Mi cumpleaños romano (y sus consecuencias)

No me importó que la Inca Kola que estaba bebiendo fuera embotellada en Ecuador o que el manjar Nestlé sea hecho en Chile. Tampoco me interesó tomar una cerveza y que esta no fuera Arequipeña ni Cusqueña ni no me dolió que mis amigos me dejaran esperando más de tres horas por el bautizo del hijo de alguien y, sobre todo, no me molestó en lo absoluto que el Milo que me regalaron dijera Made in Singapur.
Hubiera sido un cumpleaños triste y solo como estoy que acostumbrado a tener, pero todo cambió cuando ella se quedó conmigo las tres horas. En lugar de una gran cena tuvimos un helado y en lugar de vino o cerveza nos tomamos una Inca Kola en la Piazza San Pietro hablando de nada y conversando de todo. Recuerdo muy bien cuando entró en la sala y me dejó con el corazón en suspenso: tenía el cabello liso como una duna y yo sé que ella solo hacía esa magia con su cabello en ocasiones especiales ya que sus cabellos usualmente están recogidos hacia atrás de manera desordenada. Esta vez no, parecía una duna tranquila y especial, llevaba un polo rosado que hacía perfecta combinación con sus ojos caramelo y además dejaba ver de vez en cuando parte de sus hombros debajo de una especie de blusa negra transparente, como si fuera una invitación.
No llevaba mucho maquillaje, pero su rostro estaba resplandeciente, no sé si porque era mi cumpleaños o porque simplemente se arregló bien. Esa noche sus ojos estaban en perfecta armonía con su boca que deslucía un dulce y tierno color rosa que apenas se percibía y que iban a la par del polo rosado. Las pestañas largas y profundamente negras dejaban ver sus grandes ojos que escondían una simplicidad única que la hacía muy compleja para mí. Llevaba una falda negra – algunos centímetros por encima de la rodilla- y como estábamos en setiembre y el calor aún estaba presente, no llevaba medias. Me gustaría decir que llevaba sandalias, pero Benedetti me falló, ella tenía unas ballerinas negras sin taco. Era alta, así que no los necesitaba, además, me dijeron que las chicas europeas no están acostumbradas a usarlos.
Yo era su mejor amigo, así que me sentía como aquella propaganda de Sprite en la que se expresa sin temor las cosas como son. Era el amigo indiscutible y el que la apoyaba en sus problemas. Estuve en todas las reuniones que ella organizó y hasta fui a todas las misas en las que sabía que ella estaría. Tengo que aceptar que mi fe creció como consecuencia de ella. La aconsejaba mucho y no me cansaba de decirle que era hora que se ponga a estudiar si es que se quería quedar en Roma y siempre la motivaba en los periodos en los que estaba desempleada. Como buen amigo, me tocó también el papel de consolarla y escuchar más de una vez cuánto se había enamorado de alguien más. No podía ir contra mis principios y la ayudé hasta donde pude para que pueda conquistarlo. Creo que hice más de lo que pude controlar y en el camino me transformé en el principal hombre que ella buscaba. El tiempo también se volvió nuestro. No me importaba quedarme con ella todos los días hasta muy tarde solo hablando de él, aconsejándole, subiéndole la moral y la autoestima, diciéndole mil veces todo lo bella que es y que si el no se daba cuenta pues era simplemente un idiota.
La noche de mi cumpleaños no fue la excepción. El tema de conversación fue él y a mi no me importó que ella estuviera conmigo. Después de largas horas de espera, mis amigos me llamaron y nos encontramos cerca del centro, me cantaron Happy Birthday en una mozzarella, fue la mejor torta que tuve en años. Ella se me acercó y me entregó un paquete. Era un Milo (sí, el que te hace grande). No pude ocultar mi alegría ni algunas lagrimas en mis ojos, pero ella no dijo nada, solo me abrazó y me dijo: Ojalá que esto te haga recordar los desayunos que tenías en Perú que tanto te hacen falta. Yo le comenté eso solo una vez en el mes de junio. No podía creer que se hubiera acordado.
El tiempo pasó, la amistad creció y finalmente la convencí para que estudiara. La acompañé en todos los trámites que tenía que hacer, irónicamente ella escogió la misma universidad en la que yo estaba. Una semana antes de empezar las clases, un amigo dio un concierto en el centro de Roma (en Piazza Navona) como parte de un programa de evangelización que hacía el Vicariato y fuimos a verlo. Era música brasileña y bailamos mucho, saltamos, nos burlamos de la gente, de los turistas, de mi amigo, de la plaza, en fin, de todo. En una de las canciones en las que nos tocaba bailar, mi amigo, muy a su estilo, exclamaba una y otra vez: escucha a tu corazón, dile la verdad a la persona que amas, escucha a tu corazón.
Lamentablemente lo escuché y decidí que era el momento de dejar de ser el amigo y pasar a contarle la verdad, decirle lo que siento a pesar de ya saber el resultado. Tengo que ser honesto conmigo mismo, me llené de coraje y me sentí indestructible. En ese momento lo podía todo, tenia que hacerlo, era ahora o nunca (creo que mejor hubiera sido nunca). La tomé de la mano, le dije que tenía que decirle algo, ella me miró, me calló y dijo “mejor después, acompáñame, me tengo que ir”. Al irnos, noté un cambio en su actitud, estaba un poco seca y no me decía mucho, pero yo tenía mi mente decidida, quería hacerlo. Necesitaba hacerlo. Respiré profundo y repasé el italiano en mi mente para no equivocarme en las mismas palabras de siempre. La volví a tomar de la mano, pero ella la soltó rápidamente y se subió al bus diciendo adiós. Yo me subí al instante y me senté a su lado, no pude más, no la miré, me quedé con el rostro hacia el frente. Ella miraba la ventana.
Le dije la verdad, le dije que todo este tiempo estaba enamorado de ella y que todo lo que hice fue por ella (me asombré de mi italiano perfecto) pero los segundos pasaron y ella no hablaba, solo miraba por la ventana. Al no escuchar ninguna respuesta, entré en pánico, me puse blanco, comencé a temblar y a sudar en frío. El autobús paró y me bajé como un cobarde, ella ni se inmutó al verme descender, seguía inmóvil mirando la ventana. El autobús se fue. Poco después, yo estaba aún contrariado, pateando piedritas y maldiciendo a mi amigo y su maldita canción del corazón. Me fui a Fontana de Trevi, me quedé mirando la belleza de la caída del agua, y sonó mi celular: era un mensaje de ella. “Lo sabía, pero, por qué has dejado que te cuente todo sobre él? preguntaba incrédula. Yo le respondí con un mensaje románticamente estupido: porque te quiero mucho y al ayudarte parecía que colaboraba a hacerte feliz. No obtuve respuesta.
Me sentí destrozado y extrañé mucho a mis amigos en el Perú, pero no había nadie que me diga “vamos a tomar unas chelas para olvidar”, no había nadie que me diga que no valía la pena, no hubo nadie que me diga que ella se lo perdía. Me dolía el pecho, me dolía el alma y solo buscaba mi país, mis amigos y mi familia.
Ella se alejó y cuando nos veíamos, mantenía su distancia, pero nunca dejó de hablarme, aunque las conversaciones ahora eran totalmente diplomáticas. Al empezar las clases noté que ella no venía a la universidad. Pregunté desesperado y me dijeron que tuvo un problema urgente, que tuvo que regresar a Eslovaquia y no tenía fecha de regreso. Se me partió el corazón, quise viajar y buscarla, saber que había pasado, pero nadie me lo quiso decir. No sé si ella dejó dicho eso, pero simplemente se fue y no sé si volverá. Falta poco menos de un año para que regrese a Perú y me duele pensar que quizás no la vuelva a ver. Tengo mucha incertidumbre y no quiero equivocarme. Creo que es justo que ella no me haya dicho nada, así como también lo es que nadie quiera decirme que ha pasado. Creo que es mejor dejar ir todo y ponerme a pensar en lo que de verdad es importante. Lo único que sé es que en verdad necesito un amigo en este momento.
Diego Arias, Roma (Italia)
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