EL PAJARRACO

Cuando encuentras tu asiento en el avión, colocas la maleta en el portaequipajes y te acomodas en tu lugar, empiezas a darte cuenta que te vas. Entonces te invaden un extraño silencio, unas últimas imágenes y unas últimas lágrimas. Luego, el llegar con tanta emoción a un lugar nuevo hace que todo sea un descubrir constante, un despertar. Hasta que aparecen los primeros días negros y sientes que todo se te viene encima lanzado por la nostalgia. Extrañas todo lo tuyo al descubrir una ciudad en la que todo te es ajeno. Y hay momentos en los que te preguntas: “¿Qué carajo hago en este país?”
Así pasas por días increíbles y por otros terribles. Eso ya lo sabías, te lo habían contado todos los peruanos a los que les preguntaste si extrañaban la comida, las mujeres, la salsa o el fútbol. Pero lo que a mí nunca me advirtieron era que iba a tener días jornadas tan extrañas en que sentiría que la vida de Martín Romaña no era tan exagerada al fin y al cabo.
A los pocos días de llegar a París fui a buscar un lugar para vivir cerca a Champs sur Marne, que es el lugar donde está mi universidad, a 25 minutos en tren. Tenía una cita para ver un cuarto, un estudio como lo llaman acá. Por esto del metro, del trasbordo, de los horarios llegué un poco tarde. “No hay paltas” me dijo la señora, o por lo menos eso entendí. “Yo tengo que ir a recoger a mi hija del colegio. ¿Has ido a ver el río? Esta acá abajo, anda y vuelve en 15 minutos”.
Yo, obediente, hice eso. La calle donde se encontraba la casa se llamaba Rue de Sports y eso ya me hizo sospechar que no sería mi calle. Me senté al lado del río y abrí el mapa. En París los mapas han reemplazado lo que en Lima eran los tissues, ya no me resfrío a cada rato pero ando totalmente perdido.
De la nada un pajarraco se paró en mi mesa y me quiso quitar el mapa. Yo me asusté, claro, pero también me di cuenta que era el primer ser vivo realmente francés que se había acercado a mí espontáneamente. A punto ya de espantarlo escuché unas expresiones de sorpresa y luego vinieron varias personas para tratar de agarrar al pajarraco, que no se dejaba.
Me dijeron que era muy raro que ese pájaro se acerque a los humanos. Pero lo cierto era que el pajarraco era mi nueva mascota parisina, y hasta se ponía en mi brazo -cual halcón- con tal de quitarme el mapa. Le di un pedazo pero el condenado quería todo. Puse el mapa en la mesa para ver qué hacia y el pájaro lo picoteó un par de veces.
Le había hecho hueco a la oficina de turismo. ¡Carajo! Esto es una señal, pensé. Al final el pajarraco me acompañó en mi brazo como una cuadra y luego se fue. El cuarto resultó ser un desastre. Pasé un momento por la oficina de turismo, total, podía ser la señal. La encontré cerrada por lo que me fui para siempre de ese lugar embrujado
Luego de eso decidí dejar de buscar un estudio cerca de la universidad y vivir en París. Ese episodio lo tomé como un mensaje de sabe Dios quién. He escuchado historias de un peruano que perdió su primer examen al quedarse encerrado en el baño de la universidad, o de un colombiano que se encontró cuatro veces con una italiana en el vagón del metro y ahora se encuentran todos los días al despertar. Esos días extraños son inolvidables. Son días en que te preguntas sonriendo “¿Por qué me pasan estas cosas a mí?”.
Por Ernesto Apolaya Canales

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