Cuando calienta el sol aquí en la playa

Vivo desde hace 6 años en Santo Domingo, capital de la República Dominicana. Estoy en medio de ese Caribe tan promocionado por las agencias de viaje, especialmente para fines de semana largos, vacaciones, lunas de miel y demás. Vine por 12 meses y sin darme ya llevo más de un lustro por estos lares. Obviamente, en ese lapso de tiempo, tanto las anécdotas como las nostalgias se acumulan y dan mucho para escribir.Por ejemplo, a raíz de la visita de una amiga que venía de Lima, la última semana del mes de abril me tomé unos días de vacaciones en un resort de Punta Cana. En honor a la verdad, buena falta me hacía, porque mi tanque de gasolina ya andaba en reserva y pidiendo descanso a gritos.
El viaje a Punta Cana puede resultar muy novedoso tanto para los que viven acá como para los turistas. Para comenzar, es bueno desmitificar esa idea de que aquí uno sale del trabajo y se tira con bermudas y sandalias a tomar sol en la playa. Santo Domingo está a 4 horas en auto de Bávaro y Punta Cana, aunque si lo que uno quiere es aprovechar el tiempo para desintoxicarse de la rutina, hay opciones más cercanas y no por ello menos bonitas. Por ejemplo, una de mis playas favoritas es Bayahibe (a dos horas de la capital) y altamente recomendable en materia de precios y belleza natural.
Punta Cana hace honor a toda la fama que se le hace en las agencias turísticas, ya sea con un día un poco nublado, con vientos que despeinan las palmeras, con los inevitables aguaceros caribeños o con un sol esplendoroso en medio de un cielo rabiosamente celeste.
El sitio es ideal para descansar, disfrutar al máximo y olvidarse del estrés de la ciudad. Y ahora cuenta además con atractivos como un centro comercial que no tiene nada que envidiarle a ningún otro, y en el que incluso se inaugurará en breve un Hard Rock Punta Cana. Los turistas –felices, agradecidos y cámara en mano- no dejan de tomarle fotos hasta al coco que cuelga de la palmera y eso hace que me pregunte: ¿Será que ellos no son los exóticos, sino que en realidad soy yo el que tiene poca inquietud turística para tomarle fotos a todo lo que se mueve?.
Nadando en las cristalinas aguas del Mar Caribe o despanzurrado en la piscina del resort haciendo de hacer nada todo un oficio, uno tiene tiempo hasta de pensar en la particularidad de esos breves momentos de felicidad y descanso.

Pero como todo tiene su final y nada dura para siempre, cuando uno menos lo espera es tiempo de volver a la civilización. Sin embargo, hay todavía tiempo de mostrarle a mi amiga algunos de los atractivos de la ciudad, como el Alcázar de Colón, la Calle del Conde, el Museo de las Casas Reales o la Catedral. Me imagino que lo que sentí debe ocurrirle a muchos de los peruanos que viven en el exterior: terminamos siendo guías turísticos de nuestros visitantes en un país que no es el nuestro.
Ya para terminar quiero comentarles que toda visita siempre tiene sus bonificaciones, y cortesía del recién llegado uno puede recargar sus provisiones de sobres de chicha, mazamorra, botellas de pisco y demás productos made in Perú que no se encuentran así nomás fuera del país, por lo que hay que racionalizarlos hasta que alguien más se anime a venir o hasta que uno vuelva a la querida Lima.
Pedro Ramírez P.
Santo Domingo – República Dominicana
Mayo del 2007

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