María Patricia y yo: peregrinos para la jornada de la vida
Aunque más de cincuenta años han pasado, el momento mágico en que María Patricia entró en mi vida está tan fresco como el rocío de la mañana, tan claro como agua de manantial, y sin embargo tan caluroso como una leve fiebre.
En mi primer año en la Universidad de Columbia, abrumado con las presiones de los exámenes finales, buscando un lugar apartado para poder estudiar, me encontré en Avery Hall, donde estaban las salas de ensayo de música. La mágica música de Mozart fluía de una de las habitaciones, era el adagio de la Sonata para piano N º 12.
Por supuesto, me enteré de este dato mucho más tarde, ya que en ese tiempo —a los 17 años— no tenía la menor idea de quién era Mozart. Al darme cuenta de que el pianista repetía el adagio constantemente me senté en el suelo, justo delante de la puerta, para escuchar mejor. Dos horas más tarde, la floreciente y empecinada concertista de piano salió y giró alrededor de mí, ya que yo estaba pegado al suelo, y me dio una mirada burlona.

“Yo no la quería molestar”, le dije. “¿Cuál es el nombre de esa canción que tocó durante dos horas?”
“No es una canción, es una sonata, y has estado aquí dos horas?”
!Ah, divina felicidad! Su voz era aun más dulce que la música que acababa de oír. Mi ignorancia musical y sin embargo mi pasión por ella, mi espeso acento de hispanohablante, y mi muy poca presencia parecían haber ganado su confianza, pues desde ese instante mágico María Patricia y yo nos hicimos inseparables peregrinos para toda la vida.
Cuando nos encontrábamos entre clases, María Patricia y yo nos veíamos bien en el reloj de sol o por el árbol de sicómoro frente al Lewisohn Hall. Durante ese año ni un solo día pasó sin reunirnos y compartir momentos de amor. Dado que nuestros recursos financieros eran escasos, un buen día conversamos sobre la posibilidad de unir nuestros ingresos y de esa manera poder sobrevivir mejor. Y ya que en esos años, “vivir juntos” o “irse a vivir con alguien” no se había inventado todavía, decidí que la solución sería que nos casáramos.
Sin ninguna experiencia en propuestas amorosas (aún no había cumplido los 18 años), y temeroso de que mi nerviosismo me hiciera meter la pata en lo que podría ser el acontecimiento más crucial de mi vida, una tarde, sentado bajo el árbol viejo, escribí unas cuantas líneas en una tarjeta.
Luego, como bajo el hechizo de una fuerza divina y guía, bajo aquel árbol de sicómoro donde nos encontrábamos, esto es lo que yo le leí:
Desde que nos conocimos me has convertido en un mejor estudiante, en una mejor persona, más buena y más noble. Y ahora tengo un ardiente deseo de triunfar en la vida, no por mí solamente, ni por mi familia, sino porque quiero que tú pienses en mí como una persona digna, digna de ti. Si siempre me siento obligado a tomar tu mano y abrazarte, es porque quiere asegurarme de que eres humana, que no eres una visión, un ángel, una diosa o una divinidad. No puedo concebir el resto de mi vida sin ti a mi lado, porque tú y tu música son todo para mí ahora: cuando estoy despierto pienso en ti, cuando duermo sueño contigo, y en mis sueños eres mi hipnosis, mi delirio y mi paz.
Después de haber leído mis sentidas palabras, me hinque de rodillas y le pregunté a María Patricia:
“¿Quieres casarte conmigo—quieres casarte con este pobre chico de los Andes que nació solo para amarte para siempre?”
Hoy disfrutando de nuestros años dorados, tres hijos ya por su propia cuenta, y dos nietos en quienes derrochamos amor y regalos, yo creo que —libre albedrío al margen— el toque de un ángel empuja a nosotros los seres humanos en diferentes direcciones. Cuando María Patricia y yo hablamos de las estadísticas que muestran que más de la mitad de las personas que se casan terminan divorciándose, nos sobrecoge una infinita tristeza.
No me puedo imaginar por un instante vivir la vida sin mi amada pareja.
Esta es una historia narrada en primera persona, así es que no puedo opinar sobre los sentimientos de otras personas, sus pensamientos y cuáles son sus actitudes hacia la vida. Lo que sigue son algunos de los actos y hábitos (traer un regalito al hogar, consultar con su esposa, ver por otros, ser un buen proveedor y creer en Dios) que han guiado mi vida y mi matrimonio.
Ya que a María Patricia le gusta comer fruta todos los días, hice de esto una regla de siempre: traer a casa una manzana, plátanos, uvas, o melones. Por supuesto que yo sabía que ella iba al mercado y escogía su propia fruta. Mi gesto, sin embargo, era más espiritual que nutricional, nunca venir a casa con las manos vacías.
Al principio de nuestro matrimonio me enteré de que María Patricia quería ser consultada en todas mis decisiones, por más pequeñas o insignificante que fueran. Por lo tanto, hice la promesa a mí mismo que no solo iba a consultar con ella, pero que me iba a exceder en ello. Y fiel fui a tal exceso. A excepción de aquella vez cuando impulsivamente le compré un segundo piano. No es que ella no lo apreció, pero me hizo saber que si yo le hubiera consultado me hubiera dicho que estaba embarazada con nuestro tercer niño y que este era el momento para ahorrar y no para gastar.
“Con tres hijos que mantener y educar en Barnard College, necesitas ganar más dinero”, me dijo.
Ya teníamos dos niñas y ella esperaba otra más. “¿Barnard? ¿Por qué no Columbia College mi alma mater?”, le pregunté exagerando la voz como si fuera un soberbio macho sudamericano.
En ese momento de mi carrera (hace 30 años) había sido ascendido a controlador de la empresa y ganaba un poco menos de $ 100.000 al año. Para mi mente de contador, eso era un sueldo bastante bueno, qué caramba ni caracoles. Además yo me consideraba un buen proveedor. Sin embargo, la arrogancia venció mi sentido común y por un par de semanas el resentimiento me apretaba las quijadas ante la implicación de que yo no ganaba suficiente dinero.
Entonces, un buen día, María Patricia, al notar mi mal humor, me dijo: “El dinero te llegará más fácilmente cuando pienses en nosotros, en tu familia, y no en ti. Piénsalo bien. Digo esto por lo que sé acerca de su propio padre.”
De hecho, cuando yo era pequeño mi padre me había incrustado en la cabeza dos de sus frases favoritas: “… cuando vas a una mujer, piensa que estás tocando el pétalo de una rosa; nunca le hagas daño, nunca le grites, o el rubor de la flor se desvanece. Y luego: “Un hombre es solo un medio-hombre si da la mitad de su sueldo a su familia y la otra mitad se lo guarda para gastárselo el mismo. Piensa en tu familia y recibirás en múltiplos de decenas y cientos, si no son miles.”
Eso me trajo a la razón. Yo había estado pensando en mi propia y maravillosa persona y no en mis seres queridos. De repente le dije a María Patricia que iba a renunciar a mi trabajo y que me convertiría en un banquero de inversiones. Sin titubeos ella me apoyo. Ese mismo día ella fue a la librería del Coliseo (Columbus Circle, ya desaparecida) y compró todos los libros necesarios para mi estudio y así aprobar los exámenes requeridos para ejercer como representante autorizado.
Esa noche ella me entregó los libros y yo le entregue un colorido plato jugoso, dulce, de trocitos de melón, de melón blanco, y de sandia, todos rociados con vino tinto Merlot. Y de sobremesa, ella tocó el adagio de Mozart que me había lanzado escalofríos por toda la columna ese afortunado día cuando la vi por primera vez. ¿Qué vi en ella entonces? ¿Es que vi la cara de un ángel? ¿La cara de mi madre que yo había dejado al venir a este país? Solo Dios sabe. Si cada hombre tiene una imagen ideal de lo que es el modelo de una mujer perfecta, María Patricia para mí fue, es y siempre será la mujer perfecta.
Hoy María Patricia ya no toca el piano, porque su artritis le ha invadido piernas, brazos, y manos. Desde el día de su debut en el Alice Tully Hall del Lincoln Center a su último concierto en el Carnegie Hall, nunca falté a uno de sus conciertos. Y como dice el lema del correo: Ni la nieve ni la lluvia ni el calor ni la oscuridad de la noche me pueden detener. La fama y la gloria se desvanecen, pero en mi corazón los triunfos de María Patricia se acrecientan y refulgen con más esplendor con cada día que pasa. ¿Con qué placer su concierto final repercute en todo mi cuerpo y mente, los ecos de las ensordecedoras ovaciones y “bravos” aun me sobrecogen el alma. Al día siguiente, un crítico del New York Times llamó a su interpretación del Quinteto para Piano de Brahms “un regalo de Dios.” ¡Qué orgulloso me sentí yo de mi bella esposa a quien no veía como el don de Dios por un solo día, sino para toda la vida!
Dios le sonrió a María Patricia, y esa sonrisa también me cubrió porque el Señor de los cielos me hizo un proveedor aún más eficaz, haciendo que mi carrera floreciera, culminando en un exitosa jubilación—un banquero de inversiones de buena ley y fortuna. Hemos enviado a nuestros hijos a las universidades más codiciadas, hay fondos para los nietos, y vivimos en un vecindario envidiable y con buenos vecinos. María Patricia, niña de una antigua familia de Boston, me asegura que supo elegir bien cuando ella se casó conmigo: “un pobre chico inmigrante de los Andes”.
El domingo pasado después de misa fuimos a la feria convenida en la avenida Madison, no lejos de donde vivimos en Park Avenue. A decir verdad, no puedo pensar en una mejor manera de pasar una tarde gloriosa en la hermosa ciudad de Nueva York que en una feria callejera.
Y empujé la silla de ruedas de María Patricia —una silla antigua, pues no puede manejar una de esas motorizada— a lo largo de toda la feria: unas veinte cuadras.
Marciano Guerrero, Estados Unidos
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