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"Chicos robot", por Carlos Galdós 

Un experimento social en un salón de clases sin tecnología por 45 minutos

"Chicos robot", por Carlos Galdós

"Chicos robot", por Carlos Galdós. (Ilustración: José Carlos Chihuán Trevejo)

"Chicos robot", por Carlos Galdós. (Ilustración: José Carlos Chihuán Trevejo)

"Chicos robot", por Carlos Galdós. (Ilustración: José Carlos Chihuán Trevejo)

Cada cierto tiempo algún que otro colegio me invita a dar una charla a sus alumnos sobre mi trabajo. El motivo para elegirme, según quienes me invitan, es que soy un personaje “exitoso”. Y cuando esa palabrita sale a flote es donde para mí comienzan los problemas. Me consideran “exitoso” porque tengo cuatro trabajos. Porque he pasado de una radio de música pop a una informativa. Porque, como me dijo la directora de un colegio, soy “camaleónico”. Porque salgo en la tele haciendo un programa que casi siempre se pasa de la raya o, mejor dicho, porque yo me paso de la raya (eso no es necesariamente ser exitoso, sino faltoso). Porque me conocen como comediante y saben que me gusta meterme con los políticos en mis shows. Y, por último, por lo que vengo escuchando siempre: porque a la gente le gusta cómo escribo en Somos. “Ese es el verdadero Galdós”, me dicen. Y la verdad es que yo soy el mismo siempre.

Por todas esas fachadas laborales es que me invitaron esta semana a un colegio –cuyo nombre no mencionaré– a dar una charla sobre cómo es mi trabajo. Lo primero que me llamó la atención es que en el salón cada alumno tenía una tablet como cuaderno. La pizarra no era con tiza o plumón, sino digitalizada. Cuando me presentaron, no lo hicieron por mi nombre, sino por mis direcciones en redes sociales. Yo era @galdosoficial. No estaba frente a alumnos de quinto de media, sino frente a robots: chicos automatizados que se pararon como un resorte a saludar cuando entré al aula. Jamás les escuché la voz ni me enteré de sus nombres porque todas sus preguntas eran hechas desde sus computadoras dirigidas a la pantalla/pizarra. Nunca me miraron a los ojos porque se comunicaban entre sí desde sus tablets y todo ocurría desde esa pantalla.

Cuando caí en la cuenta de que estaba frente a unos autómatas, atiné a preguntarles por qué me habían elegido a mí para la charla, ya que según su tutor “los chicos mismos te pidieron en una encuesta”. Las respuestas me sorprendieron y desalentaron: porque chambeas en todos lados, porque tienes más de dos millones de seguidores en tus redes sociales, porque posteas cosas divertidas, porque mis viejos te odian.  

Empezamos con la charla. “¿Quieren saber cómo hago para lograr todo lo que ustedes alucinan como éxito? No les voy a hablar de seguir sus sueños, tampoco les diré cómo alcanzar las metas, mucho menos me importa qué piensen. Si estudié o no, si fui pobre y sufrí, o qué tipo de alumno fui en la universidad. Las palabras perseverancia o metas tampoco las aplicaré en esta reunión, porque eso es para humanos y ustedes son unos robots. Lo que hoy voy a hacer será práctica pura. Apaguen sus tablets, apaguen sus celulares. Profesor, por favor, usted también apague su pizarra-pantalla, su computadora. Ahora mírenme a los ojos. No se preocupen si alguien es gay y por su mirada me doy cuenta de que le gusto. No lo voy a delatar, me voy a sentir más bien halagado”. Ahí se rieron; rompimos el hielo con un chiste tonto y el ejercicio fue mirarnos durante un buen rato. Se sentían raros, incómodos en un primer momento. Luego les pedí que se miraran entre ellos y que conversaran. Les propuse un pacto: “¿Qué les parece si yo hago que el profesor se quite del salón por media hora y ustedes se ponen a conversar?” Estallaron en risas nuevamente y me dijeron al unísono que sí. “El único pedido que les hago es que no enciendan sus celulares ni tablets”. No sé por qué, pero me hicieron caso. 

Cuarenta y cinco minutos después, entré al salón y encontré a 20 humanos riéndose, que no dejaban de conversar. Solo les hice una pregunta: “¿Hace cuánto tiempo no hablaban sin tecnología al lado? ¿Qué sintieron? ¿Les gustó el experimento?” Y llegó la respuesta que esperaba: “Me he enterado de hartas cosas de mi brother que no sabía”. ¡Muy bien, chicos! Esa es la clave de mi trabajo: la empatía. Busquen más en la gente y menos en las redes sociales, mírense más a los ojos, conversen cara a cara, desarrollen su inteligencia emocional y listo. Todo lo demás lo pueden googlear.

Esta columna fue publicada el 05 de julio del 2017 en la revista Somos.

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