La última Inca Kola del desierto

Aun recuerdo aquel día en el que partí hacia el otro lado del mundo, para ser más exactos, a Australia. Recuerdo a mi hermana diciéndome en el Jorge Chávez antes de abordar: “Compra una Inca Kola y disfrútala, que sabe Dios cuándo podrás tomarte otra”.
Lo cierto es que esa última Inca Kola antes de partir fue la mejor que pude haber tenido en años porque me dejó el sabor por ocho meses, los mismos meses que luego, viviendo en Melbourne, me permitieron encontrar a $ 2.50 y a una hora de camino desde mi casa previo tren y tranvía, un sitio donde venden Inca Kola (made in USA, por cierto).
Más allá de Inca Kolas y despedidas, déjenme decirles que extraño mi país. A pesar de que Australia es un lugar agradable para vivir y la gente es amable, no se compara con el Perú en términos de calidez y espontaneidad de la gente.
Mis primeras semanas aquí fueron una guerra para adaptarme al peculiar acento australiano, al frío y la lluvia de Melbourne. Los que viven aquí siempre te dicen: “si no te gusta el clima, solo espérate un rato”, y eso está científicamente comprobado. En mi primera salida a la ciudad, por avezado e impaciente (o por idiota tal vez, no sé) terminé empapado de pies a cabeza en una lluvia torrencial, y diez minutos después salía el sol reluciente. La gente me miraba y no decía nada, aquí no había ni un alma que aunque sea por pena sacara su papel higiénico de la mochila para ayudarme a secar.
El tema de la comida no fue tan problemático porque la variedad es muy amplia y para mi sorpresa, agradable. Las opciones pasan desde un kebab turco, un souvlaki griego, chicken madras afgano, por citar algunas, hasta las cosmopolitas comida china e italiana. A pesar de todo, luego de unas semanas comiendo “take away” food, comencé a extrañar la comida peruana.
Cuál sería mi temor al darme cuenta de que lo único que sabía cocinar era arroz y en olla arrocera. Ya decía mi mamá: “aprende a cocinar, hijito”, pero por manganzón nada de hacerle caso, en fin, sorry mom. Decidido a comer algo peruano a toda costa no me quedó otro remedio que buscar recetas en internet. El lomo saltado parecía no requerir mucha destreza culinaria así que fue el primer plato que me aventuré a preparar. El resultado fue mejor de lo esperado (bueno digamos que para mis estándares lo era, ja ja). Ese día me acabé todo, no dejé ni un arrocito y mis comensales (dos australianos y una peruana) terminaron satisfechos y muy contentos con mis habilidades culinarias.
Dentro de mi repertorio gastronómico actual están el arroz con pollo, estofado de pollo, seco de carne, tacu tacu, arroz con mariscos, cebiche, anticuchos y tallarín saltado. Platos que no estarán al nivel de Gastón Acurio, pero que cumplen su función de aminorar la “estomacal” nostalgia peruana.
No sé por qué los peruanos siempre hablamos de comida, y con mis amigos peruanos siempre coincidimos en eso. Recuerdo las conversaciones en el trabajo o con los amigos del barrio hablando sobre el cebichito dominguero o la papa a la huancaína con arroz con pollo de tu mamá, quizás del pan con chicharrón luego de la chamba, o el clásico heladito de la vaca Jacinta (los que viven en San Miguel sabrán de que les hablo).
Tal vez sea que pensar en comida nos hace sentir felices o tiene cierta asociación con compartir algo con la familia y tus seres queridos. Tal vez será mejor pensar en comida por el momento, recordar con mucha alegría las cosas que el Perú tiene y que a veces son tan cotidianas para uno que pasan desapercibidas. Quisiera tener más tiempo y seguir recordando la patria pero no me queda otra que seguir investigando acerca de parásitos, vacunas, cisticercos, cerdos, gente y demás.
Digo esto porque todos esos temas tienen que ver con lo que estoy haciendo aquí el Melbourne, un doctorado, que si bien me podría enseñar muchas cosas sobre ciencia me está enseñando mil cosas acerca de la vida.
La tierra de los canguros y de los koalas (y de los australianos también) es posiblemente todo lo que uno anhela encontrar cuando en tu país estás harto de tanto caos, desorden, políticos corruptos y otras cosas más. Sin embargo, qué no daría yo por darme un saltito aunque sea por un fin de semana, jugar mi pichanga, tomarme unas chelas, salir a tonear el sábado, llegar con el pan y los tamales el domingo por la mañana y tomar mi Inca Kola para la resaca sin tener que pensar ¿cuando Dios podré tomarme otra?.
Suerte a todos los que están fuera del país, espero que todo les vaya bien y finalmente, como dice la canción: “tengo el orgullo de ser peruano y soy feliz”.
Cheers mates!
César

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