El patriota y la silla

Foto: Archivo El Comercio
Así como ocurre con el Perú, julio es también un mes de celebraciones para varios países como Argentina, Colombia o Estados Unidos, donde vivo actualmente. Habiendo participado de varias celebraciones conmemorativas en diferentes países, me pregunto: ¿Somos los peruanos patriotas? ¿Realmente tenemos ese amor por el país que generalmente aflora cuando estamos lejos? ¿Comprendemos lo que realmente vale la patria? ¿A qué estamos dispuestos por ella? No me hago estas preguntas en vano, sino porque en julio del 2007 pasé uno de los más brillantes eventos de vergüenza ajena (y de pasadita, propia) que he tenido en mi vida.Era 4 de julio, lo que para nosotros los peruanos, patriotas empedernidos, vendría a ser el famoso y esperado juergón del 28. Esas fechas, que en suelo patrio son de igual importancia a las de Semana Santa, y que unidas, con las vacaciones de Año Nuevo son el motor de desarrollo del turismo interno, acá en Estados Unidos toman también forma de vacaciones. Días feriados, viajes, atrasos en los aeropuertos y muchas cosas más. Esta vez cayó día miércoles y yo, una vez más, como buen peruano, aproveché el pánico y llamé a mi amigo, el buen G, para ir a tomar unas chelitas con nuestras novias. Siempre hay que encontrar motivos para festejar. G y yo nos adelantaríamos para el festejo, y las respectivas harían un arribo tardío.
Entonces, primero había que decidir dónde íbamos. Obviamente, como todos los peruanos ingeniosos, decidimos ir a una zona en la que había un concierto gratis, fuegos artificiales y múltiples bares. No había forma de ir a una celebración en la que había que pagar 5 dólares para ayudar a los damnificados de no sé qué desastre. Eso ni hablar. Ni cortos ni perezosos, caminamos hacia Saint Anthony Main, calle peatonal frente al Rio Missippi. Para nuestra sorpresa, estaba totalmente llena, los 5 o 6 bares abiertos estaban llenos de comienzo a fin, las calles llenas de gringos, gringas, niños, era un escándalo la cantidad de gente, tanto que casi le doy la mano a G para no perdernos, pero como toda la demás gente era rubia y nosotros dos no, pues me pareció un poco innecesario. Caminamos de bar en bar para ver en cuál podíamos encontrar un par de sillas de plástico y pedir una chelita, la cosa es que luego de 20 minutos de caminar entre la multitud y de no encontrar ni una vereda donde posar las nalgas, divisé a lo lejos una pareja de asiáticos que, con ademanes de no manejar el ingles, pedían la cuenta. “G, vamos a hacerles guardia”?, dije. Era nuestra única oportunidad de conseguir asientos. Nos dirigimos sigilosos hacia la mesa mirando con el rabillo del ojo todos los movimientos de la pareja. No pasaron ni 3 minutos y se pararon. Tres segundos después ya estábamos sentados en las mismas sillas calientes y prendiendo unos puchos. A lo lejos se escuchaban los tambores de juerga, y los fuegos artificiales que iban a lanzar serían el marco perfecto de la noche inolvidable. Pedimos un par de cervezas, luego dos más. Al frente de nosotros, un concierto con música de The Doors, Rolling Stones, y la parafernalia setentera. No me podía quejar por más que G quería escuchar reggaetón.
Sin embargo, si bien ya teníamos la mesa y dos sillas, ¿donde íbamos a meter a nuestras novias? Teníamos un tema más que resolver, encontrar dos sillas adicionales para nuestras parejas que llegaban en 15 minutos. Nos pusimos a buscarlas inmediatamente. G y yo estábamos al acecho. Si veíamos una silla vacía, inmediatamente íbamos a preguntar si la podíamos utilizar. Luego de desperdiciar varias oportunidades, logramos encontrar dos sillas de plástico y las pusimos al costado de nuestra bien ganada mesa. Entonces, como es de esperar, cada 20 segundos alguien venía a preguntar si las podían usar también. Después de que tres personas me preguntaran lo mismo, opté por ponerla encima de la silla donde estaba sentado. Le dije a G que hiciera lo mismo para que no lo fastidien más, pero G, necio, prefirió dejar la silla a la vista y paciencia de toda la gente que, obviamente, quería sentarse. Uno tras otro desfilaban preguntando sobre la bendita silla y a mí ya me parecía que G disfrutaba cuando les decía que la silla estaba ocupada. En su inglés masticado les decía que estaba separada para su novia. Perdí la cuenta de cuántas personas se iban con el ceño fruncido, tirando miradas punzantes y refunfuñando mientras yo me limitaba a tomar mi cervecita helada, a mirar el concierto y a ganarme con el vacilón de G: decirles a todos que él tenía a su costado la única silla disponible a un kilómetro a la redonda, pero que era suya.
La cosa es que apareció un señor, cuarentón, un poco gordo, pelos grasos y ligeramente largos, nariz aguileña, con un polo de manga corta, gorrita de béisbol y bermudas. Debajo de las bermudas, una pata de palo y debajo del polito, un garfio que se unía con el muñón, y, como muchos, fumando, pero no con el brazo sano, sino agarrando el cigarro con este garfio de tecnología de punta. Me fijé mejor y pude ver que tenía varias cicatrices. El señor se acercó a G y le preguntó si la silla estaba ocupada. G, que parecía un robot, no por malo, sino por repetitivo y poco pensante, simplemente le dijo que la silla estaba ocupada, que estaba esperando a su novia. Esta persona puso cara de sorpresa y cuando estaba dando la vuelta para retirarse, dos señores de la mesa del costado, que habían sido amables con nosotros anteriormente, le dijeron que no se fuera y acto seguido le pidieron a G que por favor le cediera la silla. G, mantuvo su posición, no sin antes esgrimir una sonrisa de incomodidad, y explicó nuevamente que esa silla era para su novia que venía en 2 minutos.
Los señores le decían que por favor le diera la silla al señor que se la había pedido. Ante la negativa de G, no solo fue la mesa del costado la que nos reprochó nuestra actitud, le siguieron dos señoras que no fueron tan amables como ellos. El señor que había perdido sus miembros solo atinaba a mirar a G y a las otras personas mientras seguía fumando con su garfio. Luego se paró la gente de otra mesa más. Yo estaba muy incomodo y también le decía a G que le diera la silla al señor. La gente de todas las mesas ubicadas a 15 metros a le redonda se paró para ver lo que pasaba. Mientras tanto, el personaje que parecía un pirata al que solo le faltaba el loro, inmutable y sereno, se mantenía mirando a G con el pucho casi por terminar. La gente se puso un poco más agresiva y con los pedidos un poco más subidos de tono, le gritaban a G que el señor es un veterano de guerra y que casi había dado su vida por ellos. “Eres un malcriado! Animal, es 4 de julio” eran algunos de los gritos que pude entender debido a mi escaso conocimiento de inglés. Lo cierto es que G aguantó toda la ráfaga de insultos hasta que una señora de unos 75 años, que estaba sentada a dos mesas de la nuestra, jaló del garfio al señor y le cedió el asiento. La multitud aplaudió a la buena samaritana y sepultó con la mirada a G, y de refilón, a mí también. No sabía dónde meterme. Obviamente, otra persona le cedió el asiento a la abuelita y yo llené de insultos a mi amigo, esta vez en castellano. Como es de esperar, apenas llegaron nuestras novias decidimos irnos porque la verdad es que la gente no nos quería allí celebrando su día. Estábamos de más.
Pero en fin, este vergonzoso acto -no sé si compartido, pero en todo caso así lo interpretaron decenas de personas- me hizo ver qué tan distintos somos en cuanto al tema del patriotismo. Me gustaría ver una reacción similar cuando vemos a un ex combatiente del Cenepa, a un policía, o a un militar en aprietos, no solo porque haya perdido algún miembro, sino porque está dispuesto a dar la vida por su país, por todos nosotros. Ese bochornoso episodio me hizo recordar, y díganme si estoy equivocado, que si bien en julio celebramos Fiestas Patrias, ese espíritu de unidad, de grupo, y de agradecimiento no se da en nuestro país.
Saúl Herrera, Estados Unidos
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