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El problema somos nosotros, por Carlos Galdós

La solución también, si queremos un país mejor

El problema somos nosotros, por Carlos Galdós

El problema somos nosotros, por Carlos Galdós. (Ilustración: Nadia Santos)

Hoy es 28 de julio, ya son Fiestas Patrias, y con mucha pena después del placebo que significó el Mundial para nosotros, me doy cuenta de que hemos vuelto a la cruda y brutal realidad. Los peruanos no somos los que fuimos en la Copa del Mundo; no nos engañemos, no podemos serlo todavía. Por más ganas que tengamos no nos alcanza y es que, como el analgésico, el efecto unión, solidaridad, espíritu de cuerpo, solo duró hasta el partido con Australia. No pudimos sostener todos los valores que mágicamente encontramos en la selección peruana de fútbol. Y claro, como en todo enamoramiento después del flechazo inicial, si las bases de la relación no son sólidas, el amor se diluye porque no basta con cartitas, flores y poemas. Se necesita de algo mucho más resistente para cargarlo y ese algo todavía no ha sido descubierto por nuestra sociedad. 

Con tres hijos encima me siento en la responsabilidad de dejarles algo diametralmente opuesto a la realidad que tenemos hoy. Y esta tal vez sea una confesión que seguro me va a jugar en contra, pero soy honesto: este no es el país que quiero para mis hijos. El Perú me da miedo, me avergüenza y soy parte de este fracaso. Les pregunté a los oyentes de mi programa radial: ¿qué estás haciendo para mejorar el Perú? Y las respuestas me sorprendieron, porque delatan que nadie quiere hacerse cargo del muerto. Todos son responsables menos nosotros. Los políticos, la crisis, los maestros, la Iglesia, hasta de valores me hablaron, pero ellos, nosotros, nada. Cero autocrítica. Terrible realidad porque el punto de inflexión se da siempre desde la responsabilidad asumida y nosotros seguimos buscando culpables sin asumir culpa. 

Todo parte de la casa, de la familia, nos guste o no. Si en estos momentos estamos ahogándonos en un océano de corrupción, es porque estamos fallando como familia. No les estamos enseñando a nuestros hijos a ser empáticos, a ponernos en los zapatos de los demás. Al contrario, cultivamos la ‘viveza criolla’ como un valor, el ‘primero yo y los demás que se jodan’ como principio de vida. Somos aprovechados. Y es que la corrupción no es un tema único y exclusivamente del Estado. También hay corrupción familiar y esa es la que luego hace un upgrade hacia la comunidad. En ese momento es que todo se pudre.  

La mentira ‘piadosa’, la robadita de cable al vecino, el ‘no me dé factura, recibito nomás, pero hágame una rebajita’, la zampadita en cualquier cola, el maltrato a las personas que trabajan en nuestras casas. El racismo encubierto en la choleadera a diestra y siniestra, la metida de carro a la mala, el maltrato a la autoridad desde el ‘tú no sabes quién soy yo’. Todo eso y más es lo que nuestros hijos ven a diario. Esas son gotitas de corrupción dosificadas a lo largo de su crecimiento y, obviamente, tomadas como normales debido a su constante repetición. Entonces, cuando hablemos de corrupción, mejor comencemos a mirarnos a nosotros mismos, porque no se trata de un ADN, sino de algo que estamos inculcando día a día, generación tras generación. Así las cosas al día de hoy, no me dan ganas de decir ‘feliz 28’. Poco sentido tienen la escarapela en el pecho, la bandera en mi casa.  

Otro grave error que estamos cometiendo es no contarles a los hijos nuestra historia. Nadie es dueño de lo que no sabe. Y no se trata de sentarse a leer a Jorge Basadre o a Gustavo Pons Muzzo (lo cual no caería nada mal). Con que solamente les contemos lo que nos comimos con el terrorismo, con que hablemos de lo vivido con los militares, con Belaunde, García, Fujimori, Toledo, con eso bastaría y sobraría para generar aunque sea un poco de conciencia y opinión. Contemos lo que vivimos desde nuestra perspectiva; qué importa si eres objetivo o no, finalmente será un punto de vista y ellos descubrirán el suyo.Si seguimos criando desde el silencio, como hasta hoy, jamás construiremos patria. 

Esta columna fue publicada el 28 de julio del 2018 en la edición impresa de la revista Somos.

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