Mare nostro

Podrían estar leyendo un texto sobre algun lugar exótico al que a alguien o a mí nos haya tocado viajar. O podría también estar escribiendo sobre los Estados Unidos, lugar en el que vivo hace casi 10 años y del que, pese al largo tiempo, no tengo ni pienso obtener residencia. Prefiero enfocarme en ningún lugar, o mejor dicho desenfocarme en todos. Espero entretenerlos con este escrito sobre El Mar, lugar entre todos los lugares, que es el meollo de mi profesión y de mi pasión, de mi oficio y beneficio.
Soy Oceanógrafo Químico, y llegué a esta profesión por accidente pero por gusto y decisión propia. Estudié Farmacia y Bioquimica en Perú y al terminar mi bachillerato me encontré en una encrucijada, pues gracias a una nueva ley (en aquel entonces) de Alan, mi sueldo como profesor de inglés en el Icpna era varias veces más de lo que podría lograr trabajando con mi flamante cartón de profesional. Acabé enseñando inglés por varios años en las minas del sur del Perú, y, tras volver a la ciudad y conocer, por accidente a quien es mi mujer (el Icpna estaba instalando recién el GRE en computadora y se cayó todo el sistema el día que fui a tomarlo, me hicieron esperar 7 días en Lima, así que fui a pedir asilo cuasi político a una amiga, cuya compañera de casa era una guapa trujillana), decidí salir a buscarme la vida fuera del país. Llegué a Estados Unidos en 1998 con tres maletas llenas de música y mi bicicleta en una caja inmensa. Hoy, 10 años después, espero poder irme con lo equivalente (y con mi esposa e hija, claro está) a fin de este año, y mis opciones se perfilan todas en el Pacífico: Taiwan, Japón o Australia.
Mi tesis de bachillerato investigaba un elemento químico producto de la contaminación industrial en terrenos de regadío de mi ciudad natal, Arequipa; siguiendo y expandiendo esa línea estoy ahora investigando otros dos o tres elementos químicos, con el añadido de la especiación química y las concentraciones miles o millones de veces más bajas en mar abierto, ya no en mi ciudad natal, sino indagando sobre efectos globales que estos metales puedan tener en el secuestro (o no) de dióxido de carbono, calentamiento global, etcétera.
El Pacífico sur fue el lugar en el que me tocó vivir de niño y donde mi romance con agua con 3 y medio por ciento empezó. Como pocos serranos y muchos costeños, conocí el mar muy temprano y de niño iba con mi familia a una playa aisladísima donde andar desnudos todo el día trepados en una peña era la quintaesencial definición de diversión veraniega. Ya más grande en Tacna, y de adulto en Ilo, vi la locura de los efectos de El Niño y quedé impresionado y conmovido con la evidente fragilidad de la existencia humana, dependientes como lo somos en Perú y todo el mundo de la pesquería y de que un accidente climatológico (léase huayco) no se lleve la ciudad en la que vives (¡o a tus padres y hermanos, metidos en un auto!) al mar (que es el morir, según una vieja copla de Jorge Manrique), que es a donde van todos los ríos del mundo. Allí buceé por vez primera y pude sentirme un visitante del espacio exterior, un torpe por definición y por antonomasia, intentando tocar algún pez y siendo feliz de que mi visión no fuera tan mala bajo el agua como lo es arriba del agua (cortesía del efecto de tener mascarilla de buceo y la difracción de la luz en diferentes medios). El mar del sur del Perú, donde la mayoría de mariscos tienen más en común con los del norte de Chile que con los del resto del Perú, me heló los huesos pero me calentó el alma al darme un gran tema por estudiar. Con dos grandes pequeños amigos buceamos poco más de un par de años, todo lo que pudimos. Y eso nos dejó varados en el medio de la nada, nos hizo pasar un par de noches en una cárcel por pernoctar en zona militar, nos hizo comer pedazos de pulpo con arroz semicocido y erizos crudos, pero nos permitió comer un guiso de barquillo (“piure” es el nombre que se le da en el norte de Chile a este marisco) en un restaurante ínfimo, casi inexistente en Catarindo del cual aún mantengo el recuerdo en la boca.
Al río Amazonas lo conocí por accidente también, y varias veces. De niño viví 3 años en la selva cerca al Marañon y, si bien no recuerdo mucho, viejas y descoloridas fotos muestran canoas y ríos inmensos con un pequeño desdentado que, dicen, responde a mi nombre. De la selva trajimos muchos recuerdos, y un par de bichos: una lora desgraciada que sigue viva todavía, a diferencia de las tortugas de río. Años después un tour al Cañón del Colca me llevó por el mismísimo origen del río más grande del mundo, a bofedales impresionantes donde pude ver, para espanto mío y de 99 % de los turistas con los que iba, un pago a la tierra que implicaba a un chamán sacrificando a un animal, hurgando en sus entrañas para terminar sacando y mostrando, orondo y suelto de huesos, el corazón palpitante aún del pobre bicho. Mi tercer encuentro con El Río fue en muestras de laboratorio que me tocó analizar y que espero me den credibilidad profesional y un par de publicaciones. Las muestras las sacaron a 100 millas náuticas dentro de la boca del Amazonas, pues el gobierno de Brasil es muy celoso de su territorio y no permitió a un crucero internacional de científicos acercarse más que eso. Casi 200 Km mar adentro y una capa de 20 metros de profundidad de agua dulce y llena de materia orgánica, especie de jugo de selva. El Atlántico sur aún lo conozco solo por muestras, parte del mismo set del crucero Montevideo-Barbados.
A orillas del Atlántico norte he estado viviendo varios años, y si bien es agradable y tranquilo como para tener y llevar un bebe, no está exento de sustos y accidentes climatológicos (huracanes en este caso). Sus olas son muy tranquilas y el perfil planísimo de sus playas se debe a la diferencia geológica entre las costas Pacífico y Atlántico del continente americano, incluidos norte y sur. De hecho, mi jefe es californiano, pero ambos somos de la “west-coast” cien por ciento. Un crucero Norfolk-Bermuda-Barbados me permitió hacer 2 cosas que siguen deleitándome aún hoy: (1) nadar en el mar de los Sargazos (y ver qué cosa son los sargazos, para comenzar) y (2) cruzar la ruta que a lo largo de más de 5 siglos han cruzado millones de almas que construyeron lo que hoy es América del Sur y era otra cosa absolutamente diferente antes que llegasen. Los sargazos no son más que una mítica macroalga, extraña por ser macroalga en mar abierto, donde la cantidad mínima de nutrientes hace poco probable la existencia de otra cosa que algas microscópicas. En un break del ocupado plan científico, el capitán del barco declaró falsa alarma de hombre fuera de borda y todo el mundo se dio un buen baño en medio del famoso Triángulo de las Bermudas, nadando sobre poco más de 4000 metros de agua y jugueteando con matas de sargazo (hay fotos muy graciosas de gente en el agua con pelucas de sargazos en la cabeza, muertos de la risa). Tras pasar unos días en Bermuda tuvimos que esquivar un huracán que acabo destrozando la colorida y británica isla al día siguiente de nuestra partida, en el 2003. El resto del crucero lo pasé rumiando la idea de estar cruzando la ruta que indiscutiblemente la fracción de ancestros hispanos de la mayoría de habitantes del Perú cruzaron antes que yo, al ritmo de música española en mi MP3, como era menester. Era como visitar un cementerio vivo y flotante, como respirar un espíritu comunal de ganas de buscar un lugar diferente.
Inmediatamente después me tocó ver el Mar Caribe, pues mi viaje de regreso a casa lo hice haciendo tantas escalas como fuera posible en lugares lo más alejados del bullicio turístico. Acabe yendo a Barbados, Trinidad y Venezuela para terminar volando de vuelta a Estados Unidos vía Lan Chile. Si, playas espectaculares, pero sobre eso todos saben y lo puedes ver en fotos en Internet. Así que decidí husmear en el pasado de (1) uno de mis autores favoritos en Trinidad, y (2) el origen de la gesta independentista en Venezuela (que no pude ver, pues pese al calor feroz estaba prohibido entrar al Panteón del Libertador en shorts, por “respeto al Libertador”, según guardias civiles. Fui a visitar una pequeña estatua en honor de Miranda, que me pareció más significativa). Trinidad me sorprendió antes de llegar siquiera, pues pese a no ser un destino turístico típico, requiere de visa Schengen para entrar. Es un país que comparte con el Perú varias cosas, como ser un conglomerado de razas y etnias; en Perú nos mezclamos hispanos, indígenas, africanos, chinos, italianos, japoneses; en Trinidad, europeos (se turnaron el dominio de la isla ingleses, holandeses y españoles), hindúes (¡si, de India!), chinos y africanos, entre otros. Puerto España es su capital, y a la ciudad equivalente a Villa El Salvador fue a donde me dirigí, pues en aquel enclave hindú donde, a falta de vacas sagradas caminando por las calles encuentras chivos, fue a donde llegó el abuelo de Sir V.S. Naipaul (premio Nobel de literatura 2001, recomendado por Milán Kundera en “el Arte de la Novela”, junto con Salman Rushdie y Carlos Fuentes, de cuya “Terra Nostra”, me permito robar, adaptado, el título de este texto).
Caminando en las calles de Chaguanas (ojo al nombre hispano-indígena de un pueblo hindú en el Caribe) encontré, entre mezquitas y templos hindúes coloridos, la famosa casa del abuelo del mencionado autor donde un guachimán desnutrido me mostró la entrada al segundo piso, me tomé la foto contentísimo y punto. Mucho más pintoresco fue pasear por las calles llenas de ambulantes y comida hindú de “los agachaditos”, vendida por señoras 100% hindúes que me hablaban en hindi o urdu, ignorantes que pese a mi piel morena, no les entendía ni una sola sílaba. También me llamaron la atención los niños hindúes de allí, modernizados y algo latinizados en su vestir y caminar (menos de 15 kilómetros separan a Trinidad de Venezuela), peinados con gel y caminando entre el gentío a ritmo de reggaetón. Plazas llenas de ambulantes con CD piratas a todo volumen, museos en casonas antiguas (inglesas, más bien) y carritos salchipaperos (pero con pan hindú y garbanzos con guiso de patita de chivo en vez de arroz chaufa) se me hacían familiares y bienvenidos después de años en el gran país del norte. Mi hotel estaba a dos cuadras de la Plaza Ghandi, donde fui a pagar respetos a uno de mis archihéroes, camino a un cementerio donde cada tumba tenía inscripciones en un idioma diferente de la contigua (llegué a ver inscripciones en chino, francés, holandés, yiddish, español e inglés), en ruta al equivalente trinitario de Barranco, un poblado bohemio y pintoresco llamado Saint James donde queda “la Casa del Señor Biswas” del libro del mismo nombre y una mezquita linda.
El Pacífico norte lo he conocido ya varias veces, y me encanta. Una conferencias en Hawái y un crucero de dos meses entre Japón y Hawái me facilitaron paseos por allí. ¿Qué decir? Pues primero que Japón es lindísimo, limpísimo y mucho más agradable, en mi opinión, que los Estados Unidos. Y lo es sobretodo en la honestidad de su imagen; todos piensan que E.E.U.U es igual a Nueva York y San Francisco cuando no lo es, mientras que Japón central es una enorme urbe desde Tokio hasta Osaka, casi 500 kilómetros al sur. Tokio es lindo, el tren bala es alucinante y Osaka es una belleza de ciudad, incluso por los alrededores del muelle (imagínense los barracones de Callao). En un grupo improbable con 5 gringos ruidosos, grandulones y muertos de miedo de perderse en trenes con muy poco escrito en caracteres occidentales, me tocó ser el líder del variopinto grupo. Así, conocimos lo lógico: Ueno, Asakusa, el Palacio Imperial, Ginza, etc. Faltaba poco para el mundial de Corea – Japón 2002, así que la imagen de Nakata era el pan de cada día en las calles de Tokio. Saliendo de Osaka, el crucero enrumbó hacia la península de Kamchatka, cruzando la boca del Mar de Okhotsk (donde una colaboración en un crucero Japonés en un barco ruso el próximo año nos ayudará a profundizar investigaciones que empezamos en el 2002).

De allí el crucero siguió rumbo al sur y luego al este, así que, tras cruzar la línea del tiempo de noche y tener que enfrentarse al dilema existencial de tener que vivir dos veces el mismo día, enrumbamos hacia Hawái. Pasamos cerca de unos riscos y despeñaderos espectaculares cerca a Kuai, y al ver tierra después de dos meses, la mayoría de gente en el barco estuvo al borde del llanto y del salto, pero, tortura cruel, seguimos alrededor de Molokai antes de llegar a la isla de Oahu, donde una borrachera espantosa nos esperaba en la ciudad. Honolulu es una urbe extraña, agradable y muy amigable, llena de japoneses surferos bronceados, japoneses golferos y cientos de tiendas (las más bonitas reservadas para extranjeros, con entrada con pasaporte de cualquier sitio menos de E.E.U.U, especie de Pearl Harbor una vez más) donde finalmente compré recuerdos japoneses para mi familia, pues en Japón nos pilló un feriado largo. Es además una ciudad lindísima, llena de comida coreana, vietnamita, tailandesa y china, con ingredientes tropicales, principalmente piña y yuca (evidente muestra de su origen asiático, confirmando la hipótesis de la población de América por Polinesia). Sus playas no tienen par, pues hay para todos los gustos, para bodyboarding, snorkeling, surfing y swimming (recomiendo Makapu’u, Hanauma bay, Waiamea, Sunset beach y Waikiki beach, respectivamente). Claro, alejarse del bullicio turista es un poco difícil, pero posible, si uno enrumba a la costa oeste, desde donde vi una ballena azul bebe saltando con su gigantesca madre, mientras conversaba con una de las pocas mujeres oriundas de la isla que vi, dedicada al más viejo oficio, intentando ganarse la vida.
El Indico casi lo visité en un proyecto con un colega árabe de Bahrein, y, junto con el Océano del Sur, están en mi lista. Capítulo aparte merece el mar Mediterráneo, que conoceré o re-conoceré (algo ha de haber en mis genes de Mediterráneo, de seguro) cuando me toque ir al Viejo Continente.
El mar de China parece ser el más probable para mi próxima visita, sin embargo, todo dependerá de la partida para hacer investigación científica. . El dinero para hacer Oceanografía en Estados Unidos viene de la Fundación Nacional de Ciencia (NSF en inglés) o de la Oficina de Investigación Naval (ONR), que en este momento, y desde hace poco más de 5 años, está con un presupuesto muy limitado por la continua e ilógica Guerra en Iraq. Los países de Asia con incipiente preocupación ambiental son buenos lugares para ir a trabajar. Europa llama, pero puede esperar. El Mar no espera.
“ … de cada mirada, por dios,
ardía el recuerdo en mi interior
Y nadar mar adentro
Y no querer salir … “
Héroes del Silencio, Mar adentro.
P.d.- ¿Monstruos marinos? No he visto alguno, pero cabe la pena resaltar un tiburón gris enorme que pasó al lado del barco en el Pacifico Norte justo cuando estaba estirando la mano hacia afuera, los peces voladores del Atlántico Norte (muy ricos fritos en sándwich con okra), los delfines que reciben al barco cada vez que uno se acerca a tierra, surfeando en la ola que crea la proa del barco, y las ballenas saltarinas en Hawái.
Gonzalo Carrasco, Estados Unidos
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