Aprendiendo lejos de mi Perú

En el 2006 llegué a San Francisco, California, y algunos meses después conocí al que es hoy mi esposo. Hoy quiero compartir que cosas he aprendido de él, de otras personas y de mis vivencias en esta ciudad. Escribiré las cosas positivas, no por ser patera ni por mostrar que este país es perfecto o el mejor (porque no hay nada perfecto), sino con la finalidad de que nosotros, los peruanos que estamos lejos, aunque extrañemos a nuestras familias, podamos darnos cuenta que estar fuera de nuestro país sí que nos cambia, y creo que para bien; no solo al tener muchas oportunidades de conocer otra cultura, sino de trabajar, estudiar y alcanzar nuestros sueños, cambiar nuestra forma de pensar, nuestra mentalidad racista, nuestros complejos, etcétera. ¿Qué cosas he aprendido en este tiempo? Aquí va.1.- Aprendí a responder el saludo así sea de un mendigo: Una noche caminaba cerca a mi casa y un ‘homeless’ me dijo “Hi”. Yo, por temor, no le contesté. Al llegar a casa le pregunté a mi esposo si eso era correcto y me dijo que si alguien me saludaba, así sea un mendigo, y lo hacía apropiadamente, no tenía por qué ser ‘rude’, como dicen aquí, algo así como maleducada. En Lima, si algín extraño me decía “hola”, patitas para qué te quiero (por supuesto que es bien raro que alguien te diga solo “hola”, aquí aumentan el “hola mamacita, lomo”, entre otras cosas)
2.- Aprendí a ser considerada con los demás: Considerar si el volumen de la radio es adecuado por respeto a mis vecinos (en Lima ponía mi radio a mucho volumen y me parecía normal). Considerar que al estacionar mi carro lo haga pensando que otro carro puede estacionar detrás o delante del mío y dejar el adecuado espacio para el resto, no estacionar por estacionar (muchos lo hacen en un espacio de tres autos, a veces puedes ver uno utilizando dos espacios y todo es una catástrofe, especialmente en San Francisco).
3.- Aprendí a no discriminar y a no sentirme discriminada: No se debe discriminar a nadie ni por la ropa que viste, ni por el color de ojos, ni por el trabajo o posición económica que tenga. Aquí, especialmente en esta ciudad, la gente es de mente abierta y es raro que alguien se ocupe de clasificar a la gente por su raza o por el apellido que tiene. Hasta ahora, a los americanos que conozco no les importa lo que otros piensen, por ejemplo, al escoger su ropa. Pueden parecer unos loros a veces o andar con la ropa arrugada, pero eso no los hace menos como personas, aunque a veces pueden ir a los extremos (creo yo), por ejemplo, cuando conocí a mi esposo, a él no le importaba si planchaba sus camisas, me decía que estaban bien ¡y yo me quería morir! ¿Cómo va a ir con la camisa arrugada al trabajo?. Yo no lo permito, pero para ellos hay cosas más importante que eso. Por lo menos eso creo.
Además, otra cosa que hay que tener en cuenta es que nadie te clasifica basándose en el tipo de restaurante al que vas a comer. Puedo ir al Dennys si me provoca, y cuando quiero, puedo ir a un restaurante donde la comida cuesta el doble y no pasa nada.
Recuerdo un diálogo con una compatriota en esta ciudad:
Yo : Tengo ganas de papitas fritas, creo que al terminar la clase me paso por el McDonald’s…
Ella: ¡Qué horror, cualquiera se va a otro lugar, McDonald’s, que horror, puro pobre va ahí!
Yo : ¡Plop!
Respetar la opción sexual de cada uno es algo muy importante, especialmente en esta ciudad a la que muchos llaman la ciudad de los gays. Recuerdo mucho que desde pequeña noté que en el Perú la gente siempre se burla de los gays, los insulta, se mofa de ellos hasta por televisión y a todos nos parece vacilón, pero nunca me había puesto a pensar en cómo se sienten ellos con todo ese rollo. Es importante vivir en una sociedad tan cerrada, tan cucufata y sin darles la oportunidad de que ellos demuestren que son tan buenos y tan valiosos como cualquier ser humano y que no necesitan esconder su opción sexual.
4.- Aprendí a hacer valer mis derechos, a reclamar si algo no estaba correcto y a defender mi privacidad: Una vez decidí cerrar una cuenta bancaria y la cajera me preguntó con una cara seria por qué estaba cerrando esta cuenta. Yo, medio asustada, estaba a punto de responderle por qué y mi esposo interrumpió y me dijo que eso es parte de mi privacidad.
En el aspecto laboral sucede algo similar. Si trabajas de 8 a.m. a 5 p.m. entras a las 8 y sales a las 5 en punto, nada de que te tienes que quedar un poquito más y nada de que el jefe te hace quedar una hora más y no te paga el tiempo extra. Aquí las leyes sí defienden al trabajador.
5.- Aprendí que aquí sí se cumple la palabra: Si aquí si dices “voy a entregarte el reporte mañana al mediodía”, lo haces a la hora que dijiste.
6.- Aprendí a no avergonzarme por mi lugar de procedencia: Me siento orgullosa de haber nacido en mi Perú y de contarles a mis amigos actuales que mi casa queda en una zona llamada el Callao, que me gusta comer cuy (aunque aquí dicen que eso esta mal porque son indefensas mascotitas) y que mi bisabuelo — vean la foto que acompaña el post– parece un Inca. Si contara esto en Lima quizás algunas personas se horrorizarían pero aquí no es un ‘big deal’ (gran problema, como dicen).
Hay muchísimas cosas más que he aprendido, pero creo que este artículo ya está demasiado largo y no quiero aburrirlos. Recuerden que es más importante mirar lo positivo en todo y dejar de lado lo negativo. Es bueno sentir nostalgia de nuestro país, pero también ser realistas y darse cuenta que sí podemos aprender y que sí hay cosas positivas en otros lugares y otras culturas.
Nadia Díaz, Estados Unidos
* Todos los interesados en publicar una historia en “Yo también me llamo Perú” pueden enviar sus artículos y fotos a los siguientes correos: editorweb@comercio.com.pe y jortiz@comercio.com.pe

:quality(75)/2.blogs.elcomercio.pe/service/img/saldetucasa/autor.jpg)