tiempos recientes, unos ahora presos, otros sepultados. Serán alucinaciones quizá luego de ver al presidente actual de Fifa, el tal Infantino, visitando justo ayer Buenos Aires y tirando el mensaje: “El fútbol necesita de Argentina”, o tras enterarme que la temida barra de un equipo protagónico de ese país recibirá un pago especial por asistir, quiero creer que solo a alentar. Ojalá que se logre el buen resultado y que si perdemos sea ‘por la legal’, algo que fácilmente puede ocurrir, total ellos tienen a Messi, nosotros no.

Pero si Perú no se acomoda al temor más que a la estrategia del rival, si no es por las buenas… ¿por las malas estará descartado empujarnos? ¿No se juegan millones acaso? ¿Los patrocinadores de Rusia 2018 están dispuestos a soplarse un mundial sin Messi? ¿La marca que lo viste será contemplativa ante ello? ¿Está preparada la Fifa para un mundial sin Argentina? Porque tengo claro que no estamos en 1969. Ahí auspiciaban una revista, dos restaurantes y un par de marcas de calcetines. ¿No vieron los enternecedores ‘paneles de tela’ en el partido aquel en la Bombonera? Hoy las poderosas transnacionales también están pendientes de este partido que se juega en el mismo sitio, con la misma urgencia deportiva, pero una mayor preocupación financiera.

En fin, que haya suerte hoy, porque más allá de los argumentos –que los tenemos en lo colectivo-, en estos partidos es necesaria. Y sino, el martes ante los colombianos extraemos del mazo el último naipe, con la punta de los dedos, con los ojos cerrados. Y si nos toca la carta más alta, el Perú que anochezca ese día, ya no solo por 24 horas sino por largo tiempo, dejará de ser el Perú de siempre. Al menos desde hace 35 años. Eso es ajeno a la voluntad de cualquiera, a la de los que ningunean al fútbol, también. Un Perú de sonrisa larga será apenas la constatación innegable de esa fantástica realidad.

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