Oriente MedioDesde mayo de 1961 se venía trasladando a los internos de la Penitenciaría Central de Lima a otros penales del país. La demolición fue un proceso lento, que duró varios años. Empezaron con los torreones de vigilancia y la parte final serían los altos muros exteriores. Entonces, las autoridades penitenciarias se encontraron con un problema: en una esquina, una parte del muro estaba ilustrado con un dibujo de Cristo momentos antes de la Crucifixión. Nadie quiso tocarlo, pero debía ser llevado de allí. La gente empezó a rendirle devoto culto, pero el que acabó con la admiración al mural fue el menos pensado: se trató del propio autor, un muralista y ex recluso, quien, desde Iquitos, fue el primero en menospreciar su propia obra por razones estrictamente artísticas.
El presidente Fernando Belaunde Terry llevó adelante la demolición del oscuro e inmenso inmueble que se ubicaba frente al Palacio de Justicia, en donde hoy está el Hotel Sheraton y el centro comercial Real Plaza Centro Cívico.
Eran mediados de 1964 y el derrumbe controlado avanzaba cuando surgió -desde la esquina de un muro- la venerable imagen que representaba a un Cristo en el monte Calvario. El mural causó honda impresión en la opinión pública, pues se le veía indefensa ante los golpes brutales de los tractores. La pintura fue titulada de varias maneras, una de las primeras formas fue como el “Cristo antes de la Crucifixión”.
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En el trabajo del “artista anónimo” (hasta ese momento), se destacaba la figura de Jesús caminando a las afueras de los muros de Jerusalén. La esquina con esa imagen fue un lugar de “peregrinación”, el último dentro de la vieja Penitenciaría de Lima, y en el que terminaron arrodillados y llorosos miles de internos en algún momento de su paso por esos fríos muros.
Lo que se sabía del mural del Cristo era que no se trataba de un dibujo antiguo, ni siquiera de comienzos del siglo XX; quizás tendría entre diez a cinco años, no más. El pedido general al gobierno de Belaunde era que el mural no fuera destruido. Tras algunas gestiones, decidieron llevarlo a otro penal.

La buena noticia la dio el subdirector de Establecimientos Penales, Jorge Morales Arnao, quien declaró a El Comercio: “La Dirección de Establecimientos Penales, atendiendo razones de orden religiosa y tradicional, va a hacer las gestiones (término de protocolo) para que no se destruya el mural del Cristo antes de la Crucifixión y sea trasladado a un establecimiento penitenciario nuestro”.
El 14 de junio de 1964, el titular del diario decano decía: “Conservarán el Cristo pintado en muro de la antigua Penitenciaría”. Fue trasladado, casi se diría llevado en procesión, hasta su nueva “casa”: ‘El Sexto’.
En fondo, las razones del salvataje muralista fueron más técnicas e institucionales que religiosas o artísticas. Los funcionarios tenían en claro que la población penal era muy creyente y devota de las imágenes sagradas, y esta imagen del ‘Panóptico’ era especial por haber sido salvada de la destrucción. Los internos se reconocían a su modo en esa figura de Cristo. Mantener el mural remarcaba: “El sentimiento religioso que dignifica y eleva el espíritu de los reclusos para su obra de readaptación”.
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En ‘El Sexto’, por esos días de junio de 1964, los reclusos celebraban el aniversario de la entronización de la Virgen de Fátima, y el ambiente era el ideal para llegada del “Cristo del Panóptico”, como también lo llamaron. Ese mismo domingo 14 de junio de 1964, la imagen atrajo las miradas de los cientos de visitantes, casi todos familiares de los presos que oraban y dejaban flores.
EL CRISTO DE LA CÁRCEL: APARICIÓN DEL AUTOR DEL MURAL Y LO QUE DIJO DE SU OBRA
La búsqueda del recluso o ex recluso que había dibujado y pintado el Cristo en el mural del demolido establecimiento penitenciario, se convirtió en una obsesión en las redacciones de Lima. Desde el lunes 15 de junio de 1964 la misión era encontrarlo. Lo primero que se descartó era que el artista aún andaba preso. No, ya era un hombre libre.

Hasta que el diario decano lo localizó en el oriente peruano, el 1 de julio de ese mismo año. Y allí mandaron a dos periodistas: Carlos Ortega y J. Martínez. El autor del ya aceptado nombre de “Cristo de la Cárcel” se llamaba Rubén Darío Muñiz Calvo.
Sus dos nombres eran iguales a los del famoso poeta nicaragüense Rubén Darío, creador del movimiento modernista hispanoamericano, en el siglo XIX. Aquello podía dar a entender que se trataba de un sujeto con cierta cultura, así pensaron los reporteros del diario.
Muñiz concedió una corta, pero sustanciosa entrevista exclusiva a los periodistas del Decano. Allí, para sorpresa de los reporteros, el autor del mural señaló enfáticamente que su obra no tenía ningún “valor artístico”, y que tampoco había surgido “de ningún milagro”. El personaje parecía ser una decepción, pero no lo fue tanto. Por su relato de vida se evidenciaba alguien con mucha experiencia vital encima.
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El pintor era de origen cusqueño, y contó a El Comercio que su estadía en esa cárcel de Lima había sido breve, y se debió a un error, a un mal paso en su vida. Solo estuvo entre rejas “tres meses” y eso había ocurrido hacía varios años, en la década pasada, es decir, en los años 50. Su reformó y en Iquitos se ganaba la vida desde comienzos de 1962 como “radiotécnico”, prestando servicios nada menos que en la Guardia Civil de esa ciudad.
Los periodistas quedaron sorprendidos de la seguridad con la que Muñiz criticaba su mural religioso en el penal de Lima. Pero cuando este les contó qué hacía, además de trabajar con la Guardia Civil, entendieron un poco más: Muñiz estudiaba entonces el segundo año de Pintura en la Escuela de Bellas Artes de Iquitos.

Se le pidió su opinión sobre los comentarios positivos a su obra mural, tan famosa en esos días, y el sujeto parecía sincero al decir que le había causado mucha extrañeza que “gente especializada y docta en materia artística haya podido elogiar una obra que no reviste ninguna calidad”, sentenció. (EC, 02/07/1964)
Rubén Darío Muñiz Calvo había trabajado en Lima como “dibujante publicitario”; tenía 34 años, y a esa edad decidió olvidar su breve paso por la cárcel, y recomenzar su vida lejos de la capital, en una ciudad cálida, de gente alegre y entusiasta como Iquitos, en la selva peruana. Luego quiso darle sentido a su deseo de pintar y por eso ingresó, en 1963, a la escuela de Bellas Artes. Allí aprendió durante esos dos años lo suficiente para darse cuenta de que el susodicho mural del Cristo “no tenía el menor concepto de la técnica”.
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Pero, ¿cuál fue su intención al hacer un mural como ese?, le preguntaron los del diario decano. “Pinté ese Cristo a punto de ser crucificado para rendir un personal homenaje a Dios, pero incluso en ese sentido, nunca pensé darle un carácter trascendente”, afirmó. (EC, 02/07/1964)
Muñiz minimizó su obra: “Ese cuadro lo hice con pintura de agua, sin ningún cuidado, prácticamente como un pasatiempo”. Entonces él estaba más seguro de su técnica, y su esfuerzo de dos años como estudiante fue recompensado al ser considerado “el mejor alumno de su año”, como indicó uno de sus profesores.
El pintor del “Cristo de la Cárcel” se casó el mismo año en que había ingresado a la escuela de arte, es decir, en 1963. Estaba en paz con su nueva vida. Cuando le interrogaron sobre qué sueño le faltaba cumplir, Muñiz dijo que su deseo más añorado era el apoyo de una beca o lo que fuera, y poder ir al extranjero, y allí seguir sus estudios de pintura.

Por eso mismo, señaló, no buscaba vivir en medio del escándalo o de una falsa notoriedad. Y reiteró su opinión negativa ante el mural, desde el punto de vista de la técnica artística que, al parecer, era lo que más le importaba en ese momento.
“Es una obra tan mala y se ha hecho tan notable que podría traerme problemas si lograra hacerme de un nombre en el futuro”, dijo, algo preocupado. La entrevista se desarrolló en su taller, y allí, mostrando sus trabajos más avanzados, se le preguntó sobre cuál debía ser el destino de su antiguo mural.
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¿Debía ser conservado o destruido?, le interrogó la gente de El Comercio. El estudiante de Bellas Artes de Iquitos fue muy directo y sincero: “Eso es cuestión de las autoridades. Realmente no veo por qué deba conservarse una cosa que no tiene ningún valor artístico ni religioso. Si lo quieren hacer, allá ellos, pero creo que si eso va a costar dinero, o va a impedir el progreso, no debe dudarse un momento en destruirlo”, puntualizó desde Iquitos. (EC, 02/07/1964)
Muñiz Calvo era un admirador de los grandes maestros de todos los tiempos del Perú y el mundo. Su dios era el italiano Leonardo da Vinci, su héroe el mexicano Diego Rivera, y su maestro, el peruano Ignacio Merino. Además, él solo estaba en el segundo año de Bellas Artes (no había estudiado aún la pintura abstracta), pero eso le bastaba para saber que Picasso “era uno de los genios más grandes del arte universal”.
Contó a los reporteros de El Comercio que en breve iría a Lima, sin duda no para defender su mural sino para buscar apoyo a su carrera artística. En tanto por el momento y algunos años más, la noticia de su mural religioso lo había convertido -eso sí- en el personaje más popular de Iquitos.
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