Mi tía Silvia

Domingo 09 de setiembre del 2007, 11 p.m. aproximadamente
El grito de mi mamá me hizo saltar de mi silla, bajar corriendo las escaleras y lanzarme sin pensarlo hasta su cuarto, donde la encontré sentada en su cama, rodeada por mis hermanos, con una mano temblorosa e incrédula en el teléfono y la otra tapándose el rostro, intentando contener inútilmente el dolor. Pero era tarde para todo, estábamos metidos en el infierno y aún no queríamos creerlo. Mí tía Silvia, la hermana de mi mamá, la tía más querida, la persona más buena del mundo, la que nunca se enfermaba y siempre bromeaba con todos, agonizaba en un hospital de Buenos Aires después de haber sufrido una hemorragia interna a causa de un cáncer silencioso que había mantenido oculto quién sabe cuánto tiempo, a sus 49 años y en la mejor época de su vida, cuando por fin había conseguido todo lo que había soñado, lejos de su casa en Trujillo, lejos de sus tres hijos, lejos de todos los que la queríamos tanto, pero cerca del lugar donde había vivido feliz durante los últimos cinco años.La amiga más cercana de mi tía en Buenos Aires había asumido la terrible responsabilidad de llamar a la casa y darle la noticia a mi mamá; de decirle, a través del llanto y la desesperación, que tenían que operarla de emergencia, que en ese momento le estaban administrando una unidad de sangre tras otra, que la única esperanza radicaba en un milagro más que en el trabajo de los doctores. Para nosotros la situación aún era incomprensible, todo era totalmente absurdo, nadie podía explicarse cómo de repente mi tía había entrado en ese cuadro, cómo era posible que estuviera a un paso de la muerte cuando un día antes había estado hablando por teléfono con mi mamá como lo hacía todos los días: risueña y bromista, preguntando por sus hijos y mandando besos y abrazos para toda la familia.
El día anterior había almorzado en la casa de unos familiares al otro lado de la ciudad. Se reencontró después de muchos años con una prima que acababa de llegar de viaje. Se abrazaron, recordaron épocas remotas de cuando la vida no era tan difícil en Trujillo y hablaron de sus nuevas vidas, riéndose mucho seguramente, ya que mi tía Silvia nunca le daba sitio a la tristeza y al primer síntoma de seriedad o melancolía en el ambiente soltaba una de sus bromas y había que ser un amargado irremediable para no contagiarse de su buen humor y sus ganas de ver la vida por el lado más alegre. Esa tarde se despidió de todos entre risas, besos, abrazos y promesas de nuevas visitas, luego tomó un colectivo y después el subte para ir a su casa en Lanús, pero antes hizo una parada en el supermercado para comprar algunas cosas que estaban faltando en la heladera. Con las bolsas repletas en la mano llegó ya entrada la noche, saludó con una sonrisa a los vecinos, abrió la puerta, no encontró a nadie en casa, dejó las cosas sobre la mesa de la cocina y se desmayó.
Mi mamá pasó la noche del domingo con el teléfono en la mano, llorando de impotencia y culpándose por no haber sospechado nada en las últimas semanas, descubriendo la verdad con la claridad que tienen las cosas cuando uno se entera demasiado tarde al recordar cuando mi tía le contaba la historia de una amiga cercana que desde hacía algún tiempo venía sintiéndose mal, a veces la comida se le subía a la garganta, se le inflaba el estómago y los dolores la hacían retorcerse, pero al final siempre se le pasaba y quizás solo fuera una gastritis o algo sin importancia. “Mejor dime cómo están mis hijos, hermanita”.
Esa noche solo Arnold, el hijo menor de mi tía, de 11 años, pudo dormir, incapaz aún de comprender por qué era que mi mamá lloraba cada vez que contestaba el teléfono, por qué se desesperaba y por qué mencionaba tanto el nombre de su madre. Antes de contestar cada llamada, sufríamos el pánico de pensar que la voz al otro lado del teléfono nos dijera que ya todo se había terminado y que no había nada que hacer por mi tía, sin embargo solo nos repetían que había que esperar, ya la habían operado y los doctores se limitaban a recomendar fuerza y paciencia. Si mi tía reaccionaba a la cirugía ya lo peor habría pasado y podría ser tratada con más calma. Cuando amaneció, mi mamá se dio un baño, se vistió y se fue directo a la oficina de Migraciones a tramitar su pasaporte. Mi tía no podía irse sin ver antes a su hermana.
Así se lo había dicho a su amiga antes de entrar en el shock del que ya no regresó, cuando recuperó la lucidez al llegar al hospital Bonorino Udaondo, en el barrio de Parque Patricios. Aunque se había negado hasta el final a darle la noticia a mi mamá, a la que quería tanto como si fuera no solo su hermana, sino también su madre. Su esposo había tomado la determinación de comunicarle todo a mi mamá cuando la llevaba al hospital, después de encontrarla desmayada en la cocina de su casa, pero al recobrar la conciencia mi tía lo persuadió de que no dijera nada. Si algo malo le pasaba, mi mamá debía padecer un solo sufrimiento, al final de todo, no antes. Pero la doctora que la examinó le dijo que su diagnóstico era crítico y su situación era tan grave que debían operarla de urgencia. Entonces fue cuando mi tía comprendió que ya no tenía tiempo para nada y le pidió a su amiga que llamara a Trujillo y le dijera a mi mamá que viajara lo antes posible a Buenos Aires. Tenía que estar con ella, solo quería ver a su hermana, nada más, eso era todo lo que pedía. Media hora después entró en shock y pasó a la sala de operaciones.
Gracias a la buena voluntad de un funcionario de Migraciones mi mamá obtuvo el pasaporte al día siguiente y el miércoles en la mañana ya estábamos en el aeropuerto Jorge Chávez esperando sin calma el vuelo de las 3:45 a Buenos Aires. En ese momento cualquier tiempo y distancia que nos separaran de mi tía eran infinitos. Cada segundo de la espera se desprendía con angustia y nos hacía insoportable cualquier pensamiento de consuelo. Mientras no estuviéramos en ese hospital al lado de mi tía no había consuelo posible.
Ya en el avión pudimos relajarnos un poco, darnos ánimo, decirnos que cuando llegáramos todo habría pasado, ella ya estaría bien y nos recibiría con alguna de sus bromas, recordando la ultima vez que la habíamos visto, un año antes, cuando regresó después de siete años a Trujillo, a su casa de toda la vida, para cumplir su sueño de bautizar a Arnold y hacer la fiesta de 18 años de Naomi, su hija mayor. Había regresado con más gracia que nunca y esta vez hablando en argentino, no porque el dejo fuera inevitable, sino porque le encantaba hablar así para hacernos reír a todos, con un encanto tan natural a pesar de la voz impostada, con la simpatía irresistible que la había hecho tan querida en el barrio. Era la misma tía Silvia de siempre, la misma mujer alegre y madre soltera que siete años antes había tenido que emigrar sin alegría a la capital argentina para darles a sus tres hijos la educación y la vida que ella nunca había tenido y que no les podía dar trabajando incansablemente vendiendo verduras en el mercado.
Llegamos a Buenos Aires a las ocho de la noche, en medio de un frío y un olor extraños para nosotros, envueltos en una sensación de humedad que ahora no podemos recordar sin tristeza. En el aeropuerto de Ezeiza nos esperaban el esposo de mi tía y dos amigos de ella: una pareja de peruanos de una generosidad excepcional que estuvieron con nosotros hasta el final, presentes a nuestro lado todo el tiempo, encargándose de arreglar las cosas cuando nos sentíamos perdidos en esa vieja ciudad que solo era el escenario de una pesadilla.
Pudimos conocer por fin al hombre de quien tanto hablaba mi tía, del que se sentía tan orgullosa por haberle dado la felicidad que le había sido tan esquiva en su vida en Trujillo. Se habían conocido cinco años antes, encontrándose sin quererlo por el camino de los amigos en común. No tardaron mucho en enamorarse y alquilar una casa modesta en Lanús, y desde entonces la voz de mi tía en el teléfono sonó menos cargada de nostalgia y más llena de futuro. Una vez afuera del aeropuerto y sin mucho que decirnos, sin tratar de encontrar las palabras que expresaran todo lo que latía por debajo del silencio y el dolor, guardándolo todo para la esperanza, subimos al auto y enrumbamos directamente al hospital de Parque Patricios.
En el camino nos enteramos que todos estaban tan perplejos como nosotros. Nadie podía encontrar el origen de la desgracia antes de la noche del sábado, un día común que se transformó en pesadilla cuando el esposo de mi tía sintió que su vida se quebraba al abrir la puerta de su casa y encontrarla inconciente en el suelo de la cocina. ¿Qué había pasado? Eso no podía ser cierto. Silvia tan bien y de repente así. Ahora su vida se apagaba lentamente, nadie podía creerlo. Pero ella lo venía creyendo desde hacía tiempo. Se lo había contado a una sola persona, a mi tía Mariana, que vivió con ella en Buenos Aires antes de que una mejor oportunidad se la llevara a Madrid. Siempre se comunicaban por teléfono y un día le dijo que estaba enferma. Ya se había hecho exámenes, le había detectado un tumor en el hígado y cada día los dolores eran más fuertes, pero nadie debía saberlo, ni su esposo, ni sus amigos y menos mi mamá. No podía causarle un dolor más a quien había sufrido tanto con la muerte de mi hermano, de mi abuelo y de mi tío. Ella no le podía hacer eso, ella estaría llena de vida hasta el final.
En el hospital la doctora encargada le explicó a mi mamá los detalles de la operación. Nada que nos diera un poco de esperanza, todo había sido tan repentino que en realidad ya no se podía hacer mucho por ella, solo acompañarla y ayudarla a luchar. Luego nos hizo pasar a la sala de cuidados intensivos y le dijo a mi mamá que intentara hablarle, que, aunque inconciente, el sentido del oído es el último que se pierde, y que sus palabras, aún en la oscuridad del coma, podrían llegarle y reconfortarla. Mi mamá se quedó sola con su hermana y todo lo que le dijo el tiempo que estuvo a su lado solo lo sabe ella. Se habían visto por última vez al despedirse en el terminal de ómnibus El Rápido, cuando mi tía regresaba a Buenos Aires después de pasar un mes de vacaciones en Trujillo. Había pasado todo ese tiempo con sus tres hijos, después de siete años dejó de ser una madre a la distancia y pudo cocinarles, escogerles la ropa, llevarlos al colegio, dormir con ellos. Pero el amor por sus hijos no era menos cierto que su vida en Argentina, así que no pudo quedarse más tiempo y tuvo que regresar, y esa última vez ahí estaban todos mandándole besos bañados en lágrimas mientras el ómnibus se alejaba con mi tía pegada a la ventanilla despidiéndose sin sonrisas.
Pasamos la noche en casa de mi tía. Cuando entramos, mi mamá no pudo evitar derrumbarse al verse rodeada de todo lo que le había pertenecido, sentir su olor, tocar su ropa, ver la sencillez de su vida cotidiana, darse cuenta de todo a lo que había tenido que renunciar en esos años para enviar puntualmente el dinero para que nada les faltara a sus hijos, ayudar a la familia, a sus amigos, o a cualquier persona que pidiera su ayuda, pero comprender también que no podía ser más feliz que cuando se desprendía de lo que tenía para ayudar a alguien.
A las siete de la mañana estábamos de regreso en el hospital. En la sala de espera se habían reunido muchos amigos de mi tía, entre peruanos y argentinos; todos solidarizándose y ofreciendo su apoyo para lo que fuera necesario. También estaban la amable pareja de argentinos que no confiaba en nadie más que en mi tía para criar a su pequeña hija de 2 años, una niña encantadora que durante mucho tiempo siguió preguntándole a su nueva niñera donde estaba su mamá shivia. La había cuidado desde su nacimiento, le había enseñado a decir sus primeras palabras, a dar sus primeros pasos, a reconocer los colores, a bailar y cantar con alegría las cumbias peruanas que tanto le gustaban. Se llegó a encariñar tanto con la pequeña que, en esa última época, el sacrificio de levantarse diariamente en el frío de las seis de la mañana, en uno de los inviernos más crudos de las últimas décadas en Buenos Aires, para tomar el colectivo y luego el subte que la llevaría al barrio de Belgrano, donde la esperaba la niña que le decía mamá, fue un poco menos duro.
Los doctores entraban y salían sin novedades de la sala de cuidados intensivos. Cada vez llegaban más compatriotas recién enterados de lo que había pasado. Mi mamá, desgastada por el llanto y el sueño escaso, cabeceaba en una banca apartada. Pasaron un par de horas antes de que decidiera abandonarla por un momento para traerle algo de desayunar. Cuando regresé ya todo era desesperación y rostros deshechos. Los doctores acababan de confirmar la muerte cerebral de Silvia Mendoza, peruana de 49 años y madre de tres hijos. Lo que sentimos entonces no sé como contarlo. Hay sentimientos que se comunican directamente, sin necesidad de las palabras, que exageran o disminuyen la realidad, y todo lo que yo escribiera no podría tomar la forma del dolor que nos aplastó al final de la desgracia.
Imposibilitados de pensar claramente en nada, dejamos todos los trámites en manos de los amigos de mi tía, quienes se encargaron de gestionar los difíciles papeles de la repatriación y de contratar los servicios funerarios de un velatorio en el barrio de Flores. Esa última noche fue para el olvido.
Al día siguiente no hubo problemas para conseguir un vuelo inmediato hacia Lima y al caer la noche ya estábamos en el avión, la pesadilla de Buenos Aires se quedaba abajo. Mi mamá solo quería cerrar los ojos y estar en Trujillo. Mi tía venía con nosotros, regresaba a casa, con sus hijos, con su familia, con los que nunca dejamos de quererla.
David Salvatierra Mendoza
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