Un día en Roma (pensando en Perú)

El reloj marca las seis de la mañana y comienza a sonar. Entre sueños pienso que nuevamente me olvidé de cambiar la hora del despertador. Con los ojos aun cerrados mando el reloj a la esquina más lejana de mi cuarto, es decir, a metro y medio de mi cama de estudiante. No quiero despertar, el sueño está tan bueno que sería pecado terminarlo, y es más, estoy seguro de que en este momento la podré ver.
Sin piedad el reloj marca las nueve y me despierta de un solo golpe, duro y frío, justo cuando iba a darle un beso. Me olvidé nuevamente de cambiar la hora del despertador de mi celular. Un nuevo día, y después del trámite habitual de limpieza y demás, voy a la cocina en busca de desayuno. Observo la fruta, el corneto (especie de pastel que en Italia se come siempre en el desayuno), el café y la cocina vacía. Inevitablemente pienso en dos huevos fritos con jugo de plátano y un buen mate de anís. Me olvidaba, también pienso en el noticiero de todas las mañanas en América o en Canal N.
Luego de mentirle al estómago con un corneto mal hecho y con un chocolate amargo y feo que me hace extrañar con ansias a la Ibérica de mi Arequipa, regreso a mi habitación y reviso mi agenda (no, mentira). La universidad entrará en vacaciones por un mes, y yo, – por haber llegado recién hace dos meses- simplemente no tengo nada planeado. Trato de hacer un poco de tiempo antes de arreglar la ducha de mi baño. Era una cosa pequeña, solo tenía que destapar el desagüe del suelo para que el agua escurra sin problemas. Inmediatamente comienzo a desarmar el desagüe, y peleándome con cabellos y sustancias de dudosa procedencia intento de terminar lo que empecé, pero no puedo. Con las manos no la hago y mis guantes de plástico (básicos para este tipo de tareas) no son la solución esperada. Me resbalo y caigo una y otra vez en el suelo mojado. Sentado en el suelo con la ducha sin arreglar y con el desarmador en la mano pienso muy callada pero intensamente en cuánto extraño a mi padre.
Luego de mi batalla casi perdida con la ducha, llega la hora del almuerzo. Me empeño en no hacer pastas para cambiar en algo la rutina, así que opto por hacer arroz como me enseñó un amigo. Corto la cebolla y la dejo dorar un momento en la olla, luego mido el agua y el arroz, y simplemente me dedico a esperar.
Mientras todo se cocinaba empecé a cortar un pedazo de carne de un gran bloque que hay en la nevera, un delicioso filete de carne, pensé, pero olvidé que la carne congelada es muy dura. Me costó cerca de 45 minutos cortar el bendito pedazo y cuando finalmente lo logré, escuché un pito extraño seguido de un olor a quemado. ¡Dios mío, olvidé el arroz! Justo cuando volteo, el agua se sale de la olla y se esparce por la cocina ensuciando todo. Lo primero que pensé fue ¡no, ahora a limpiar! Tomando el arroz que a estas alturas ya parecía mazamorra marrón, lo dejé por un momento a un costado, limpié el agua y procedí a freír mi carne. La metí en el sartén y la dejé cocinar, fui al repostero a buscar algo que echarle y encontré ajo seco, lo tomé y tuve tan mala suerte que algún maledetto había dejado la tapa mal puesta. Conclusión: tuve carne ajada en lugar de frita. Al poner la mesa y ver mi plato con mazamorra de arroz y carne ajada y un poco cruda, me di cuenta cuánto extrañaba a mi madre.
La tarde se pasó rápido entre internet, la música y los resúmenes, pues al terminar vacaciones empiezo al toque exámenes. Al llegar la noche el momento de la cena lo pasé velozmente con un pedazo de panetón y leche caliente. Esta vez opté por lo práctico y fácil. Terminé mi panetón (que no tenía pasas ni fruta confitada pero si azúcar en polvo), limpié un poco la cocina, apagué todas las luces y me quedé un momento parado sin hacer nada. Salí lentamente de la cocina, pasé por la sacristía de la casa y me detuve a escuchar un eterno silencio. Una casa de tres pisos con un patio grande y de fondo una ruina romana de gran tamaño acompañan una noche fría de invierno europeo. Abrí la puerta, miré la luna en Roma y pensé en cuánto extrañaba a mi hermana.
La noche avanza, abro la ventana porque deje la casa oliendo a ajo desde la tarde, y el frío entra cortándome la cara y golpeándome el alma. Veo el reloj. Ya son las 2 de la mañana y creo que es mejor dormir. Al ver mi cama y sentir el frío en mi rostro pienso que esta noche también soñaré con ella, y me alegro pues intentare darle un beso. Lo mejor del día es la hora de dormir, pues estoy seguro que veré a todos los míos y estaremos juntos. Quizá esta vez ella me dirá que me quiere y la besare una y otra vez. Cierro la ventana, prendo la calefacción y me voy acomodando en el país de mis sueños, dónde esta mi familia. Casi al cerrar los ojos y caer rendido en una eterna sensación de estar a su lado, exclamo callada y a la vez intensamente ¡cuánto la extraño!
Diego A.
Roma, Italia

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