Haciendo un doctorado en Chile
Lo pensé bastante antes de decidirme a escribir estas líneas. La verdad, aún no me creo que lo estoy haciendo, pero me pareció interesante poder compartir una experiencia tal vez un tanto distinta a la de los que han intervenido en este blog hasta el momento. Yo no salí del Perú para migrar definitivamente a otro país, yo salí por un tiempo definido -tres años- y ya falta poco para regresar a Lima. Menos de un año, felizmente.
Igual que muchos peruanos, provengo de una familia de clase media, que fue creciendo y avanzando por el propio esfuerzo, por la propia dedicación, por el propio trabajo. Soy de los muchos hijos que ven en sus padres un ejemplo de superación a seguir y que continuó con esa línea. En mi caso, me tocó desarrollarme en el ámbito académico. Soy docente en una universidad limeña y ahora a los cuarentaitantos estoy en Santiago de Chile haciendo un doctorado. Superándome. Creciendo.
Por múltiples razones que tienen que ver con mi vida personal y profesional, decidí dar este paso, y debo reconocer que entre esas múltiples razones también estaba aquella desazón, aquel sentimiento de desaliento que comparten la mayoría de peruanos que migran y que recién a la distancia podemos entender con claridad. Cuesta lograr analizar la situación objetivamente, cuesta descargar de culpas a la nacionalidad y reconocer que las oportunidades se buscan o se crean, que no vienen a tocarte la puerta ni las regalan en cualquier esquina. Pienso nuevamente en ello cuando veo uno de los tantos reportajes que acostumbran pasar en la televisión local con el tema de los inmigrantes peruanos, cuando escucho por enésima vez decir a uno de estos inmigrantes “vine a hacer aquí, lo que no pude hacer en mi país”. Discúlpenme, pero no creo que eso sea así.
Es complicado vivir en Chile. Uno debe lidiar cotidianamente y a todo nivel con esta suerte de competencia, recelos, resentimientos que siempre encontré absurdos, sobre todo viniendo de ellos, que al fin y al cabo fueron los vencedores de aquella desdichada guerra. ¿Será que a pesar de haber ganado la guerra saben en el fondo que no pudieron con esta fuerza interior heredada de nuestras raíces, de nuestra cultura, de nuestras tradiciones, que nos distingue y nos da una identidad auténtica y única? ¿Somos conscientes los peruanos de que tenemos el privilegio de poseer esa fuerza interior? Yo creo que no siempre, es más, creo que ese desconocimiento es el origen de la desazón y el desaliento del que hablaba líneas arriba. Sin embargo, sucede que cuando tomamos distancia y nos alejamos de “ese país que nos negó las oportunidades para crecer y surgir” empezamos a reconocer esa fuerza interior, que luego se convierte en el motor que mueve todo nuestro empeño, nuestro esfuerzo, nuestra lucha diaria por salir adelante, y prueba de ello son muchos de los testimonios que hemos leído en este blog.
Pero ese proceso a veces es lento o tal vez sucede que nos hemos endurecido tanto que casi ni podemos distinguir los latidos de nuestro propio corazón, como imagino debe suceder con aquellas personas -algunos inmigrantes peruanos- que en la Plaza de Armas de Santiago, en una Feria Navideña, vendían artesanía peruana con el nombre de Chile estampado, en vez del nombre del Perú. ¡Qué indignación sentí aquél día! Me di cuenta que hay mucha preocupación por exacerbar conflictos que pertenecen a historias ya obsoletas y muy poca preocupación por lo que ocurre con nuestros propios compatriotas, aquellos que optan por renegar de su propia identidad y de su propia cultura y la salen a vender al mejor postor. Algo más sorprendente fue escuchar los comentarios de los amigos y conocidos a los que les conté este hecho, allá en Lima, en una visita corta. La mayoría lo justificaba y decía “pobre gente, lo que tienen que hacer para sobrevivir”. Vaya, parece que hay mucho que trabajar, hay mucho que enseñar, hay mucho que aprender, hay mucho que cuidar…. pero allá en nuestro país.
Se hace necesario que se concentren esfuerzos por revalorar y reencontrarnos con nuestra identidad peruana, que seamos conscientes que por ser peruanos justamente, por haber nacido en el Perú, por haber heredado cultura, tradiciones, habilidades, destrezas, calidad humana, es que ahora podemos ser, buenos artesanos, buenos cocineros, buenos artistas, buenos profesionales, buenos trabajadores, buenas personas. Los peruanos podemos jactarnos de tener la posibilidad de la esperanza, y al pensar en ello, se me viene a la mente la imagen tan frecuente que encontramos cuando recorremos Lima: aquellas casas familiares a medio construir, una primera planta terminada sencillamente, una segunda planta a medio terminar, y siempre esas estructuras de fierro que asoman hacia el cielo y que llaman tanto la atención de los visitantes extranjeros. Me ha tocado, varias veces responder a la pregunta de ¿por qué dejan siempre a la vista esas estructuras metálicas en las casas? Recién ahora creo tener la respuesta: es que simbolizan la esperanza de poder seguir creciendo. Créanme que tener esa esperanza es un privilegio que alimenta esa fuerza interior que compartimos y que tal vez sea la responsable de que me encuentre aquí, a los cuarentaitantos, haciendo un doctorado en Chile.
Patricia Morales Bueno

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