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El conmovedor registro de quienes fuimos, por Lorena Salmón

"Buscando en casa cosas perdidas, encontramos una computadora que guarda tesoros: fotos y videos familiares del pasado que habíamos dejado en el olvido y que lo fortuito –encontrar la máquina sin esperarla– nos ha permitido rescatar". La columna de Lorena Salmón

Lorena Salmón

El conmovedor registro de quienes fuimos, por Lorena Salmón. ILUSTRACIÓN: Nadia Santos.

Buscando en casa cosas perdidas, encontramos una computadora que guarda tesoros: fotos y videos familiares del pasado que habíamos dejado en el olvido y que lo fortuito –encontrar la máquina sin esperarla– nos ha permitido rescatar. Hay tanto material que hemos inaugurado nueva dinámica: todos nos reunimos en mi cama para ver durante un largo rato cómo éramos antes, entre sorpresas, risas y lágrimas nostálgicas.

Es un ejercicio familiar maravilloso.

Tanto ha cambiado: mi casa no tenía mucho y mis muebles eran improvisados (tápers de mesa de noche, por ejemplo). Las paredes estaban vacías y limpias de huellas del paso de la vida; no había gatos ni perro, mis hijos eran bebés y mi esposo tenía dreads.

No había tecnología de celulares inteligentes invadiendo las dinámicas familiares. En la mayoría de videos bailamos o saltamos en la cama. Rectifico: bailaban. Yo siempre estoy a un lado con la computadora trabajando y mi marido al otro lado del lente, grabando.
Grabó tanto, y felizmente no me hizo caso; en muchos videos se escucha mi quejona voz diciéndole: “¡Javi! No te tires toda la batería de la cámara y deja espacios para fotos”.

Una pesada.

Esos videos no solo me demuestran la importancia de registrar la vida, sino también cuán felices éramos antes. No es que no sigamos siéndolo, pero la música no faltaba en casa y menos las risas y ocurrencias.

Horacio era tremendo bailarín y desenvuelto y tierno, y Antonia, pura carcajada. En muchas ocasiones, demostraba su don de mando y castigaba implacablemente a sus muñecas cuando se portaban mal. De hecho, Horacio jugaba con Antonia a las muñecas; no había prejuicios ni hormonas alborotadas que provocaran humores raros y necesidad de privacidad.

Javi y yo éramos obviamente más jóvenes, con la atención enfocada en otros sueños.

Yo era esa blogger de moda que tenía obsesivamente que publicar algo a primera hora del día; si no, se volvía loca, y estaba 24 horas pegada a la pantalla, inclusive los fines de semana. Pensaba qué ponerme todos los días –qué flojera– y andaba comprando compulsivamente cosas que no necesitaba (inclusive cosas que jamás usé y se quedaron hasta con la etiqueta). Javi, bueno, él siempre la ha tenido clara, enfocado en la eventualidad de trabajar para sí mismo, sueño que después de mucho sudor y corazón ha podido orgullosamente cumplir en la actualidad.

Me veo en el pasado y recuerdo perfectamente esa versión mía. Finalmente, no está tan lejos (mi faceta de mi modelo wannabe duró del 2008 al 2015). ¿Cuánto de ella queda en mí? Me hago la misma pregunta por cada miembro de mi familia: ¿qué tanto han cambiado?
Antonia repite constantemente que le encantaría volver a esa época, pero solo hay un Benjamin Button.

El cambio es inevitable y parte intrínseca del contrato que firmamos cuando venimos aquí: las reglas del juego dicen que el tiempo pasa. Las experiencias quedan guardadas, se instalan, forman y forjan lo que somos hoy.

NO hay otra, hijita mía.

La buena noticia es que a mí me gusta quién soy y la familia que he formado, con cada uno de los cambios que nos golpean, abrazan y dan forma.

Porque todo siempre está en constante movimiento. Así que si sabemos que la resistencia nos trae sufrimiento, solo nos queda fluir.
Aceptar el cambio sin expectativa alguna.

P.D.: Por lo pronto, es hermoso y conmovedor el registro de quienes fuimos, hace tanto y en realidad tan poco.

Guarden sus recuerdos. //

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