¡Fiesta latina!

Es bien sabido que los peruanos -como buenos latinoamericanos- bailamos mucho. No hay fiesta si no podemos mover un poco las caderas, una de diversiones favoritas. Pero es cuando estás lejos, en mi caso en Inglaterra por ya tres años, cuando te haces consciente de lo importante que esto ha sido en tu vida.
Los primeros meses, gracias al arsenal de música que llevé, bailaba en la sala de mi nueva casa ante el asombro de algún consternado vecino inglés que me vio alguna vez por la ventana. Con el tiempo hice amigos, y como casi nunca pude convencerlos de ir a aquel lugarcito donde se baila salsa a que hagan el “papelon”, terminé yendo a lugares en los que -como es de esperarse- lo último que ponen es música en español.
Como parte de las reglas de adaptarse a una nueva cultura es aceptar sus estilos y costumbres, traté de hacer mías esas nuevas canciones de moda en las discotecas e intenté cantar –sin mucho éxito- letras que se me hacía difícil entender. Después de un tiempo asimilé la costumbre que dice que dentro de las casas no se baila, a que eso de salir a bailar espontáneamente la danza del vientre con la bailarina de ese restaurante árabe está mal visto a no ser que tengas varios tragos encima, y lo más importante, aprendí que si te invitan a una fiesta no puedes llevar a alguien contigo sin avisar, o sea, nada de organizar fiestas en las que invitas a 20, te aparecen 30 y tal vez a la mitad de ellos no los has visto nunca en tu vida.
Una tarde que invité a mi casa a Clara y a su hermana, un par de amigas mexicanas que estaban de paso en Liverpool, y tras una larga conversación, se nos ocurrió escuchar un poco de música a través de internet. Al encontrarnos con la canción “El costo de la vida” de Juan Luis Guerra, saltamos a bailar en mi sala. Fueron cuatro minutos de una canción que nos permitió cerrar la noche con una sonrisa. En esos minutos recordé muchas cosas: cuando practicaba los pasos de moda frente al espejo para que me sacaran a bailar los chicos churros de los quinceañeros del barrio; los bailes con mi mamá en la sala sólo porque la canción nos invitaba; a mi abuelito y sus audaces pasos norteños, y se me vinieron a la mente también noches inolvidables con primos, amigos, familia, verbenas en la universidad, etc.
Después de tres años entiendo lo importante que ha sido en mi vida la música, y a veces resulta difícil de explicar a gente de otras culturas. Mi enamorado trata de entender y hace el esfuerzo de bailar conmigo, pero todavía lo veo consternado cuando me ve bailando con éxtasis una canción, porque no entiende cuántos sueños, historias, rostros y momentos felices hay detrás.
Estoy convencida que para los latinoamericanos, bailar es una experiencia liberadora, y en mi opinión es una de nuestras riquezas, un producto de quién sabe cuántas circunstancias juntas. Tal vez sea que la música nos ha permitido escapar de momentos difíciles o pensar menos en el poco dinero en el bolsillo, aunque los más críticos dirán que es el “opio del pueblo latinoamericano”. Yo prefiero pensar que es porque somos “una raza encendida, negra, blanca y caína” como dice la canción.
Sin temor a ponerme nostálgica nuevamente, organizaremos con la ayuda de Clara una fiesta latina. El primer año hicimos una y en la universidad hubo buenos comentarios de la “wild party” en casa de las peruanas. Espero que ésta resulte igual de exitosa.
Un abrazo a todos y ¡Viva el Peru!
Claudia Paredes
Liverpool, Reino Unido

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