La guagua

Vivo desde hace un año en Tenerife (España), Isla Canaria donde aun no veo ningún pajarito con pecho amarillo que haga alusión a este nombre. Yo, limeña de corazón y acostumbrada a viajar en combi, me llevé una gran sorpresa al verme en una isla donde el único medio de transporte (aparte de los taxis que son un lujo) son LAS GUAGUAS. Si no tienes carro (o coche, como le dicen acá) tienes que aguantar las miradas de pena y extrañeza de tus compañeros de trabajo. Eres la innegable heroína del transporte público, y la verdad es que yo no lo entiendo.
Si en Lima hay que darle una medalla a alguien, debe ser a todo aquél que quiera viajar en combi. Es más, hay que darle 2 a ese individuo que se desplaza diariamente desde su querido Comas hasta su trabajo en Villa el Salvador. ¡Ellos sí que son héroes! (lean el blog de Juan Manuel Robles, Combimanía).
Acá, a pesar de las miradas de pena que me acompañan, me subo a la guagua, que es un bus, pero no uno cualquiera. Hablamos de un bus con aire acondicionado, asientos acolchados, tarjetas para pagar el pasaje (bono de guagua), timbres para anunciar tu bajada, paraderos señalados (incluso con banquitos), estación central moderna y chofer uniformado y ¡AMABLE!.

Me subo, pago con el bono y me descuentan 0.60€ (mas o menos 2.50 soles de un total de 12 euros) sea cual sea mi trayecto. El chofer me mira amable y me saluda, avanzo y veo todos los asientos disponibles, me siento en uno que no esté reservado para discapacitados, ancianos o gestantes y espero. La guagua avanza y se detiene en cada paradero, sube gente poco a poco, pero nunca se atiborra. Escucho música y de pronto la viejita que esta a mi lado me dice “¿qué calor no?”.
Antes de responderle, por si acaso, agarro bien mi cartera y veo de reojo hacia atrás, por si el chico sentado es cómplice de la vieja y los dos pretenden robarme. No pasa nada y la viejita se queda mirándome. Me calmo y le respondo la pregunta. La viejita (como si nos conociéramos de toda la vida) me cuenta de su nieta, de su nieto, de su gato y de que su abuelita le hacia galletas de canela cuando era chiquita.
La veo y me pregunto si esta señora no estará mal de cabeza, me doy cuenta que todos están hablando cómodamente como si de una guagua familiar se tratara, así que le respondo tranquila. La señora toca el timbre y se despide. Antes de bajar, se abre la puerta y la guagua se inclina a la derecha para que no tenga que bajar el escalón y se resbale.
Vuelvo a ver a mi alrededor y me doy cuenta que la única sorprendida soy yo, así que trato de disimular mi cara de asombro y ojeo nerviosamente el periódico que llevo en las piernas. Mientras lo leo, pienso en cómo adaptar estas guaguas a Lima para acabar con las combis de la muerte y me pregunto por qué no se le habrá ocurrido esa idea a ningún político peruano. ¿Es que acaso no se han dado nunca una vuelta por Europa?
Sigo imaginándome la situación y de pronto leo que enviaron a la cárcel a un hombre por tocarle los senos a una mujer en la guagua. Cuando la mujer se quejó, todos los pasajeros cogieron al “enemigo” y el chofer cerro las puertas conduciendo hasta la comisaría más cercana. No pude evitar comparar la situación en mi cabeza. Después de leer esta noticia, doble el diario y no volví a pensar en adaptar las guaguas a Lima.
Tatiana S. F.

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