Reflexiones desde Ecuador

No es fácil salir de tu país y empezar de cero una nueva vida en otro, lejos de la familia, de los amigos y de todo aquello que nos rodeó por tanto tiempo, sobre todo si el hombre es un animal de costumbres, el periodo de adaptación es complicado y no tienes mucho tiempo para pensar, hay que tener capacidad de reacción inmediata, y eso a veces es difícil, porque al comienzo, la familia que viene contigo requiere de más tiempo para su adaptación, extraña a los seres queridos, los amigos, la comida, las costumbres y entra una nostalgia que a muchos compatriotas les ha hecho abortar su decisión inicial y regresar al país.
Al principio, los cambios te afectan, sobre todo si llegas a un destino en el cual las condiciones de vida que hay no son mejores a las de tu país; entonces, lo que haces por default (como dirían los monstruos en computación) es comparar tu nueva situación con la anterior: todo te parece peor (el servicio de Internet, la comida) y además, el costo de vida es más alto.
Lo que corresponde en esos casos es adoptar una actitud positiva, porque sino, lo más probable es que tú y la familia terminen afectados por una terrible y agobiante depresión que lo único que puede lograr es acelerar el retorno a casa. Lo primero que debemos hacer es aceptar que estamos en un lugar diferente, con sus virtudes y defectos, y aprender a convivir con ellos, porque serán nuestros vecinos durante toda nuestra permanencia.
En relación con la comida por ejemplo, los peruanos estamos convencidos de que no hay como nuestra cocina, y en nuestra patriótica creencia pretendemos que a todo el mundo le debe gustar. Nada más pretensioso. Lo cierto es que debemos entender que no hay mejor ni peor cocina, hay comida que te gusta y que no te gusta, y ya sabemos lo que se dice sobre los gustos y colores. Igual nos pasa con nuestra música criolla, nuestros valsecitos, huaynos y hasta con los villancicos de los famoso Toribianitos.
A veces uno quisiera incluir en el equipaje todo lo que nos gusta y no sé si eso es recomendable o no. En mi caso no creo que hubiese funcionado, porque de seguro hubiese sido un acelerador de la nostalgia, pero supongo que eso es una cuestión de opciones. Yo me incliné por conocer la comida de Ecuador, la quiteña, guayaquileña, cuencana, y en general de los hermosos lugares que hay en este país. Cómo no escuchar al gran Julio Jaramillo y enterarme de los equipos de fútbol que juegan tanto en primera como es segunda, y les puedo asegurar que me está yendo muy bien, porque además, los nuevos amigos que hagas en tu nuevo destino lo primero que te van a preguntar es si probaste sus platos típicos, sus bebidas, si escuchaste o bailaste su música y por supuesto, hincha de qué equipo te has vuelto.
Aunque estoy en Quito, que es la capital, he podido conocer otros lugares como Cuenca, Guayaquil, Otavalo e Ibarra, entre otros, pero sé que tengo aún mucho por conocer. Lo increíble es que a solo unas cuantas horas de Quito puedes disfrutar de una geografía impresionante, con personas muy amables. Las relaciones entre Ecuador y Perú realmente son muy distintas a las que existían hace mas de 10 años.
No sé por cuánto tiempo estaré por aquí. Inicialmente vine por un año y ya tengo 7 meses, que han pasado en un abrir y cerrar de ojos. Mi esposa está embarazada y no sabemos si tendremos a nuestros hijos (dos) aquí o en algún nuevo lugar al que nos lleve mi trabajo, porque hoy el mercado laboral ha dejado de ser local para ser globalizado, pero donde sea que nos toque ir (o de ser el caso regresar al Perú) la experiencia que me llevo está guardada en mi memoria, y ese es un equipaje que no se puede extraviar, decomisar o perder en la aduana, y serán experiencias que – si Dios quiere- podré compartir con mis hijos.
Marco Andrés Aleman, Ecuador
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