Noviazgo de matrimonio por conveniencia
Me ocurrió cuando recién llevaba un par de años en España. Feliz estaba yo esa noche, pese a que asomaba el invierno y el frío pegaba sus primeros zarpazos con ese aire helador que cae en noviembre en Madrid. Estaba feliz, pues cenaba con cuatro simpáticas chicas, españolas todas, de forma que la nostalgia del Perú quedaba aparcada hablando de temas intrascendentes. 
Foto: dansays
Era la primera vez que veía a estas chicas sin otros peruanos alrededor. En aquel grupo de amistades los peruanos formábamos un bloque importante y cuando nos juntábamos solía ocurrir siempre lo mismo: la conversación derrapaba invariablemente por los derroteros de la peruanidad y la terrible nostalgia. Los temas eternos: la política, la jerga, la comida, los paisajes, la gentita o la burocracia. Así que aquella noche, prescindiendo de nostalgias peruanas, me sentía feliz en mi realidad madrileña y despachaba con las amigas una deliciosa pizza en un restaurantito por Antón Martín.
De pronto, Cibeles, quizá por la inercia de tratar con peruanos, me hizo una serie de preguntas con esa tosquedad tan madrileña, que me sustrajeron del placer de la cena para devolverme a la parte más cruda de mi realidad:
-¿Y tú como llevas tus papeles de residencia?
- Tengo residencia de estudiante y estoy solicitando la residencia de trabajo.
- ¿Y te la van a dar?
- Pues no lo sé. Actualmente no se permite ese cambio, pero están empezando a regularizar gente y espero que mi solicitud se pueda colar.
- ¿Y si te la rechazan?
- Me tendría que ir de España dentro de unos meses, cuando me caduque la residencia de estudiante.
- ¿No tendrías forma de quedarte?
- Legalmente no. Me tendría que regresar al Perú.
- ¡Qué fuerte! ¿Y si no te vas?
- Podrían expulsarme mandándome de vuelta al Perú, con prohibición de volver a España.
Tras un intervalo de silencio, otra chica, Muxía, gallega para más señas, tomó el relevo de las preguntas, con un acento más suave:
-¿Y no habría otra forma para conseguir ese permiso?
- Pues sí. -le dije- Habría dos maneras. Una, si me tocara la lotería, gastando unos millones de pesetas en abrir una empresa… me darían un permiso.
- ¡Manda carallo! ¿Y la otra?
- La segunda sería casándome con una española. Ni juego la lotería ni tengo novia así que espero que me den el permiso de trabajo.
Intenté disimular ante las chicas mi semblante preocupado. Hablar de la incertidumbre de mi futuro me producía un evidente desasosiego. Así que bebí un buen sorbo de tinto, corté otro trozo de pizza y cuando estaba por zampármelo, Muxía, tras unos instantes cavilando sus palabras, dijo algo que me dejó perplejo:
- Pues no te preocupes -dijo ella, muy seria- Si no te dan ese permiso, yo me caso contigo para que te quedes.
Las palabras de Muxía suscitaron en las otras chicas risitas incrédulas, que luego se convirtieron en sonoras carcajadas seguidas de aplausos. Muxía se puso más seria entonces y mirándome a los ojos reafirmó:
- Te lo digo de verdad: yo me caso contigo si te hace falta para quedarte en España.
Desconcertado por esa oferta de matrimonio, sólo atiné a darle las gracias a Muxía, pensando en que mucha gente solo hace estas cosas a cambio de una buena platita. Viniendo de Galicia, una zona que en el pasado exportó millones de emigrantes, Muxía siempre se mostraba solidaria con los inmigrantes actuales. Pero de allí a casarse con uno… Me sorprendió la generosidad de la chica. Volví a agradecérselo mientras Cibeles, muerta de risa, sacaba de su bolso lápiz y papel para apuntar nuestros números de teléfono. Me dio un papelito con los números y escribió encima del nombre de Muxía: “Boda de urgencia”.
Al dejar la pizzería el resto de las chicas nos dejaron solos a Muxía y a mí. Anduvimos los dos un rato por las empinadas calles de Lavapiés y nos despedimos con un cariñoso beso junto a la estación de metro.
Semanas después Muxía dejó Madrid y volvió a su casa en La Coruña. Pasó el invierno y el grupo de amigos organizó un viaje a Galicia. El Moños, el novio gallego de Cibeles, tenía una casa campestre en las afueras de Santiago de Compostela, así que invitó a la mancha de amigos a pasar un fin de semana allí. El Moños me advirtió entre risas, imitando con mucha gracia mi acento peruano:
-No te creas que te has escapado, huevón… Muxía va a venir a verte ese fin de semana y vas a tener que cumplir con ella como un campeón. ¡No puedes dejar mal al Perú, compadrito!…
La broma del Moños me intranquilizó. Lo que se suponía un viaje de patas tomando vinos y comiendo empanadas de marisco por las aldeas de Galicia se convertía en un viaje donde habría que lidiar con Muxía. ¿Cuál era el problema? Que si bien yo estaba conmovido por su generosidad, ofreciéndome firmar papeles de matrimonio, Muxía no era precisamente mi tipo de chica. A ver, cómo lo explico sin ofender a nadie: me gustaban sus ojos verdes, su mirada franca, su melena colorada y su sonrisa. Hasta allí no más… Su voluminoso cuerpo, que podría inspirar a Botero me echaba para atrás y eso que como buen peruano me gustan las chicas con curvas. Pero solo hasta las gorditas de Rubens. No llego hasta las de Botero. Y en un viaje con varios patas peruanos, con esa innata facilidad para la cachita, yo ya me veía como el punto de todos sus chistes de flacos y gordas. Cuando uno todavía es joven le teme a la chacota. Inmadurez de muchacho, pues.
Días antes del viaje a Galicia llegó la resolución de mi solicitud. Podía quedarme a vivir tranquilo en España y ya no hacía falta casarme para tener el dichoso permiso de trabajo.
El viaje en mancha haciendo caravana se hizo largo, pero cuando llegamos a Santiago de Compostela todavía teníamos ganas de salir por la noche a tomar copas en la parte antigua. Muxía nos esperaba en la bellísima plaza del Obradoiro. Después la patota de amigos gallegos, madrileños y peruanos entramos en una taberna abarrotada de gente. Ella no se había separado de mí en ningún momento y mientras yo secaba una cerveza, entre el tumulto y el bullicio, la mano traviesa de la chica empezó a tomarse confianzas deslizándose por mi pantalón, dejando claras sus intenciones. Tenía yo pocas escapatorias, rodeado de tanta gente, así que no me quedó otra que hacerme el loco. Estaba indefenso ante el asedio de la chica, pegada a mí como una lapa. Poco después llegó la hora de volver a dormir en la casa del Moños, así que la mancha de amigos se repartió entre las numerosas habitaciones. Me tocó entonces buscar una cama en la cual dormir, sin saber que para entonces las chicas ya se habían confabulado para dejarle a Muxía una habitación con una gran cama de matrimonio, para darle uso variado. Cibeles se cruzó conmigo en un pasillo y me señaló con el dedo la habitación matrimonial mientras soltaba una risita burlona. Con un par de tragos encima, el plan no dejaba de parecer tentador, pero el hecho de tener a una manchaza de gente pendiente del revolcón -más tarde El Moños me contaría que pensaban escucharnos con vasos tras la puerta- y la perspectiva de ser el punto de gente cachacienta el resto del viaje, me echaron para atrás. Además pensé con la cabeza y no con… Decidí que de verdad, no deseaba tener un vacilón con Muxía. Busqué un sitio libre y dormí solo en una cama pequeña.
Las consecuencias fueron nefastas. Muxía y las demás chicas arremetieron contra el suscrito por dejarla con los crespos hechos. Comenzaron las maledicencias. Ya se imaginan ustedes: que si el peruanito es del otro equipo, que si es un seminarista con voto de castidad, etc… Las insidias duraron meses y solo acabaron cuando meses después me ennovié con Soledad, otra amiga de Cibeles, y acabaron las habladurías.
Muxía y yo nos despedimos la noche siguiente. El enfado le había durado todo el día, así que mientras recorríamos las Rías Baixas y nos arrimábamos una comilona de pulpo y almejas, bebiendo a vino blanco a mansalva, Muxía permanecía alejada y no me hablaba. Pero al caer la noche ella ya no me guardaba rencor y hasta recuperó la sonrisa. Una chica estupenda, la verdad. Por ayudarme estaba dispuesta a meterse en el embrollo de un matrimonio… Con segundas intenciones, eso sí, pero de las buenas. Abracé por última vez a esta “noiva galega” y nos despedimos en el portal de la casota compostelana. Nos dimos otro cariñoso beso y allí quedó la cosa.
Y es que si los matrimonios de conveniencia duran poco, los noviazgos duran mucho menos. ¿O qué creían ustedes?
Javier Távara, España
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