“Junté y categoricé a los seres mágicos del Perú”
Javier Zapata
Escritor
Tengo 42 años, me formé en el colegio Isabel Flores de Oliva y estudié Ingeniería Mecánica en la PUCP, pero tras publicar siete libros me siento más escritor que ingeniero. Soy director en la editorial Malabares, donde empezamos haciendo juegos y apps.
Por: Renzo Giner Vásquez (@SebGiner)
Enanos, duendes, fantasmas o condenados. En total, Javier Zapata ha identificado y clasificado a más de 50 seres mágicos extraídos de leyendas y mitos del Perú. “Pero hay más. Lo que pasa es que también están los objetos y lugares mágicos; si le añadimos eso, hay cerca de 80 elementos mágicos”, nos explica.
—¿Cómo inició esta búsqueda de seres místicos?
Recuerdo que de niño organizábamos una especie de campamento con mi amigo en su casa de playa, y su papá nos contaba historias y mitos. Siempre tenía una historia más por contar. Ahí nació mi interés. Luego el trabajo me llevó a pueblos de Huancavelica, San Martín, Ayacucho, La Libertad, Piura. Y te aseguro que adonde vayas, una de las primeras cosas que puedes conversar con la gente es sobre sus leyendas y tradiciones. Todo eso hacía que cada vez me dieran más ganas de hacer algo. El inconveniente era que mis viajes eran muy cortos y no podía hablar con todos los que sabían esas historias, sobre todo los más ancianos de esos pueblos. Así que tomé esas historias como indicio y empecé a consultar fuentes especializadas –más de 54 libros– y a contrastar todo.
—Un gran cambio pasar de ingeniero a escritor…
Últimamente ya estoy empezando a pensar que soy escritor. Como muchos adolescentes, escribía cuentos y cosas así, pero nunca pasó a mayores. Trabajé diez años en el Centro de Emprendedores de la PUCP, me dedicaba a formar emprendedores, hasta que un día me dijeron: “Si tú formas emprendedores, ¿por qué no emprendes tu propio proyecto?”. Fue el primer empuje. El primer libro [“Seres mágicos del Perú”, 2010] nació porque tenía ganas de leer un libro así, pero no lo encontraba. Ahora que recuerdo, todo esto comenzó cuando salí del cine, había visto “El señor de los anillos” y me pareció muy bonito. ¡Qué envidia me daba que no existiera algo así acá!… Bueno, sí existía. Hay toneladas de información sobre estas criaturas mágicas, solo que estaba dispersa y escrita por y para especialistas, como sociólogos.
“Las leyendas de los antiguos peruanos muestran una relación más cercana con estos seres mágicos”.
—¿Qué fue lo más difícil al hacer ese primer libro?
Darme con la gran pregunta: ¿qué hago escribiendo un libro si soy ingeniero? [risas]. Al final utilicé mi carrera para hacer una clasificación, un ordenamiento, y eso es lo que pretende mi libro: juntar y categorizar a todos estos seres mágicos.
—¿Y qué categorías hay?
Revisé qué categorizaciones había en otras partes del mundo. Descubrí que están los enanos, muy relacionados al elemento tierra; los duendes, con un origen más oscuro; los elfos, ligados al bosque y la naturaleza; y los fantasmas. En el Perú no encontré nada parecido a los elfos, pero sí enanos como el muki y cuya descripción es muy similar a la de los enanos europeos. Además, tenemos a los duendes, que es lo que más hay; fantasmas y condenados. Muchos de estos personajes llegan con la influencia de los españoles y respecto a eso también hay algo curioso…
—¿Qué?
Las leyendas de los antiguos peruanos muestran una relación más cercana con estos seres porque usaban elementos como el oro para ofrendas, no por codicia. Esa visión cambió y las historias también. Ahora estos seres son vistos como malos.
—Cuéntenos alguna de esas historias…
Una muy conocida es la del Chullachaqui, una especie de duende que aparece en la Amazonía y al que siempre le falta un pie, que ha sido reemplazado por la pata de un puma o una cabra, o tiene el pie izquierdo torcido hacia atrás. Este personaje se transforma en cualquier persona que conozcas. Si estás caminando por la selva te puede confundir, te comienza a llamar y lo sigues, pero nunca lo alcanzas. Lo que quiere conseguir es que te pierdas. Los que han podido ser rescatados cuentan que los llevó por un hermoso camino y es mentira, fue por espinas, es parte del encantamiento. Estas personas rescatadas deben ir luego al curandero del pueblo porque les cuesta volver a hablar, por ejemplo. Para mí, el Chullachaqui es la representación de la naturaleza que se defiende del ser humano. Hay un par de duendes por ahí a los que podríamos considerar ecológicos.
“En la Amazonía puede haber un pueblo de menos de 2 mil habitantes con una mitología propia”.
—¿Cuál fue la criatura sobre la que menos información había?
Algunos libros hablan de las tribus de la Amazonía, por ejemplo de los piros. Ahí aparecen personajes como el Kientibakori, representación del demonio. Algo interesante de la Amazonía es que puede haber un pueblo de menos de 2 mil habitantes, pero con una mitología propia que nada tiene que ver con los pueblos que lo rodean. Este Kientibakori era el creador de todo lo malo: los insectos venenosos, las serpientes, los alacranes, las plantas con espinas.
—Con tantos personajes es evidente por qué no te alcanzó un solo libro…
Claro [risas]. Cuando terminé el primero me sentí satisfecho, pero sabía que había más. La gente lo leía y me decía: “Uy, pero este no está”. Muchos tenían una historia, algo que les había pasado y que habían relacionado con situaciones místicas. Justo estaba investigando más sobre el tema del ‘crowdsour-cing’ [colaboración abierta al público], así que invité a la gente a que me enviara sus historias para incluirlas en un libro [“Nuevos relatos mágicos”, 2016]. Ahora estamos editando la quinta edición, imagínate…
—¿Qué filtros tienen para esas historias?
Es principalmente intuitivo. Si la historia parece demasiado fantasiosa, no va. Si nos parece real, hacemos una llamada y pedimos más información sobre los hechos. Cuando pides detalles, las mentiras se descubren. Hemos recibido hasta historias de Slenderman o Chupacabras, esas ni las revisamos [risas]. Por lo general, las cosas que la gente nos envía no tienen nombre, son sombras o elementos encantados. La idea es que estos no son cuentos, sino testimonios.

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