Pensando en regresar

Hace exactamente nueve años dejé de estudiar en la universidad por la misma razón que tienen muchos: “la situación está difícil”. Con mucha suerte pude enrolarme en el escaso mundo laboral, para ser más precisos en el mundo del turismo. Dos años de inglés en el Icpna, lo básico en sistemas y mi cultura general fueron más que suficientes para conseguir un trabajo en una de las mejores agencias de turismo en el Perú A los tres años y después de tantos sueños de crecer, mejorar y hacer una carrera, fui llamado a la oficina de la gerente para ser informado que estaba “out”, choteado, despedido. ¿Motivo? reingeniería de la empresa. Regresé a mi casa, me senté en mi cama y mientras acariciaba con la mirada mis zapatos negros vi entrar a mi vieja a mi cuarto, me arrojé a su regazo y me puse a llorar como un niño, me jodía haber sido despedido y lo peor de todo era que yo era bueno en la chamba, bueno con mis viejos, bueno en lo que hacía, es más, había asumido responsabilidades económicas, ayudaba a mis padres y me había comprado por mérito propio una computadora que nunca pude gozar.
Salí a fumarme un cigarro y me encontré con un amigo, conversamos, le conté lo sucedido y me dijo que lo olvidara y que la situación lejos de mejorar seguiría empeorando. Fue él mismo el que me dio una dirección de una agencia en nuestra capital, viajé a Lima, pasé una entrevista y tramité mi pasaporte. Ellos arreglaron mi visa, solo tuve que comprar el pasaje y en menos de tres meses de espera ya estaba perdido entre la gente y los cuatro pisos del aeropuerto de Miami. A los pocos días tenia puestas dos botas de jebe y una esponja verde en la mano, más de mil platos en la cocina y tres compañeros lavaplatos, todos ellos del lejano oriente: uno filipino y los otros dos indonesios.
Trabajando en esas ciudades flotantes que muchos llaman cruceros conocí más de 20 países y unos 30 puertos, me enamoré del mar y también de una bella ucraniana, descubrí que no era blanco, que los blancos son los gringos y es más, supe por un haitiano que yo tenía un ligero parecido a nuestro presidente de entonces (Alejandro Toledo), pude entonces descubrir que también era cholo y empecé a adquirir una identidad hasta entonces poco conocida. Fue estando lejos de casa que me di cuenta que mi patria sufre de taras y resentimientos sociales casi irreconciliables, que los peruanos sufrimos de complejos y no hemos superado hasta ahora la aberración que se conoce como racismo, aprendí mucho de otras culturas, de otros pueblos y de otras personas, me hice rico con tantas experiencias y así desbordante de mundo y después de nueve meses en altamar y de toneladas de comida refregada de los platos que lave, regresé a casa con regalos e historias de marineros. En el aeropuerto encontré a mi viejita y a mi viejo que me recibían como a un héroe con flores y besos, también encontré a mi hermana casada, pero a quien no encontré más fue a mi perro, ahí me di cuenta que en una breve ausencia muchas cosas pueden cambiar, como también cambiaron mis ganas de seguir viviendo en el Perú.
De regreso al gran barco, me volví un aventurero, un don Juan, y también un bohemio. La soledad me mataba, una botella de whisky, una cajetilla de Marlboro y un CD de Sabina se habían convertido en mis compañeros más fieles y casi cotidianos. Vi de lejos Barcelona, anclé en Mallorca, me perdí en México entre las ruinas de Tulum y vi morir el sol en latitudes polares como en Canadá. Me acompañaron delfines en madrugadas que no pude dormir y pude darme cuenta de que no hay nada más hermoso que la cola de una ballena golpeándose en la superficie del mar. De vez en cuando regresaba a casa, pero solo en sueños, y despertaba del todo cuando esa maquina lavaplatos se jodía y había que fregar la vajilla a mano.
Un día, después de mucho análisis y con mis veintiséis años encima, regresé como un loco al Perú, busque a mi novia de mi época de colegio y la impresioné con mi visa americana y mi profesión de marino. Al mes le propuse matrimonio. Yo sabía que no se iba a resistir, y no lo hizo. ¿Qué le ofrecí? casi nada, solo una visa de marinero. Se casó conmigo, hubo torta, fiesta y bastante cerveza. Me gasté una fortuna, casi todo lo que había ahorrado en ocho meses de encierro… y llegó lo inevitable: la hora de la despedida. Tuve que salir otra vez. No podía hacer nada, porque esa es la vida del marinero
En marzo del 2004 mi esposa se cansó de esperar y aprovechando una visa X se apareció ante mí en el puerto de Cabo Cañaveral, el mismo del que salen los cohetes con destino a la luna. No vino precisamente en son de paz, sino para pedirme el divorcio o convencerme de irme con ella a cumplir el “sueño americano”. Decidí que mis años de soltero habían finalmente terminado y que los puertos y los platos ya habían causado suficientes estragos en mi pobre espalda, así que antes de rompérmela del todo decidí huir a puerto seguro.

Mi hijo Dieguito, de 2 años
Hace más de tres años que vivo con ella en un diminuto departamento en un bonito lugar de Colorado, tenemos dos bellos hijos, dos carros y dos amigos. También tengo dos trabajos, uno de ellos, como administrador de propiedades (solo puedo decirles que lo que hago anualmente de dinero en este país lo haría en un promedio de quince años en el Perú). Lo más importante es que tengo el corazón contento y correspondido, sin embargo, soy ilegal. Anoche las visas Z, esas que nos hubieran arreglado la situación, se nos fueron de las manos. En casa hubo lágrimas pero también resignación y esperanza.
Después de esta frustrada espera estoy comenzando a pensar seriamente en regresar a mi país, a vivir junto a los nuestros, a hacer crecer a mis hijos en mi cultura y poner el hombro para levantar al Perú y poder sacarlo adelante. He pensado en hacer empresa, en invertir lo ganado o en comprarme una casita , un carrito y conseguir una chambita , pero me asalta un temor, un miedo muy grande… ese aterrador pensamiento a ser nuevamente llamado a la oficina de gerencia y no exactamente para recibir un aumento, sino para escuchar la más cruel de las sentencias: “ESTAS DESPEDIDO”
Beto Collante

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