¡Cómo cambian los tiempos!

El título de esa vieja guaracha, que habla divertida de los avances de la ciencia y la tecnología, me viene a la mente cuando paso delante de alguno de los muchos locutorios que hay en Madrid. Allí puede verse a los jóvenes latinoamericanos pegados a la computadora, hablando con sus familiares y amigos por videoconferencia, viéndose las caras, riendo o emocionándose, en vivo y en directo. Y todo por unos céntimos de euro.
Cuando llegué a Madrid -allá por 1992- las cosas eran bien distintas. La Telefónica de España era un monopolio del Estado, las llamadas a larga distancia costaban un ojo de la cara, existían locutorios clandestinos, los celulares e Internet estaban en pañales y la forma más frecuente de comunicarse extensamente con familiares y amigos era la de toda la vida: escribir cartas, llevarlas a la oficina de correos y esperar pacientemente una respuesta que tardaba días, semanas y hasta meses.
Un despiste de los que duelen me enseñó muy pronto a prescindir del teléfono y a optar por las cartas. Eran mis últimos días en Lima poco antes de dejar el Perú, y a mi novia de aquel entonces le entró un arrebato de nostalgia chalaca y me llamó desde Madrid. Entre tanto ‘te extraño cariño’ y ‘ya voy pronto para allá, amorcito’ la llamada se prolongó más de lo imaginado. El caso es que cuando aterricé en Madrid me encontré una bonita factura de la Telefónica que teníamos que pagar los dos: unas 46.000 de las antiguas pesetas. Una fortuna para mi exiguo presupuesto de estudiante de Derecho recién llegado a España. (Para los que quieran echar pluma: 166,386 pesetas se convirtieron en 1 Euro, pero entonces con 1000 pesetas hacías el mercado y hoy en día con los 6 Euros equivalentes no te llega ni para la verdura)
Una vez instalado en Madrid, vivía entre la euforia por mis nuevas experiencias en la capital de España y la terrible nostalgia de haber dejado atrás a la familia y a los amigos. Lo peor era no poder compartir con ellos tantas cosas que quería contarles. Mi presupuesto no andaba para fiestas, así que llamaba muy poco a mi familia y las conversaciones iban siempre en plan telegrama. Desde el Perú sólo la familia me llamaba en ocasiones señaladas. Hablar con los amigos era todo un privilegio.
Así que cuando quería contar cosas más largamente lo hacía por carta. ¡Qué lejos quedan esos tiempos! Entre clase y clase, en los fríos bancos de piedra de la Avenida Complutense llenaba hojas bond, luego iba al Estanco de Tabacos de al lado de casa a comprar las estampillas. Allí siempre había una cola interminable por que la estanquera no utilizaba calculadora y hacía la cuenta con lápiz y papel. Finalmente echaba las cartas en el buzón y si quería que llegasen pronto iba a la central de correos en la Plaza de Cibeles, donde unos leones de bronce engullían las cartas.
El altísimo costo de las llamadas internacionales llevaba a los más sinvergüenzas a pedir prestado el teléfono cuando visitaban alguna oficina y dejarles el cuentón de una llamada clandestina al extranjero. Otros pasaban de la picardía al delito montando locutorios clandestinos. Los facinerosos se dedicaban a alquilar departamentos con papeles falsos. Una vez dentro de la vivienda, arrendaban el teléfono a todos los extranjeros que pagaban una cantidad fija por el tiempo de utilización del aparato, sin importar a dónde llamaban. Allí se llegaba con contraseña y referencias. Los falsos inquilinos se esfumaban siempre, poco antes de que la factura del teléfono llegara al propietario de la vivienda, quien contraía una fuerte deuda con la Telefónica. Varios peruanos me hablaron de estos locutorios clandestinos, harto reprobables por varias razones. Los platos rotos de las altas tarifas los pagaba el incauto arrendador. Entonces había pocos extranjeros en España y había arrendadores confiados que alquilaban las viviendas hasta de palabra. Por sucesos como estos, los arrendadores españoles son hoy en día tremendamente desconfiados y exigen todo tipo de garantías para alquilar viviendas a extranjeros.
Tras la ruptura con la novia de la factura de 46.000 pesetas, me instalé solo en el centro de Madrid. El gasto extra que suponía alquilar yo solito una buhardilla dejaba el teléfono fuera del presupuesto. Así que las llamadas las hacía con las dichosas tarjetas prepago, que eran mudas y no daban ningún aviso para recordarte que las retiraras al finalizar la llamada. Más de una vez me dejé olvidada en el teléfono público una tarjeta recién comprada. ¡Ayayay qué dolor! En contraparte, yo también encontré tarjetas olvidadas, las cuales reservaba para las llamadas al Perú, que seguían siendo carísimas. En la sede de Telefónica, en la Gran Vía madrileña, había un amplio locutorio (este sí que era con todas las de la ley), un lugar a donde acudíamos a hablar tranquilamente los que no disponíamos de teléfono fijo en casa.
Mi pequeña venganza contra las altísimas tarifas llegó una noche. Estaba en una casa de Lavapiés tomando vinos con los amigos del barrio -en ese grupo había de todo: madrileños, andaluces, argentinos y por supuesto, peruanos- cuando llamó al intercomunicador un amigo chileno. Nos dijo con su marcado acento: “bajaí a la calle al tiro puh” Una vez fuera, al lado de la cabina del teléfono público, nos dijo: “me han prestado sólo esta noche esta huevá super encachá puh. Una tarjieta para las cabinas que no se acaba nunca puhuón”. Efectivamente, la tarjeta tenía un chip y cuando se metía en el teléfono te daba 2.000 pesetas de crédito, lo máximo en las cabinas de aquel entonces. Te ponías a hablar y cuando la pantalla del teléfono indicaba que se agotaba el crédito, como por arte de magia, el crédito se volvía a poner en 2.000 pesetas. Esa noche fuimos felices llamando a la familia y a los amigos con una tarjeta interminable.
¡Cómo cambian los tiempos, Venancio! ¿Qué te parece?
¿Qué te parece, Venancio cómo cambian los tiempos?
Llegaron los nuevos inventos y los tiempos cambiaron. La Telefónica dejó de ser un monopolio estatal y las llamadas se pusieron a precio de chauchilla. Internet cambió la forma de ver el mundo y las videoconferencias que solo conocíamos por las películas de marcianos llegaron a nuestras vidas. Hoy todos los locutorios son legales y sus propietarios obtienen subvenciones públicas. El correo electrónico jubiló a las cartas y el buzón de casa se volvió rutinario: allí sólo llegan facturas o extractos bancarios.
Quizá esto último sea lo único que extraño de esos viejos tiempos pre Internet: la emoción de llegar al portal de casa y ver las cartas en el buzón. Las nuevas generaciones no sabrán de lo que va eso. ¡Qué emocionante era encontrar las cartas ensobradas de las personas más queridas de uno! O la tarjeta postal de aquella chica, con la que uno tuvo un breve romance, ella, que en un viaje recordó malamente la dirección de uno y garabateó unas líneas cargadas de cariño, que diligentemente trajo hasta el buzón de casa el señor cartero.
Javier Távara, Madrid
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