(Ilustración: Giovanni Tazza).
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David Tuesta

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El crecimiento económico mundial, luego del desplome producido en los primeros meses del Covid19, ha estado caracterizado por una recomposición de las fuerzas de oferta y demanda. La pandemia y las consecuentes políticas sanitarias de restricciones a la movilidad en todo el mundo, introdujeron una nube de incertidumbre que paralizó por un tiempo la toma de decisiones de los agentes económicos.

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Más adelante, la paulatina “normalización” de la pandemia, permitió que actores públicos y privados empezaran a salir del marasmo. Los mega estímulos fiscales-monetarios desplegados masivamente permitieron un fuerte crecimiento, liderado por las principales economías del mundo. En este entorno, el Perú se ha beneficiado con una fuerte demanda por sus materias primas y el consecuente boom de commodities. Hoy, sin embargo, se empiezan a manifestar desequilibrios y ajustes importantes en la esfera global, que sumados a la todavía presente incertidumbre del Covid19 y variantes, podrían cambiar rápidamente el actual ciclo.

Una de las principales señales de preocupación del ciclo de expansión post-Covid, ha sido la rápida presión sobre los sistemas de precios. Así, el fenómeno inflacionario ha terminado forzando a los bancos centrales a tomar posiciones restrictivas en sus políticas monetarias antes de lo anticipado. Por ejemplo, luego de que un par de semanas atrás el Banco Central Europeo anunciara el adelanto de la rebaja de compras de deuda de su programa anti-pandemia para este último trimestre, la Reserva Federal ha dejado bastante claro que también estaría empezando a recortar la compra de activos por valor de US$ 120 mil millones mensuales al finalizar el 2021. Aunque una subida de tasas de interés no está todavía en el horizonte (algunos lo ven hacia finales del 2022 o incluso 2023), se anticipa un contexto de moderación en su expansión de acá para adelante.

Y en otro tanto, desde el Oriente llegan noticias preocupantes. El caso del gigante inmobiliario chino Evergrande pone sobre la mesa el largo problema estructural del gigante asiático: la creciente e imparable burbuja inmobiliaria y los desequilibrios financieros atados a ella. Con una deuda de US$ 300 mil millones pendiendo de un hilo, y ramificaciones por varios múltiplos, los daños descontrolados que se puede generar sobre la economía china y global no pueden ser ignorados. La problemática inmobiliaria-financiera fue reconocido desde hace bastante tiempo por el Partido Comunista; de hecho, en el 2013, Xi Jiping puso el ojo al tema y vino desplegando esfuerzos regulatorios para minimizar los riesgos sistémicos colocando límites de endeudamiento a este sector, pero cuando los mercados observan que las cosas en la práctica no van al ritmo esperado, surge la desconfianza.

Evergrande se encuentra endeudada con cerca de 300 entidades financieras locales, lo que anticiparía que estaríamos observando tan solo la punta del iceberg. Dicho esto, ¿estamos ante un Momento Minsky, es decir, aquel escenario descrito por Hyman P. Minsky en el que los mercados colapsan repentina y estrepitosamente, marcando el fin de la fase de crecimiento de los mercados crediticios y reales? El viento, sin duda, empieza a soplar contrariamente.

El fin de estos vientos de cola pueden tener un final complicado, donde sufrirían más aquellas economías con mayores desequilibrios, y que no hayan estado recomponiendo los fundamentos que apuntalen sus productividades. La economía peruana, por ejemplo, tiene un gran soporte como consecuencia del modelo económico desarrollado en las últimas décadas, fundamentado en gran medida en instituciones fiscales y monetarias, más ganancias pasadas en productividad que, lamentablemente, se han detenido hace una década.

Sin embargo, hacia adelante, ante la desaparición del soporte global que ha ayudado a una recuperación más rápida gracias al pico de precios internacionales, un cambio rápido de este conveniente escenario podría terminar estampándonos contra la realidad. Los mercados a futuro se encuentran anticipando ajustes en el precio de las materias primas. El cobre, por ejemplo, descuenta caídas alrededor del 10% en un año, con claro sesgo a futuras bajas. Estas señales de cambio en el escenario mundial debieran hacer reflexionar al gobierno de que continuar con el juego de darle la espalda al sector privado, mellando su confianza, puede terminar peor y más rápido de lo que se anticipaba.

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