¿Mentimos sobre nuestra realidad en el extranjero?

Después de vivir cerca de ocho años en los Estados Unidos, hay algo que no he llegado a comprender: ¿Por qué muchos de los inmigrantes que vivimos en este país nos sentimos tan triunfadores y dueños del mundo? Cuando uno llega acá, se topa con cada individuo que habla de grandezas, lujos y de cosas que suenan muy bonitas como si todo eso fuera verdad. Como decimos nosotros, te la cuentan a colores.
Todo empezó cuando, cansado de vivir en un sistema incomprensible y basado en la informalidad que después se convierte en una norma, decidí emigrar. Salí, como muchos miles y quizá millones de compatriotas salen, a buscarse los frejoles por otros lados, porque total, acá no pasa nada.
En el Perú las cosas no me iban nada mal, soy arquitecto colegiado, tenia una pequeña empresa de la que no solo vivía mi familia sino algunas más, y contaba con una cartera de clientes que nos mantenía ocupados. Las cosas no pintaban nada mal, pero una cosa jala a la otra, a mis clientes no les caminaba el negocio y, por lo tanto, no tenían para pagarme. Como decimos en buen cristiano, me cabeceaban a pesar de firmar contratos, entonces, los llevaba a juicio, pagaba abogado, y como caso digno de contar, ganaba un certificado judicial en el que se decía que yo era el ganador de la contienda, pero, ¿para que? Nunca me pagaron.
Las cosas estuvieron complicadas hasta que llegó un amigo de mi esposa y me dijo que vivía en Nueva York, que tenia una empresa de mudanzas, que tenia una linda casa en un barrio residencial, que era un glorioso peruano triunfador en los yunaites, que sabia lo de mi empresa y que le interesaba hacerse mi socio, pero para poner el mismo negocio en la Gran Manzana, que ya tenía una cartera de clientes cautivos y que se conocía al dedillo el teje y maneje de las empresas en tierras gringas.
Surgieron miles de preguntas, dudas y respuestas. Todo se presentaba prometedor, era una gran oportunidad para emigrar y hacerlo por la puerta grande. Una de las dudas era sobre la residencia. Yo tenía visa de turista, pero eso no me autorizaba a trabajar, “no te preocupes, hermanito, eso se soluciona, eso es lo mas fácil, vas a poder entrar y salir del país las veces que quieras, yo lo vengo haciendo hace 10 años y no pasa nada” fue la respuesta que recibí.
Cerré mi empresa, me despedí de la gente que trabajaba para mí, alisté mis maletas y empecé a hacer exactamente lo que el amiguito me dijo. Tenía que viajar a Miami, sacar mi licencia de manejo, con esa licencia viajar a Nueva York y posteriormente cambiarla por la de este estado. Si bien en Miami tuve la ayuda de su hermana y su cuñado, me sentía incomodo, era gente que yo nunca había visto en mi vida y me tuve que hospedar en su casa por unos días. Viajé a Nueva York con la licencia recién obtenida. Viviría en la casa de mi nuevo socio. Para esto, su esposa me fue a recoger al aeropuerto y me contó que su esposo se había ido al Perú y que regresaba en unos días, que yo estaría bien y que tenia que esperarlo. Llegamos a la casa. Vivían en el populoso barrio de Queens, en una vieja casona de tres pisos. Ellos alquilaban los dos pisos superiores. El primero era alquilado por otra familia hispana.
Al entrar, sentí un fuerte olor a humedad, como cuando uno abre un viejo baúl que está arrinconado en algún lugar oscuro de la casa. Como dije, los dos pisos eran alquilados por la pareja, pero ellos a su vez subalquilaban todos y cada uno de los rincones de la casa. Ahí vivían colombianos, guatemaltecos, hondureños, algunos peruanos … hasta los muebles de la sala tenían dueño.
Mi pregunta fue ¿y dónde voy a dormir? “Mira, acá nos acomodamos como podemos, yo te presto una bolsa de dormir y puedes ir a esa esquina de la sala, solo que tenemos un solo baño, fulanito se levanta a tal hora, menganito entra a trabajar a tal hora y….” O sea, me tocaba aguantarme los orines mañaneros como hasta el medio día. “Está bien, ya estoy acá”, pensé.
¿Cómo es lo de la empresa de mudanzas de tu esposo? Pregunté. “¿Empresa? ¿Qué empresa? Ja,ja,ja, él tiene un par de camionetas Van superviejas que se caen a pedazos. Mi esposo pone un aviso en el periódico y la gente que necesite mover cosas pequeñas lo llama, y la que va soy yo. Consigo a alguien que me ayude y ya, eso realmente no es un ingreso fijo, es cuando se presenta. Nosotros vivimos de la renta que nos pagan nuestros inquilinos. Con esa plata pagamos la casa, cubrimos los servicios y podemos comer. El negocio es llevar ropa al Perú, ropa que acá está de remate por el cambio de temporada”.
Mmmmm… ¿y la empresa que vamos a formar?, ¿y nuestro negocio promisorio? Lo que yo estaba viendo no se parecía en nada a lo que él me contó. No vivían en un barrio lujoso, su casa no era ni medianamente simpática, no tenían comodidades y no tenían ninguna empresa de mudanzas… ni al baño podían ir cuando la necesidad se presentaba. Los días seguían pasando y yo me preguntaba “¿qué hago acá?”. Estaba muy incomodo, durmiendo en el piso de la sala, despertándome cada hora con los diferentes relojes que suenan, con gente caminando a mi alrededor tanto de día como de noche, esperando miles de horas para descargar mi vejiga o darme un baño, gastando el poco dinero que ya me quedaba y esquivando a la calenturienta esposa del amiguito que no tenía cuándo venir.
Hasta que un día sonó el teléfono. ¡Es del Perú, sorpresa! El “amigo” amigo comienza hablar con su esposa. Ella escucha sin contestar, se le ve pálida, nerviosa y sus ojos comienzan a llorar. “Bueno papi, cuídate y mantenme al tanto” dice antes de colgar.
Posteriormente, la esposa me contó en medio de un mar de llanto que su esposo trató de ingresar a Estados Unidos y que inmigración lo detuvo. No lo dejaron pasar porque no supo responder cómo era posible que durante 10 años entrara y saliera del país con una simple visa de turista y porque pasaba más tiempo en Estados unidos que en el Perú. Mi “socio” respondió que su familia tenía mucha plata y que sus padres lo mantenían y le pagaban sus caprichos, sin embargo, no pudo evitar que le anularan la visa.
Miguel Valle, Estados Unidos
* Todos los interesados en publicar una historia en “Yo también me llamo Perú” pueden enviar sus artículos y fotos a los siguientes correos: editorweb@comercio.com.pe y jortiz@comercio.com.pe

:quality(75)/2.blogs.elcomercio.pe/service/img/saldetucasa/autor.jpg)