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A mi graduada, por Gustavo Rodríguez

“¿Habrá valido la pena tu enorme despliegue de energía?”

Gustavo Rodríguez Escritor y comunicador

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"Te graduaste la misma semana en que nuestro Estado le negó la licencia a una universidad donde estudiaban miles de ilusionados como tú". (Ilustración: Giovanni Tazza)

Tienes el privilegio –y la desventaja– de haber sido la protagonista de mis debuts como padre.

Mi primer cambio de pañal y el primer corte de uñitas. El primer novio en casa y el primer desvelo por una discoteca. Hace poco fuiste la primera en graduarte de la universidad y es como si en mis tímpanos aún vibrara “Pompa y circunstancia”, y como si mis retinas recién hubieran empujado al nervio óptico esa platea de padres con sus cámaras listas.

Era lógico que me sentara a escribirte esto.

Lo hice cuando cumpliste 18 y también cuando entraste a practicar en una empresa.

¿Cómo no hacerlo tras ese ánimo festivo? En tanto escuchaba esas porras de las familias a sus jóvenes y las veía después posar para el recuerdo, me iba dando cuenta de que el hito de la universidad concluida no es poca cosa en un país injusto que intuye que solo la educación ayuda a cerrar brechas sociales. Nosotros no fuimos la excepción: reímos, brindamos, almorzamos juntos. Tus hermanas, tu mamá, su novio, mi novia, tu novio. Una telaraña de amor rodeándote de ese tipo de enseñanza que tal vez no hayas tenido en las aulas. Pero ahora que la fiesta se aleja y la reflexión acecha, tu padre el aguafiestas quiere hablar de temas incómodos. ¿Habrá valido la pena tu enorme despliegue de energía enfocado en la facultad? ¿Esos cinco años de sacrificio? Te graduaste la misma semana en que nuestro Estado le negó la licencia a una universidad donde estudiaban miles de ilusionados como tú y todo indica que, además, hay miles más de familias estafadas por empresarios que se aprovechan del culto al diploma. Tú eres más afortunada: tu universidad es tuerta en este país de ciegos. Pero, aun así, al ver esas doscientas caritas sonrientes –la tuya la más nítida–, ¿crees que no me preguntaba cuántas se irían a estrellar contra la decepción? ¿O si habrán tenido la educación adecuada en esta era de transformaciones?

Ya me puse dramático. Quizá solo busco la excusa para darte el consejo del día. Cuando visito colegios y me preguntan qué se requiere para ser un profesional exitoso, les explico por qué “éxito” es una palabra peligrosa. Por qué deben leer. Apreciar arte. Cruzar disciplinas. Pero, como base de todo, les pido ser personas buenas. Parece un consejo bobo, Ale, pero es difícil de poner en práctica. Te reto a mantenerte apartada de la cadena de los chismes. A no juzgar jamás a un compañero por más noticias que te lleguen de él. A ser generosa y compartir los aprendizajes que vas obteniendo. A alegrarte por el ascenso que le dieron a otro. A ser solidaria cuando alguien esté en aprietos. A ser compasiva con quienes pasan un mal momento. A tener una actitud amable por más que tu interlocutor parezca un imbécil. A todo eso me refiero.

Somos animales tremendamente sociales y siempre elegiremos trabajar con quien nos haga sentir bien: cien diplomas nunca logran lo que una sonrisa comprensiva.

Ya que hablé de diplomas: he colgado en Facebook una foto de nosotros tras la ceremonia. ¡Qué radiante sales! La comparo con esa que nos tomaron hace décadas, cuando acabaste el nido, donde sales llorosita. Y algo en lo profundo me susurra que lo harás bien, mi amor.

Lo harás bien.

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