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Un holandés crea una nueva tecnología para eliminar el plástico del Océano

Boyan Slat, un joven de  24 años, se ha propuesto limpiar el océano de basura plástica. Su descomunal proyecto se puso en marcha el domingo pasado en medio de expectativas y algunas críticas.

Lleva el cabello largo, viste pantalones cargo y zapatillas. Parece un muchacho que acaba de terminar la universidad; sin embargo, Boyan Slat, a sus 24 años, es uno de los jóvenes más influyentes del mundo, tal como lo consideró recientemente la revista Forbes. Su historia empezó en el 2013, cuando tenía 19 años. En ese momento lanzó un proyecto que muchos consideraron improbable: erradicar el plástico del océano. En otras palabras, este holandés, aficionado a los deportes acuáticos y los videojuegos, quería enfrentar uno de los mayores problemas ambientales de los últimos tiempos, tarea que ningún gobierno ni institución internacional creían realizable. La idea comenzó a materializarse en su cabeza cuando una mañana de vacaciones, mientras buceaba en el mar de Grecia, vio que en el fondo marino había más bolsas que peces. Algo que no era tan extraño, pues se considera que el Mediterráneo es uno de los mares más contaminados del mundo a causa de las miles de toneladas de plástico que se arrojan a sus aguas cada verano, durante la temporada turística.

En su todavía escueta biografía, se cuenta que Slat abandonó sus estudios de ingeniería aeroespacial para dedicarse a desarrollar su propuesta. Él pensaba que, si las corrientes marinas habían acumulado enormes islas de plástico en distintos puntos del océano, se podían usar estas mismas mareas para traer los desechos de vuelta. En el 2014 inició una campaña de crowdfunding y en cien días ya había conseguido dos millones de dólares para su proyecto de más de treinta mil donantes de 164 países. De esta manera, su fundación The Ocean Cleanup se hizo realidad. Con el tiempo y la acumulación de mucho más capital, logró que oceanógrafos y científicos provenientes de la industria petrolera se sumaran a su causa. En los últimos años, Slat, con otros investigadores, ha publicado diversos estudios en revistas como Scientific Reports, Nature, Science & Technology o en el foro especializado Biogeosciences acerca de cómo sacar el plástico del mar.

Boyan Slat

Boyan Slat en la bahía de San Francisco, en Estados Unidos, el pasado 8 de setiembre, al inicio de su cruzada contra el plástico. [Foto: Reuters]

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Su gran objetivo ha sido siempre la inmensa mancha de basura ubicada entre Hawái y Japón, conocida en inglés como The Great Pacific Garbage Patch. Un vertedero oceánico considerado uno de los más grandes del mundo. En el 2017 se embarcó con una flota de más de 30 barcos para recorrer esta zona del Pacífico Norte y evaluar las dimensiones del problema. Según publicó BBC Mundo, su misión no solo fue exitosa, sino que permitió conocer en tres semanas mucho más de lo que se había recolectado en 40 años. Entonces, Slat declaró: “No entiendo por qué la palabra obsesivo tiene una connotación negativa. Soy obsesivo y me gusta. Se me ocurre una idea y me mantengo fiel a ella”.

El domingo pasado este obstinado muchacho ha puesto en marcha su plan desde la bahía de San Francisco. Ha lanzado al mar un dispositivo de 600 metros de largo —una especie de serpiente de goma dotada de GPS, anclas flotantes y pantallas especiales—, que, guiado por los vientos y las mareas, atrapará los plásticos del océano y los traerá de vuelta. Su idea es poner en el lecho marino decenas de estas barreras controladas a distancia —cada una tiene un valor aproximado de veinte millones de dólares—, que formarán una v gigantesca, como un litoral artificial, que flotará por el Pacífico y, según sus cálculos, en cinco años acabará con el 50 % del plástico entre América y Asia.

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¿Pero qué es el Gran Parche del Pacífico? Algunos dicen que es del tamaño del Perú y Ecuador juntos. Otros aseguran que su superficie puede ser tres veces la de Francia y otros estiman que puede llegar a ser tan grande como Australia. De acuerdo con las investigaciones de The Ocean Cleanup, esta ‘isla’ es una especie de sopa gigantesca de más de 1,6 millones de kilómetros cuadrados, formada por una cantidad inimaginable de partículas y residuos plásticos que flotan suspendidos a 2.200 kilómetros de la costa, ya se dijo, entre Hawái y Japón. Tal cantidad de desechos ha sido llevada ahí por los vientos, la presión atmosférica y un fenómeno que los oceanógrafos llaman “giro subtropical del Pacífico Norte”. Es decir, como un gigantesco espiral, estas corrientes marinas han ido succionando y acumulando en este lugar los restos vertidos en las costas y ríos de Norteamérica y Asia hasta llegar a formar esta gran masa tóxica que desde los años ochenta llama la atención de científicos y ambientalistas.

Si bien esta ‘isla de desperdicios’ es la más conocida y estudiada, no es la única. Existen al menos otras cuatro similares en el Atlántico Norte, en el Pacífico Sur y en el océano Índico, lugares donde también se producen estos giros o remolinos acuáticos. Estos basurales no son otra cosa que la cara oculta de la modernidad, el resultado del uso desmedido del plástico —y de su mal manejo residual— desde la década del sesenta del siglo XX, cuando este material reemplazó al metal, la madera y otras materias primas en la elaboración de una infinidad de objetos, juguetes, herramientas e instrumentos, tanto en la industria como en la vida cotidiana. Lo cierto es que el polietileno, el polipropileno y el polivinilo —las tres variedades de plástico más extendidas— no son otra cosa que productos sintéticos derivados del petróleo, a los que se les añaden diversos aditivos químicos. Esto los convierte en materiales de difícil degradación —algunas piezas pueden demorar hasta mil años— y son altamente tóxicos, sobre todo cuando entran en contacto con la luz solar y el agua del mar. De acuerdo con cifras del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, al año mueren cientos de miles de organismos vivos —peces, aves, tortugas, mamíferos— atragantados por redes plásticas abandonadas o intoxicados por las partículas plásticas en estado de descomposición.

Los primeros en avistar estas ‘sopas tóxicas’ fueron oceanógrafos estadounidenses en la década del ochenta. Uno de los más conocidos fue Charles Moore, quien llegó a documentar la existencia de estas manchas y fue uno de los primeros en alertar del peligro del uso del plástico en nuestra sociedad.

Trampa fantasma. Una tortuga lucha por escapar de una red abandonada.

Trampa fantasma. Una tortuga lucha por escapar de una red abandonada. [Foto: AP]

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Aunque los mayores desechos se producen en China, Japón y Estados Unidos, América Latina no es ajena a este problema. Es más, el año pasado la organización Algalita Marine Research and Education —a la que pertenece el propio Moore— descubrió una de estas ‘islas de plástico’ frente a las costas del Perú y Chile, con una superficie estimada de 2,6 millones de kilómetros cuadrados, es decir, dos veces el tamaño de nuestro territorio. De confirmarse estos cálculos sería la ‘isla’ más grande conocida hasta el momento.

Ante tales evidencias, distintos gobiernos en el mundo están aprobando legislaciones para evitar el uso de este material, y el peruano no es la excepción. Para la ministra del Ambiente, Fabiola Muñoz, la única manera de contrarrestar este problema es a través de campañas educativas que sensibilicen a la población sobre el daño que causa el plástico de un solo uso —bolsas, sorbetes y envases de tecnopor— en nuestro ecosistema. Según Muñoz, incluso cierto tipo de bolsas ‘biodegradables’ resultan nocivas, pues una vez expuestas al medio ambiente se descomponen en partículas pequeñas que terminan en los estómagos de peces y aves.

El Ministerio del Ambiente inició en junio pasado la campaña #MenosPlásticoMásVida y en menos de tres meses los resultados han sido alentadores: seis cadenas de supermercados y tiendas por departamentos, además de restaurantes, mercados de abastos y algunos municipios de Lima Metropolitana y La Libertad, ya se han sumado a esta iniciativa y anunciado que dejarán de usar paulatinamente bolsas y cañitas en sus instalaciones. “Lo bueno es que la gente, de los comercios y las industrias, están reaccionado de manera positiva y no están esperando la salida de una ley para ocuparse del tema”, dice la ministra. En este punto, ella es optimista. Cree que en el corto plazo se puede reducir hasta el 50 % el uso del plástico de único uso y llegar al bicentenario, en el 2021, sin la presencia de este material entre nosotros.

Ocean Cleanup

El prototipo de tecnología, desarrollado por Boyan Slat, tiene unos 2,000 pies de brazos flotantes que serán remolcados hacia el Great Pacific Garbage Patch. [Foto: AFP]

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“El plástico nos ha solucionado la vida en muchos aspectos —admite la titular del Ambiente—, pero el problema está en cómo lo utilizamos. Por eso debemos promover tres cosas: el consumo responsable, el reciclaje y la buena disposición final de los residuos”.

Al respecto, se sabe que en Lima Metropolitana y el Callao se generan 886 toneladas de basura plástica al día. De esta cantidad, la mitad no tiene una disposición adecuada, y termina abandonada en las laderas de ríos, botaderos informales y playas.

“Las cifras son lamentables”, dice el ingeniero Carlos Llanos, jefe de la Oficina de Gestión Ambiental de la Universidad Agraria La Molina: “En el mundo se produce un millón de botellas plásticas cada minuto. En Lima Metropolitana el 46 % de la basura plástica son bolsas; el 25 %, botellas y el resto, productos de limpieza y tecnopor”.

En estas circunstancias, erradicar el plástico y otros contaminantes del litoral resulta necesario, pero la gran pregunta es qué hacer con lo recolectado. “Finalmente, estamos hablando de residuos urbanos —añade Llanos— y limpiar las playas es muy plausible, pero qué hacemos después con lo que recogemos. En Europa y Estados Unidos ya se están desarrollando técnicas alternativas para el manejo de estos residuos sólidos, y la más avanzada es la pirolisis. Los residuos son puestos en una especie de hornos en los que son degradados, esterilizados y transformados en energías renovables o en materias primas para otros procesos industriales”.

Según el especialista es hora de traer estas tecnologías a nuestro país.

Playa de Matabari Terbit

Un residente local camina a lo largo de una sección de la playa de Matabari Terbit cubierta de plástico y otros restos arrastrados por vientos estacionales cerca de Sanur, Bali, Indonesia. [Foto: Reuters]

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Justamente, la mayor objeción que se ha hecho al proyecto de Boyan Slat es cómo piensa tratar los residuos que recogerá del mar. Dice que utilizará energía solar para triturar la basura devuelta a tierra, que luego será procesada o convertida en energía. La otra crítica apunta a que con su método no se podrán recuperar los microplásticos, que son los más dañinos para las especies marinas. Él reconoce que su objetivo, por ahora, son los plásticos grandes.

“Debemos limpiar lo máximo en el más corto tiempo —declaró al diario El Mundo—. Así prevenimos que los grandes plásticos se conviertan en micro. Estos suponen el 3 % de todo el plástico de los océanos, pero el 97 % restante se convertirá en microplásticos en décadas si no los limpiamos, por eso es tan urgente”.

En una charla TED con casi tres millones de reproducciones en YouTube, este muchacho holandés, quien asegura haber ideado todo siguiendo el videojuego Pac-Man, exhorta a no dejarse avasallar por semejante problema. Dice que, si no hacemos nada hoy, toda la basura acumulada en los giros oceánicos —unas 7,25 millones de toneladas, el mismo peso de mil Torres Eiffel— tardará en degradarse 79 mil años. Para entonces quizá ya no habrá peces y el mar —como en una vieja película apocalíptica— estará infectado para siempre.

SIN BOLSAS NI CAÑITAS

#MenosPlásticoMásVida
La campaña del Ministerio del Ambiente se inició el 5 de junio pasado, a fin de promover el consumo responsable de los plásticos de un solo uso, como bolsas, cañitas y tecnopor. Hasta el momento se han sumado a la iniciativa las cadenas de supermercados y tiendas por departamentos Wong, Metro, París, Plaza Vea, Vivanda, Tottus, además de restaurantes como Friday’s, La Gran Fruta, Antica y el patio de comidas del Jockey Plaza. También, los mercados de Magdalena, en Lima, y de La Noria, en Trujillo. Las municipalidades de Magdalena, La Molina y Guadalupe (La Libertad) han emitido ordenanzas municipales para restringir el uso de sorbetes y bolsas en sus respectivos distritos.

Alternativas al tecnopor
Una de las actividades más tradicionales de la Universidad Agraria La Molina es la pachamanca que se realiza cada 23 de setiembre, con ocasión de la primavera. Este año, las tres mil raciones ya no se servirán en envases de tecnopor, sino en recipientes hechos con bagazo de caña de azúcar que después serán tratados para convertirlos en abono. En el mercado nacional existen ya una decena de empresas dedicadas a la venta de estos envases alternativos. Una de ellas es Ecopack, que usa no solo el bagazo de caña de azúcar, sino también fécula de papa, camote, arroz, maíz, maicena, para crear un plástico ecológico. Otra es Qapac Runa, que comercializa envases, contenedores y vasos de bagazo. Su representante, Rayda Romero, dice que este material orgánico no solo reemplaza muy bien al tecnopor, sino que puede ser usado sin ningún riesgo en altas temperaturas.

El camino de la ley contra el plástico
A inicios de año existían seis proyectos de ley que regulaban el plástico de un solo uso, además de una propuesta del Ministerio del Ambiente. Finalmente se logró consensuar un solo proyecto, pero este no pudo pasar al pleno por falta de tiempo. En este periodo congresal 2018-2019, en la Comisión de Pueblos Andinos, Amazónicos y Afroperuanos, Ambiente y Ecología, se ha aprobado un nuevo texto sustitutorio que debe ser discutido en los próximos días en la Comisión de Economía. Después, el proyecto pasaría al pleno para su debate y esperada aprobación.

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