Cuerpo presente y alma ausente

Seguramente soy masoquista. Acabo de mirar la temperatura que hace en mi ciudad natal. Es una maravilla mi país. En julio es invierno en Lima, pero la temperatura puede llegar hasta 20 grados. Si tienes frío, te subes a tu carro, tomas la carretera central y al cabo de unos 40 minutos encuentras al sol, dios de los Incas, en Chosica. Puedes quitarte chompas, casacas (“jerseys” y “cazadoras” según los españoles) o ponchos; quitarte toda la ropa si quieres, y tirarte al río o a la piscina, según los gustos y posibilidades. Si tienes más tiempo, y dependiendo de tu presupuesto, te subes un bus o avión hacia Piura o Tumbes donde te espera el verano eterno: 28 grados y ¡a broncearse!
Mientras tanto, acá en Oslo se supone que es verano, pero ¡tenemos frío, vientos y lluvia, hoy por la mañana la temperatura no llegaba a los 15 grados!. Y por más que te alejes de la ciudad, buscando el calor pensando que a lo mejor te sucede igual que al salir de Lima … nada. Y ni se te ocurra irte a la montaña o al norte. Allí, en pleno verano, puedes congelarte. Lo que encuentras al salir de Oslo son paisajes, como el de esta foto, a ambos lados de la carretera, que es en realidad una autopista muy moderna, sin combis ni letreros publicitarios, sin gente y sin calor. Bueno, cuando uno se va a vivir al otro lado del mundo tiene que estar dispuesto a adaptarse a este tipo de diferencias, que en realidad son un reflejo de las otras diferencias más profundas y complejas: las culturales… No voy a profundizar en este tema ahora, solamente tengo ganas de hacer algunos comentarios.
Uno puede decir: “bueno, ¡estoy acá!”, subirse las mangas y con mucha paciencia y tolerancia ponerse a trabajar para instalarse de la mejor manera posible. Hay que ser muy, pero muy positivo para poder cosechar después de algunos años.
Yo lo hice. Tengo un esposo adorable y dos niños muy lindos. No me falta trabajo y tengo un simpático grupo de amigos. Lo material siempre puede ser mejor, pero en el plano espiritual y afectivo no puedo quejarme. Hace unos años una colega noruega me preguntó: ¿vas a pasar la Navidad en casa? Mi corazón se adelantó a mi lengua: No, este año nos toca quedarnos aquí, en Oslo.
Por esto actualmente debo auto diagnosticarme de la siguiente manera: sufro de esquizofrenia cultural: Yo soy yo, pero a la vez ya no soy yo, sino otra persona o producto cultural. Tengo media vida repartida entre París y Oslo. He asimilado actitudes, reglas, normas y códigos de comportamiento europeos. Pero mis impulsos y sentimientos son y serán siempre peruanos. Pura disonancia cognitiva, de esa que leí hace un tiempo cuando era estudiante de la Universidad de Lima.
Como desgraciadamente no tengo el don de la ubicuidad ni de la bilocación, ya que no soy divina ni santa, muchas veces me siento un tanto desalmada: cuerpo presente, alma ausente. Es que el pozo que todos llevamos dentro está, en mi caso, alimentado por aguas peruanas, dulces o saladas, donde mi alma navega sin fronteras. A mi alma le gusta despertar escuchando a las palomas de algún florido parque limeño cantando kukulí, kulí, kulí, y pasear por las calles de Miraflores de mi infancia, comiendo moras que los árboles ofrecen generosos; le gusta nadar en el Océano Pacífico e irse después a tomar un rico jugo de frutas en el mercadito local; añora caminar cuesta arriba con la respiración agitada la callecita estrecha y helada de un pueblito de la sierra; le encanta contemplar una mariposa azul revoloteando en medio de la flora selvática; le gusta respirar ese airecito medio amodorrado y gris de Lima, ese que te envuelve y abraza, ese que se te mete bajo la falda y te penetra hasta donde quiere.
Cuerpo presente y alma ausente, kukulí, kulí, kulí.
Lucy Hermoza de Rigal, Oslo
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