El amor al terruño

“El mismo nombre del Perú nos remite tanto a la fantasía de la abundancia para una Europa hambreada (“vale un Perú”) como al encuentro confuso entre dos mundos, uno de los cuales fue brutalmente sojuzgado”.

    Carmen McEvoy
    Por

    Historiadora

    (Ilustración: El Comercio)
    (Ilustración: El Comercio)

    Hace unos días conmemoramos el natalicio de Jorge Basadre, historiador de la república, además del fallecimiento de José Faustino Sánchez Carrión, quien ayudó a colocar los cimientos de un edificio que hoy se tambalea e incluso, para muchos, colapsa. Aparte de un profundo amor por el Perú y una fe imbatible en un destino que tanto el tacneño como el huamachuquino avizoran grande, y del que hoy con razón se duda, lo que los asemeja es el impacto mental y emocional que tuvo la patria chica en sus respectivas visiones, sobre una entidad portadora de una historia larga, dolorosa y compleja. El mismo nombre del Perú nos remite tanto a la fantasía de la abundancia para una Europa hambreada (“vale un Perú”) como al encuentro confuso entre dos mundos, uno de los cuales fue brutalmente sojuzgado.

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