Yo siempre me llamaré Perú
Esta madrugada fue inolvidable, una de aquellas que no vivía desde que salí de Lima. De los amigos, de la familia, me sentí más cerca que nunca de todos ellos, sin contar que el cumpleaños de mi mamá fue ayer y terminó casi al filo de la noche de Lima. Para mí era una madrugada bonaerense que amenazaba con lluvia, tal vez con llanto por lo que se les venía, je, no lo sé. El partido acabó casi a las dos de la mañana, con aquel solitario grito que cortó la tranquilidad reinante en esas horas en la provincia de Buenos Aires, reacción que provocó más de una mentada de madre de los vecinos. Era lógico, pero no me importó.
No ganamos, eso es cierto, pero esa última jugada del buen Fano originó que este compatriota hoy en el “laburo” deje de ser el peruano buena onda para convertirse en el “enemigo”. Mi compañero y amigo Gonzalo, minutos antes del partido, nos calificó de amargos. Yo, muy dentro de mi, sabia que MÍ selección venia motivada, que a pesar de que los “¿grandes?” jugadores no estaban, había hombres, hombres nuevos, de esos que tienen vergüenza. Pizarro y Farfán, muchas gracias por nada, ya tenemos jugadores en todo el sentido de la palabra, a estos la camiseta no les queda grande, les calza perfecto. Debo reconocer que cuando el pelado Cambiasso -el mismo de las lágrimas inconsolables del último mundial- metió el gol a pocos minutos del final, me quedó la desazón de estar una vez más frente a lo mismo. Mi novia enloquecida decía: “Mirálo”. Lo miré, me quedé unos segundos más frente a la tele y me paré a planchar mi camisa mientras masticaba la bronca, las “cargadas” en la oficina iban a ser cosa de todo el día.
Faltaba nada, sin embargo, y como les digo a mis hermanos argentinos, ustedes ganan antes de jugar y celebran cuando aún no acabó el partido. Por cosas del destino, la mamá de mi novia llamaba desde Puerto Madryn, al sur de Argentina, algo así como el Máncora de la Patagonia, para la “cargada” del caso, cuando en eso, Vargas, motivado, llenándose el alma de aquel caballo que un dirigente celeste le prometió a Chemo, dejó atrás varias camisetas blanquicelestes y metió aquel centro para que Fano la embocara al arco rival. Nunca olvidaré la cara de mi novia, estaba lela, congelada, tal vez como las aguas del mar de su ciudad natal. Escuché una puteada de la madre de ella por el celular, pero mi grito desaforado silenció decenas de cuadras a la redonda. Me tiré al piso, besé mi blanquiroja, aquella que me traje hace ya tres años de mi querida Lima.
Así pues, desde las huestes “enemigas” se escuchó una solitaria celebración. Festejar así me devolvió por unos segundos a la ciudad que me vio nacer. Ustedes sigan celebrando, que yo me hago cargo de don Macaya Márquez, profesor de mi facultad que aún asegura que Perú jugo mal. Arriba Perú toda la vida.
Luis Vílchez Reyes, Argentina
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