El Comercio y yo

Siempre, desde que tengo uso de razón, he estado rodeado de El Comercio. Recuerdo cuando niño que esperaba con ansias el Dominical para leer el Super Cholo y los chistes de la sección “C” mientras tomaba desayuno. Mi padre era ( y lo sigue siendo) un lector sumamente fiel de las publicaciones de este periódico y nunca dejaba de comprar el diario para deleite mío y de mis otros hermanos. Las ediciones, ni bien llegaban a la casa, se descuartizaban en las diferentes secciones para que cada uno tuviera algo que leer. Mi hermano mayor capturaba la de deportes y si no estaba nadie más en la casa, también cogía la de Negocios o la sección “B”. Eso sí, nadie podía agarrar la primera página hasta que mi papá hubiera terminado de leerla.
Yo siempre empezaba leyendo la sección “C”, donde se habla de cine y televisión, de artistas y de música contemporánea. Cuando fui creciendo, mis gustos variaron un poco y comencé a prestarle más atención a la política y a las editoriales. No podía esperar a que llegasen los martes para leer a Tomás Unger y sus artículos de ciencia, los que me fascinaban y me hacían pensar (desde aquí los recuerdo con bastante nostalgia). Después no podía faltar la Somos de los sábados. ¡Un sábado sin Somos no era sábado pues! Esas revistas eran devoradas de principio a fin. Me encantaban los artículos de arte y cultura, las últimas novedades en la bohemia limeña y el Circo Beat; así como los horóscopos Mochica que no sé cómo lo hacían, pero eran recontra acertados. En fin, les cuento todo esto porque El Comercio siempre ha estado cerca de mí, no tanto como un diario que te informa, sino como un mudo testigo de mi trayectoria vital. En muchos de los episodios de mi vida se puede notar que el periódico aparece como un decorado que acompaña mis experiencias: Mi padre sentado frente a un café resolviendo un crucigrama difícil y yo contándole mis planes de ingresar a la universidad y convertirme algún día en agente publicitario; viajando en un micro con el periódico en la mano y conversando por última vez con una enamorada que se iría de mi vida para siempre; o consultando la página de obituarios el día que me enteré que un amigo cercano había muerto y nunca pude decirle unas palabras de despedida.
Es curioso como un simple diario puede acompañarte de esa manera. En las buenas y en las malas. En las cosas importantes y en las cotidianas. Recuerdo con claridad que cuando me fui del Perú, en enero del 2001, después de soltar algunas lágrimas porque sabía cuanto iba a extrañar a mi familia, pensé también lo mucho que iba a extrañar a mi periódico favorito. Gracias a Dios existe Internet. No es lo mismo, es cierto, pero es mejor que nada. Justamente es ahora en donde el motivo de mi relato empieza. Llevo viviendo en Estados Unidos poco más de siete años. Algunos fueron duros, pero de la mayor parte no me quejo, han sido años buenos, productivos, amables. Podría contar millones de anécdotas, pero voy a guardarme algunas por si acaso se me dé por escribir un libro.
Llegué al sur de California, a Orange County. Viví allí como tres años. Al principio no sabía ingles y como se imaginarán, siendo nuevo e ilegal, no la pasé tan bien tratando de adaptarme a mi nueva condición. Debo confesar que al principio, cuando la vi tan difícil, pensé en regresar, pero por alguna extraña razón, quizás orgullo y tenacidad, decidí seguir luchando hasta que poco a poco las cosas comenzaron a mejorar. Seguía trabajando en un restaurante pelando cebollas, cierto, pero mi lengua se empezaba a soltar y comencé a hacer amigos y a masticar el inglés. Después de unos meses de ahorro pude comprarme un carrito y pude abandonar el sistema tan organizado de buses que me hacía caminar interminables cuadras y comprarme zapatos de goma cada mes.
Así, poco a poco mi vida comenzó a mejorar. En el ínterin, de vez en cuando, chequeaba en Internet mis correos electrónicos y descubrí la pagina web de El Comercio que, al leerla y por su cercanía, me hacían un poquito más soportable mi estancia en este país lejano.
Para resumir y hacerla corta, aprendí inglés rápido y pude conseguir un trabajo mejor. Después se presentó la oportunidad de venir a Kentucky y aquí conocí a una mujer maravillosa que se convirtió en mi esposa, con quien el año pasado tuve una hija. Ahora trabajo de intérprete al español en una oficina gubernamental y he tenido la satisfacción de regresar al Perú de vacaciones en el 2006. Pero esa es otra historia.
Como les decía, ahora estoy tranquilo, asentado con mi familia y hablándole a mi hija todo el tiempo en castellano para que aprenda el idioma de papá, (su mami solo habla inglés y las malas palabras del español), y tratando de salir adelante. Aún no llego a donde quisiera llegar, pero mientras haya vida y fuerzas seguiremos avanzando. Este es un país bueno para, si estas dispuesto a trabajar duro, mejorar en la calidad de vida. Ahora tengo en mente regresar a estudiar a la Universidad, obtener un título de algo que me permita desenvolverme mejor. Vamos a ver cómo se presenta eso.
Escribo todo esto porque ayer me llegó correspondencia del Perú. Mi padre me envió un sobre con artículos recortados de El Comercio: Mi Tomás Unger, mi Dominical, un artículo acerca de la cantidad de gente que ha emigrado desde 1990 (casi dos millones de peruanos. Uno de esos era yo). Y no puede sino sentirme un poco triste. La verdad es que se extraña mucho. Muchísimo.
También vi un artículo sobre este blog de peruanos en el extranjero que me llamó la atención. Inmediatamente me senté en la computadora, me metí a la web de El Comercio, cliquié en “Yo también me llamo Perú” y comencé a escribir…
Alejandro Polo
Lexington, Kentucky
*Todos los interesados en publicar una historia por el Día de la Madre, pueden mandarnos sus artículos y fotografías hasta este jueves a los correos editorweb@comercio.com.pe y tperich@comercio.com.pe. Haremos una selección y publicaremos el post el fin de semana. Gracias.

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