Una experiencia ultramarina
El siguiente es un artículo publicado por Roxana Espinoza en la revista La muela del juicio, publicación de la facultad de derecho de la Universidad de Alcalá (España), centro de estudios en el que nuestra compatriota realiza un post grado. Luego, el artículo fue enviado a nuestra redacción.

Foto: AP
Es posible que un gran número de compañeros, alumnos de esta facultad, desconozcan el verdadero significado de la palabra Ultramarino. De allende los mares, de más allá del océano, de aquel lugar donde en otro tiempo terminaban los mapas y caían los barcos, donde acababa lo conocido. Todo aquello conocido es lo que dejas atrás cuando haces esta travesía oceánica. La misma que hicieron tantos viajeros en uno u otro sentido.
Ultramarino. A alguno, puede que a los más mayores, quizás les suene ese término a algo parecido a un supermercado (palabra, más fea para mi gusto, anglosajona). Según tengo entendido, en ciertos pueblos en tierras castellanas aún se mantiene aquella denominación para las tiendas o establecimientos donde se dispensan productos que venían de muy lejos, de tierras americanas, ofreciendo los nuevos sabores y alimentos procedentes de mi tierra de origen: la patata, el maíz, o el tomate.
En mi caso, también procedo de ultramar, de territorios del sur, del Perú. Dado que, por dificultades intrínsecas, las universidades latinoamericanas difícilmente conceden becas u otro tipo de ayudas económicas; y, si a ello se suma la indudable importancia para el ámbito laboral de los estudios de Post Grado, más aún si éstos son realizados en Europa, decidí emprender el reto e iniciar un Master en esta facultad; me decanté precisamente por esta, no sólo por lo interesante de su estructura curricular, o el buen nivel de su plana docente, sino además, por otro factor no menos importante y pragmático, y es que tenía la posibilidad de acogerme a la beca de residencia Miguel de Cervantes, beca dirigida a estudiantes latinoamericanos y que, llegado el momento, sirvió para inclinar la balanza al momento de tomar la decisión.
Esta es la realidad que afrontamos los aventureros de ultramar, los que nos alejamos tanto de nuestras familias para venir a ampliar nuestra visión del entorno y del derecho. Para una persona extranjera como yo, estudiar y en general vivir en España ha sido, y sigue siendo, sin lugar a dudas, una de las mejores experiencias de mi vida.
Recuerdo haberle comentado a un buen amigo, que siento que el año y medio que llevo viviendo aquí equivalen –por establecer algún modo de comparición -, a más o menos ocho vividos en mi país.
Desde luego, los primeros meses que generalmente dura el proceso de adaptación deben ser la etapa más dura para la mayoría de los estudiantes que cruzan por primera vez “el charco”. Encontrarte en un país ajeno al tuyo, lejos del abrigo de tu familia, de la complicidad de tus amigos de muchos años, y de tus costumbres, hacen que la frase “nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde”, deje de ser un cliché. Te invade como nunca imaginaste una sensación de inseguridad que vas poco a poco venciendo y que, finalmente, te hace más fuerte. Y es que, pese de que hablamos el mismo idioma, y que incluso estuvimos entrelazados históricamente durante algunos siglos, existe una enorme diferencia cultural: el carácter de la gente, los estilos de vida, la comida, la diferencia horaria, el clima, etc.
Sin embargo, y como contrapartida, reconozco ahora que estas circunstancias te ayudan a madurar, generando, por si fuera poco, la capacidad de adaptarte a un mundo totalmente diferente; conocer gente nueva, de distintos países, con otros credos y costumbres, distintos idiomas, lo que te permite intercambiar experiencias, enriquecerte como persona y evolucionar. Hoy, al realizar el balance de la experiencia vivida en esta facultad, puedo decir sin temor a equivocarme que ha sido bastante positiva.
Interactuar con profesores e investigadores prestigiosos, estudiar con métodos distintos de enseñanza – tan acostumbrada como estaba al método tradicional del profesor en la pizarra frente a los alumnos – las plataformas virtuales, los trabajos o investigaciones tuteladas, el acceso a bibliotecas bien equipadas, con horarios especiales y flexibles de acuerdo a la necesidad del alumno, como cuando permanecen abiertas las 24 horas en periodos de exámenes, las instalaciones de WIFI, la infraestructura y el ambiente de estudio agradable, todos estos son beneficios que para el estudiante español resultan inherentes o sin interés, en Latinoamérica –salvo honrosas excepciones- no existen en las universidades públicas y sólo son privilegio de universidades privadas muy costosas y, por ello, poco accesibles para la mayoría de estudiantes
Por supuesto, personalmente considero que queda aún mucho que mejorar. Por ejemplo, en relación con la exigencia a algunos profesores para que cumplan con el desarrollo de las asignaturas acorde con el programa inicial que se ofrece; la flexibilización por parte de la universidad para un verdadero pago fraccionado de matrículas y ser así más coherente con el principio de igualdad de oportunidades y mejor servicio a la sociedad que establece su propio estatuto; la ampliación de la atención del área de Relaciones Internacionales a alumnos de Post Grado (Másteres y doctorado); la implantación de un programa de acogida o programa mentor como existe en otras universidades españolas en las que antiguos alumnos reciben a los nuevos alumnos extranjeros de la facultad ayudándolos y propiciando de forma más rápida su integración; mayor seguridad en las residencias universitarias –he sido testigo de varios ataques xenófobos a estudiantes extranjeros, ante los cuales, por cierto, las autoridades se han hecho de la vista gorda -, el equipamiento continuo de la biblioteca, sobre todo en áreas y temas más especializados.
En definitiva, contemplo cosas por mejorar, pero también mucho que imitar y me asalta a la mente ahora la idea de lo beneficioso que sería la creación en América Latina de un programa similar al Programa Erasmus, que permita la movilidad de estudiantes de entre estos países, lo que seguramente permitiría a los mismos no sólo tener una visión más amplia del panorama regional, mayor amplitud y flexibilidad de ideas, sino sobre todo reforzar lazos de unión. Sería un buen primer paso para lograr la integración que tanto deseamos en una cultura de paz.
Roxana Espinoza, España
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