¿Hijos del silencio? ¡No way!
Sábado a la noche, eran casi las diez y no podía zafarme de la chamba aun, (si, acá en gringolandia los weekends también se trabaja) la pelea del zambito Mayweather con De la Hoya empezaría en cualquier momento. Había que apurarse. Por si las moscas, llamé para cerciorarme de que el show no hubiera comenzado, no me quería perder ni un detalle.
Hice mi escala técnica de rigor para recoger mi six pack alentador. Tenía unas fichitas puestas en De La Hoya y confiaba en que le podría callar la bemba a su oponente, tal como lo hizo la última vez con el payaso de Mayorga. Venía Yo con todas las pilas puestas para el máximo evento boxístico del año, adrenalina a mil…
Pero cuando llegué al ring side televisivo que habían armado los gringos, quedé como barrista único y solitario. Todos los comentarios eran a media voz, nadie se paró a reclamar la falta de huevos del golden Boy para terminar a su oponente (que al final le costó la pelea). Todos me miraban y se miraban diciendo bajito: como se emociona, ¿no? que gracioso.. Obviamente, terminó la pelea y me llevé mis chelas a discutir acaloradamente en un Chat room, con “eye of the tiger” a todo volumen.
Así es como transcurre la vida por estas latitudes, con la voz a media asta y peor aún, parece que a la pantalla gigante que tiene gringolandia la madre naturaleza le puso mute con su control remoto. Ni siquiera la enorme población patuna que habita en esta ciudad hace gala de su mundialmente conocido cuac! Cuac! Seguro que les inyectaron algo para que sólo coman pancito y posen para la foto.
¡Cómo me hacen falta las cuculíes! con su concierto espectacular de cada mañana para recordarte que tienes que ir cole, o a la chamba, o a comprar el pan. Por la tarde cambian su tonada, que se vuelve más pausada pues ya no hay prisa. Toda la gentita del barrio está en la banca del parque desparramada y feliz sin responsabilidad alguna, hasta que otro de los músicos de nuestra fauna irrumpa en escena: El heladero
Apenas se escuchaba la inconfundible melodía de la corneta, las miradas se disparaban en todas direcciones en busca aquel carrito amarillo cargado con las únicas pócimas mágicas capaces de poner a dormir a ese dragón indómito que habita en la panza de todos los peruanos. Y entonces claro, viene el cargamontón de la pandilla, todos quieren, pero nadie tiene. El lo sabe, por eso saca su sagrada libreta para anotar las cuentas del olvido, y así poder estar siempre “cerca de ti”.
Es raro este vecindario del norte del mundo al que se me ocurrió mudarme hace ya algunos años. Uno se va acostumbrando poquito a poco, pero lo que todavía me pone los pelos de punta es que las casas no tengan timbre!!! ¿Pueden creerlo? A mí que me encantaba anunciar mi llegada con una rimbombante y larguísima tocada, se me acabó la diversión.
Aquí las caídas de sorpresa, tanto las gratas como de las otras, simplemente no existen. Para ir a ver al vecino de la puerta de al lado hay que llamarlo primero. No vaya a ser que sienta invadida su privacidad de forma repentina, y entonces “repentinamente” también llame a su abogado y te demande porque su gato de nombre “charlotte” sufrió un ataque de histeria retrograda contra extraños de otra raza.
Para evitar todo ese predicamento, se llama primero y el vecino, amigo, compañero de oficina o conocido en cuestión dejará la puerta entreabierta porque sabe la hora exacta de tu aparición en su cripta, y él podrá recibirte con un: Ohhhh Hii!! En decibeles cuasi negativos para no alterar la migraña de Charlotte.
Es muy cierto que aquí en el barrio del primer mundo las carencias son pocas, pero estoy seguro de que muchos pagarían lo que sea por un IPod que tocara todos los sonidos de su tierra. Y no hablo de alguna canción o artista en particular. Porque de hecho más de uno carga con Pedrito, Eva Ayllón, Gian Marco, Frágil, El zambo Cavero, o quizás algún caleta se haya bajado de no sé donde algo de Leuzemia
A lo que me refiero es a armar un playlist con el canto del Botillero y su carretilla, o a ese pedazo de jazz arrabalero que lleva consigo el silbato del afilador de cuchillos. Maybe un álbum doble con los varios estilos de silbidos: el del barrio, el de los hermanos, el de los enamorados y por que no el de los choros también.
Me queda claro que la tecnología de los tíos de Apple nunca llegará tan lejos y que la campanita del camión de la basura no sonará nunca. Así que mañana, cuando vaya a saludar a mi madre en su día voy a meter un chiflido desde la vereda de enfrente, para que sepan que los peruanos amamos en voz alta.
Nino Torres
Columbus, Ohio

:quality(75)/2.blogs.elcomercio.pe/service/img/saldetucasa/autor.jpg)