El graduado

El mes de mayo es uno de los más esperados en Estados Unidos. No solo por las madres y su día, sino por todo el universo de estudiantes que asisten a colegios y universidades de todo el país. Mayo es el mes en que terminan las clases, y en el caso de las universidades, se realizan las ceremonias de graduación y yo, un peruano como tú, me gradué la semana pasada.
Hasta el pasado mes de diciembre viví en Philadelphia, Pennsylvania, donde además de trabajar seguía la maestría en Estudios Ambientales en la Universidad de Pennsylvania. Tuve el honor de asistir a una de las universidades más prestigiosas del país, una de las ocho que forman la Ivy League; y ahora tengo el orgullo de ser su ex alumno.
La universidad, fundada por Benjamín Franklin en 1740, tiene entre sus egresados una larga cantidad de hombres de ciencia, políticos, intelectuales y ex-jefes de Estado de varios países del mundo. Gracias a la Escuela de Negocios de Wharton, la lista aumenta en CEOs y CFOs de compañías top a nivel mundial, como Trump Organization, Hershey’s, Tiffany’s, Banco Santander Central Hispano, KPMG y un largo etcétera.
Por ser una de las más antiguas y prestigiosas, es también una de las más conservadoras. La ceremonia de graduación de este año fue la número 251 y aunque con los años, según me han contado, la rigurosidad y la etiqueta han cedido a poses más naturales y espontáneas, la esencia de un acto solemne como este sigue intacto. Ver una de estas ceremonias y más aun ser parte de ella junto con mi esposa, conmueve tremendamente.

La nuestra fue el pasado lunes 14 y empezó con una marcha de ocho cuadras a lo largo del campus. En la avenida principal todo estaba adornado con los colores de la universidad (rojo y azul), amigos y familiares saludaban a los graduados y las promociones antiguas tenían un abanderado (vestido con la toga oficial de la universidad) a los lados de la marcha, moviendo la bandera y saludando el paso de los nuevos graduados. La marcha, liderada por una gaita, atravesó la universidad y sus edificios, de los cuales uno de los mas conocidos debe ser el de la biblioteca de la Facultad de Arte, donde Tom Hanks armó su caso en Philadelphia. Los profesores también formaron parte de los saludos, cada uno usando la toga de su universidad de origen. Pude reconocer togas de Columbia, Harvard, Yale, entre otras; todos aplaudiendo e inclinando la cabeza en reconocimiento a los egresados.
La ceremonia se realizó en el Estadio Franklin (donde se filmaron varias escenas de Unbreakable con Bruce Willis). La entrada fue espectacular. Las tribunas estaban llenas de gente (calculé unas 15 personas) y la canción de fondo hace a uno pensar que está desfilando en las Olimpiadas (también la cantidad de cámaras filmando). La gente grita, aplaude y uno se siente un héroe llegando de una batalla ganada. El invitado de honor fue James Baker III, que fue Secretario de Estado y de Tesoro en anteriores gobiernos (Reagan y Bush), su discurso tuvo un claro sesgo republicano y recibió un honoris causa. Solo hacia el final de la ceremonia empezó a hacer calor y fue cuando se entonó el himno de la universidad (vengan todos leales compañeros/en clase y en el campus/levanten sus corazones y sus voces/por los reales rojo y azul/no pedimos otro emblema/ni otro símbolo para ver/solo pedimos ver y alentar/nuestros colores rojo y azul) y la rectora dio por concluida la ceremonia.
Yo siempre he sostenido que en cualquier circunstancia, la forma es tan importante como el fondo. El hecho de que la universidad dé una ceremonia así alienta a sus egresados, enorgullece a los padres y motiva a los familiares menores a formar parte de ello. Podía haber sido una ceremonia simple sin tanta pomposidad, pero creo que una así se hace necesaria. La universidad sabe lo que cuesta terminar tu carrera ahí y quiere reconocerlo. Pero no solo te palmea la espalda felicitándote, sino que también, implícitamente, pone sobre tus hombros el peso de llevar el nombre de la universidad y te insta a comportarte a su altura, así como dice el lema de la universidad, leges sine moribus vanae (las leyes sin moral son vanas), algo que deberían tener en cuenta muchas de nuestras autoridades peruanas.
Jorge Medrano

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