I (heart) New York

No era consciente de las conexiones y señales que tratan, muchas veces sin éxito, de guiar mi vida. Nunca pensé que una decisión tan espontánea como mudarme a Nueva York, me abriría la puerta a un mundo de infinitas posibilidades. Fui necia con el destino e intenté prosperar profesional y sentimentalmente en una ciudad que quiero tanto y en la que aún no pierdo la fe: Lima.
Era innecesario trasladar mi humanidad al otro lado del mundo para descubrir el secreto de mi felicidad. Pero definitivamente era parte de mi guión biográfico experimentar, una vez más, la lejanía de mi pueblo. Podría decir que es la única vez que he sentido que algo estaba hecho a mi ancho y largo, a mi gusto por el arte y la cultura, Nueva York fue hecho a mi medida o tal vez yo fui hecha a la suya.
He tenido la suerte y desgracia de vivir en distintas ciudades del Este, Oeste y Centro de Estados Unidos, en un país tan lejano como Australia y he recorrido lugares imposibles de describir. Soy gringa por casualidad y sin elección, pero mi corazón se desborda de rojo y blanco con orgullo y sin vergüenza. En poco tiempo, el maltrecho músculo que refugio en mi lado izquierdo, se ha partido asimétricamente en dos y es así que aparece el “I JART NIU YORK” – creativa modificación del conocido original I LOVE NEW YORK.
Estoy enamorada de la isla, de la Gran Manzana, de la ciudad que nunca duerme. Y aceptarla con defectos es amar. Amo el verano, su sinfín de actividades en mi limitada agenda. Amo el otoño, sus hojas y atardeceres naranjas, amarillos y rojos. Amo el invierno, sus frías y blancas alternativas. Amo la primavera, su olor, sonido y color. Amo el cielo, las nubes, las estrellas, los rascacielos. Me atrapa, no es estéticamente bonita pero me hace, deshace y rehace.

La posibilidad de regresar a la tierra de las oportunidades existió desde que el sector laboral limeño se dedicó a cerrarme puertas por no “tener experiencia”. Pero la terquedad y esperanzas de poner mi granito de arena se hacían cada vez más grandes y mis ganas de regresar más lejanas pero siempre presentes, a pesar de la familia, los amigos, la comida y algunos amores que me ataban.
Un café, una vieja amiga y una locura se juntaron una tarde para dar pie a una idea que se convirtió en realidad. Hice petacas y me enrumbé con entusiasmo a aquella ciudad imponente que había visitado hacía ya cuatro años. El resto es historia.
Cómo aburrirme con tanta variedad, cómo no aprender a querer el ruido y la suciedad, cómo no soñar con lo imposible si no tiene un límite. “¿Por qué Nueva York?” me preguntaron durante la entrevista de mi trabajo actual, a lo que respondí con la maravillosa frase de la canción “New York, New York”; “Si puedo hacerlo acá, lo puedo hacer en cualquier lugar”.
Para nombrar los beneficios que ha traído a mi vida tremenda decisión, sobrarían palabras y faltaría espacio. Nueva York, o se quiere o se odia, es extrema; blanca, negra y gris. Dicen que intimida, que es fría y dura. Es densa, no tiene noción de espacio, tiene una manera peculiar de crecer hacia arriba con ganas de llegar al sol. Es libre, sin prejuicios, bohemia, pobre y rica. Es divertida y tranquila, cosmopolita e impredecible.
Nueva York es conocida por la hemorragia continua de vehículos amarillos que me recuerdan nostálgicamente a taxis y combis de tardes limeñas, tocan bocinas y no respetan al peatón. El soundtrack está compuesto de sirenas de ambulancia, talentos subterráneos y espectáculos callejeros. Caminar es mi deporte favorito, comer es un lujo y las actividades culturales, una rutina incansable.
El camino ancho – Broadway – cruza en diagonal el perfecto mapa cuadricular de Manhattan. Times Square carece de tiempo, las luces y colores dan la impresión que fuera siempre de día. En Downtown se mueve la plata y se percibe un aire de pérdida y orgullo. Chiquitos pero hermosos a su manera, están los barrios de Chinatown, Little Italy, Soho y Greenwich Village (mi favorita). La cultura sobrepasa mis expectativas, vivo en la misma cuadra del MET, trabajo por el MOMA y paso todos los días por el Museo de Historia Natural. A Union Square le agradezco por el recibimiento. Central Park, es un paraíso, mi campo de expansión veraniega, con vuelos de imaginación, conciertos de locura y combinaciones perfectas de creatividad, espacio, árboles y cemento. Tanta belleza y fealdad, creada por la naturaleza o el hombre, la encuentro sólo en esta ciudad.
No es tanto lo físico, más es lo espiritual por lo que la quiero. Me dio oportunidad sin discriminación, me dio amigos sin pedirlos y me dio suerte de sobra. Descubrí letras, libros, música; demasiada verdad. Descubrí sonrisas entre lágrimas, soluciones antes que problemas. Me reencontré con la independencia y la flojera. Lloré, grité, sufrí, me olvidé y me conocí. Descubrí el amor, la felicidad y la tranquilidad. No tengo pasado, no tengo futuro, me tiene a mí y el resto es historia.
Vanessa Podesta, Estados Unidos
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