Sabores y sinsabores en Carolina del Norte

Llegué a Charlotte (Carolina del Norte) a mediados de marzo de este año, previa escala de 8 horas en Bogotá, donde se dio la oportunidad de ver y abrazar a mi hermano menor, Miguel, el trotamundos de la familia, a quien no veía desde hace 4 años, cuando inició una aventura que lo ha llevado a diferentes países de Sudamérica y Centroamérica con el único objetivo de aprender cocina para superar algún día a su ídolo Gastón Acurio. Fue una buena oportunidad para juntarnos y una de las mejoras cosas que me han pasado en la vida. Siempre guardaré este recuerdo de nuestra caminata por las calles de Bogotá, donde hablamos de nuestras vidas y planes para el futuro. No sé cuándo nos veremos nuevamente, pero nos hemos hecho la promesa de no dejar que pase mucho tiempo para nuestro siguiente encuentro. Luego de esa breve visita subí al avión con la ilusión de aprender un poco más de la atractiva cultura norteamericana. Al llegar a Charlotte, luego del paso obligado y no siempre agradable por Migraciones en Miami, pude abrazar a mi hermana, a quien no veía desde hace 2 años, y saludar a algunos amigos que tengo aquí. Lo que nunca se me ocurrió al llegar a EE.UU. es ser parte de una noticia en los medios de televisión, una experiencia inicial nada agradable que luego terminó en sonrisas nerviosas por lo sucedido.
Le tomé cariño a Charlotte porque la siento como mi natal Tingo María. Charlotte es grande pero muy tranquila, con mucha vegetación, con personas totalmente amables y atentas. Esta es mi segunda visita a esta bella ciudad y las impresiones que me llevaré cuando regrese en setiembre al Perú son las mejores. Ahora paso mis días asistiendo 2 veces por semana al jardín botánico de la Universidad de North Carolina para apoyar en el manejo de algunas pocas plantas tropicales que tienen en su invernadero (siempre ha sido mi pasión) y por las noches estudio inglés en Central Piedmont Community College.
Regresaba caminando a casa de esta universidad aproximadamente a las 10 p.m., y cuando estaba a escasos 200 metros de mi destino, escucho que una persona me grita fuerte por la espalda. Volteé y vi un hombre de tez morena, bastante joven, en una bicicleta chica, que me apuntaba con una pistola grande color plata. Me quedé mudo de la impresión. No entendía lo que pasaba. Comprendí que quería mis cosas cuando me las empezó a pedir. Me di cuenta de que era un asalto a mano armada, traté de salirme de la situación haciéndome el que no comprendía lo que me decía. “Sorry, I don’t understand you.” “I don’t speak english”. Pero él sabía cómo hacerse entender porque me apuntó directamente, me miró fijamente dijo que me dispararía si no le entregaba mis cosas. Se llevó mi reloj, mi billetera con la foto de Kamill, mi preciosa hija de 5 años, la tarjeta de débito, la licencia de conducir y un poco de dinero, unos 6 dólares. Luego de la primera impresión y del respectivo tartamudeo me quise poner valiente por un momento y no dejar que a este peruano llegado del Monzón lo asaltaran aquí, pero eso solo me duró un minuto porque el tipo me puso el arma en la frente y me dijo que me mataría en ese mismo instante.
No sabía qué hacer. Muchas cosas pasaron por mi mente en ese instante. Se me vino a la cabeza el rostro de mi hija sonriente, y también el de mi madre, así que me agaché. El tipo me dijo que me diera la vuelta. Me acordé de esa escena de algunas películas donde te disparan por la espalda cobardemente. Volteé y caminé lentamente a la casa, mientras que el tipo se fue con mis cosas. Llegué a mi casa y llamé a la policía, que llego en un santiamén. Los encargados tomaron todos mis datos y hoy día llamó un representante del canal 9 de la televisión local, vino una reportera y me hizo una entrevista al respecto y reportaron mi caso. Hagan clic aquí para ver el informe.
Come les dije, no pensé ser parte de una noticia así en Charlotte (anteriormente había salido en el periódico Charlotte Observer cuando intercambiamos opiniones con algunos agricultores en Carolina del Norte), pero así ocurrió. Me despido no sin antes enviar un beso a mi mamá Julia y otro a mi ángel de la guarda, mi hija Kamill, y también un fuerte abrazo a mi familia, a la que veré en setiembre. Te amo, Perú.
Daniel Pino, Charlotte, North Carolina, U.S.
* Todos los interesados en publicar una historia en “Yo también me llamo Perú” pueden enviar sus artículos y fotos a los siguientes correos: editorweb@comercio.com.pe y jortiz@comercio.com.pe

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