Bienvenu au Canada

Hay una persona que jamás pensó estar en Canadá y que si está aquí es gracias al azar, a la obra de Dios o tal vez gracias a un despistado funcionario de Inmigraciones de Canadá. Hasta ahora él no conoce con certeza la razón, pero tampoco le importa, el hecho es que está aquí y ha decidido quedarse, de eso sí está absolutamente seguro. Permítanme contarles una pequeña historia.
Todo comenzó un día de febrero del año 2000 con una llamada telefónica. Cuando él terminó de hablar, la única palabra que vino a su mente fue “¡mierda!”. Discúlpenlo, pero en esas circunstancias cualquiera hubiera dicho lo mismo. Después, él les dio la buena nueva a sus padres, los vio llorar, se puso triste pero también contento. Él iba viajar y cambiar de vida, iba a emigrar, pero, ¿a Canadá? ¿ Por qué a Canadá? Ni él mismo estaba seguro. Hacía casi 2 años que había llenado los formularios solicitando la residencia permanente, los tramites continuaron y ahora iba a recibir su visa. Toda su vida soñó con viajar a Francia, aún lo sueña, pero la vida siempre caprichosa había decidido otra cosa.
Después de la alegría inicial, y ya solo e su dormitorio, el miedo lo invadió por un momento. Se pregunto qué iba a hacer en Canadá, pero luego reflexionó y se dio cuenta de que la verdadera pregunta era ¿Qué diablos hago en mi país? La respuesta era sencilla: Nada. Hacía varios meses que no trabajaba y las posibilidades de encontrar un empleo eran, por decir lo menos, bastante difíciles.
¿Qué conocía de Canadá? No mucho. Lo poco que sabía lo había leído en Internet antes de su entrevista con el funcionario del gobierno de Quebec, pero si de algo estaba seguro era de que, durante el invierno, el frío congelaba hasta las ideas. Él detestaba el invierno, pero, ¿cuál invierno? ¿el invierno de su ciudad? ¡Bah!, eso no era invierno, era solo un remedo de invierno, pero eso lo descubriría meses después. Él amaba el verano, la playa, el mar, acostarse sobre la arena para tomar sol, beber una cerveza helada mientras contemplaba a las lindas muchachas de piel bronceada. Eso era vida. Pero todo iba a cambiar…
Tenía como fecha límite para salir del país el 4 de julio. Él había preparado todo, es decir, sus hermanas habían preparado todo. Él ignoraba lo que contenían sus maletas, solo sabía que su ropa estaba allí. Era la primera vez que viajaba fuera del país y la tercera que subía a un avión. La última vez había sido 20 años atrás, cuando viajó a Lima en un vuelo que no demoró más de 45 minutos. Esta vez estaría 8 horas en un avión, ¡8 horas!, ¡480 minutos!, era una eternidad. ¿Qué diablos iba a hacer durante todo ese tiempo? ¿Dormir? No, él no podía dormir cuando viajaba por autobús, mucho menos ahora en un avión. ¿Leer? Tal vez, un amigo le había recomendado un libro de Arthur Hailey llamado « Aeropuerto ». Muy gracioso, ¿ no?. Él no tenía miedo a los aviones, solo estaba seguro que si un avión se malograba en el aire la cita con San Pedro estaba asegurada.
Finalmente llegó el día de la partida: 22 de junio, 23:00 horas, Aeropuerto Internacional Jorge Chávez. Luego de las lacrimógenas despedidas y las revisiones e interrogatorios casi policíacos de la aduana de su país, se subió al vuelo 1953, clase B de Continental Airlines.
El vuelo fue tranquilo, salvo por un pequeño sobresalto cuando el avión estaba sobre el Golfo de México que hizo que su estómago tomara el lugar de sus amígdalas. La comida no estuvo mala. Aquel que diga que le gusta la comida de los aviones es un masoquista, aunque sea de la primera clase del Concorde.
¿Qué hizo durante el vuelo? ¿Dormir?, ¿Leer? Nada de eso, simplemente pensó en muchas cosas importantes: en sus padres y hermanas, en su futuro en aquel lejano país y en quién sería el próximo campeón del Mundial de Fútbol de Corea-Japón.
A las 7:30 de la mañana, llegó al Aeropuerto Newark en Nueva York. Su vuelo hacia Montreal salía a las 12:20, así que debía esperar casi 5 horas. Como no tenía visa del país del Tío Sam, debió permanecer en una sala con otras personas en su misma situación. Entre Coca Cola, papas fritas, el baño y la conversación con el señor Llerena -un compatriota que viajaba también a Montreal- las horas pasaron volando bajo la atenta mirada de los agentes de inmigración norteamericanos.
El vuelo a Montreal fue bastante tranquilo. Ahí, tuvo como compañero de viaje a un muchacho norteamericano que tenia 11 años, que soñaba en convertirse en actor y que iba a Montreal a un campamento de verano. En su inglés tarzanesco, él intentó hablarle de su país, pero el muchacho lo miró con cara de asombro. Y es que el mozalbete no había escuchado jamás el nombre de su país, no sabia prácticamente nada de América del Sur. Él solo pensó “¡Dios Mío!, ¿no hay profesores de geografía en Estados Unidos?”. Para los yanquis, América termina en México y Canadá es la estrella 51 de su bandera.
En el Aeropuerto Dorval había ya una persona que lo esperaba y que lo llevó a las Oficinas de Migración. Allí recibió 18 kilos de papeles, folletos, libros y demás. Ser los primeros productores de papel en el mundo es un asunto que los canadienses toman muy en serio. Finalmente, una Agente de Inmigración le explicó sus derechos como residente permanente, selló su visa y le dijo lo que ella había seguramente dicho a 50 personas antes que él: “Bienvenu au Canada “. Con una gran sonrisa, él respondió : “Merci”.
Una amiga de su hermana, a quien él conocía solo por foto, lo esperaba y lo alojaría en su casa por unos días. Una nueva vida comenzaba para él, pero esa, esa es otra historia…
Antonio Poletti (Montreal, Canadá)
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