Por Carlos Batalla

Desde mayo de 1961 se venía trasladando a los internos de la Penitenciaría Central de Lima a otros penales del país. La demolición fue un proceso lento, que duró varios años. Empezaron con los torreones de vigilancia y la parte final serían los altos muros exteriores. Entonces, las autoridades penitenciarias se encontraron con un problema: en una esquina, una parte del muro estaba ilustrado con un dibujo de Cristo momentos antes de la Crucifixión. Nadie quiso tocarlo, pero debía ser llevado de allí. La gente empezó a rendirle devoto culto, pero el que acabó con la admiración al mural fue el menos pensado: se trató del propio autor, un muralista y ex recluso, quien, desde Iquitos, fue el primero en menospreciar su propia obra por razones estrictamente artísticas.

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