Los días en Liverpool

Vivo en Liverpool, donde también vive el fútbol en las calles, en los pubs y en todas las casas. Es un lugar extraño, algo así como un pueblo grande con ansias de ciudad chica. Aquí, la gente, los abuelos, las niñas, los bebés y hasta killer -el típico perro pitbull de cada esquina- se viste de rojo.
Yo nunca fui fanática del fútbol (ni de la U ni de Alianza ni de nadie) y la sola idea de ver un partido en mis años sanmarquinos me producía siempre unas ganas incontrolables de bostezar.
Aquí, sin mucho que hacer y sin prácticamente nada de qué preocuparse, llámese sueldo, futuro o salud, el pueblo (el que nace en Liverpool y nunca pone un pie en otra ciudad a menos que sea para ir a ver un partido) vive tanto el fútbol como el jugador que gana 200 mil libras al mes.
Han de entender que aun sin ganar esto es una fiesta nacional. Es, para poner un ejemplo, como si el Callao creciese enorme, moviendo las plumas e inflando la molleja de orgullo. La última vez que salía con unos amigos de un simposio de la universidad con ganas de remojarnos la garganta, nos vimos rodeados de gente. Todos iban como ratas en Hamelin, encantados hacia el centro de la ciudad para festejar al finalista de la Champions League.
Hermanados en un sentido de euforia, scausers (liverpulianos) y estudiantes extranjeros (que secretamente se juran guerra eterna) nos abrazábamos en la calle, compartíamos cervezas, bailábamos, coreábamos, nos subíamos a monumentos públicos.
Hoy nuevamente la final de la UEFA marca una piedra importante en mi vida, estoy escribiendo la eterna tesis que no termina de salirme de los dedos, y estoy a punto de voltear la hoja. Y que aquí no haya ni una referencia de mi calidad de peruana, no significa que me he agringado, que me he ensopado de la gloria de otro país, de la economía de mercado que deja detrás al que no le cuaja la producción en masa, que he jurado mi lealtad a Isabel y a su reino.
No. Hoy soy más peruana que cuando me fui hace más de cuatro años, hoy siento la voz del zambo Cavero más que nunca como una punta caliente que dejó de ser canción para ser verdad. Es solo que a veces hay que ser valientes -o cobardes, como lo quieran ver- y hay que ponerse los zapatos del adulto, esos que siempre nos quedan grandes.
Por ahora seguiré siendo una red prestada, robando un poco el orgullo de los “scausers”, y disfrutaré con los amigos sentada en algún pub la fecha más importante del calendario ingles.
Hasta pronto y si tengo suerte, nos estamos viendo.
Ursula
Liverpool, Inglaterra

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