Busco piso

A diferencia de Renato Cisneros o de Alicia Bisso, que andan tras la búsqueda de una pareja –no sé por qué hasta ahora no han salido juntos, ¿o ya lo hicieron?… En fin–, como decía, a diferencia de ellos, yo humanamente busco piso (llámese departamento en latitudes peruanas). Y no sé si como el huevo o la gallina, primero debió ser el piso o la novia. La cosa es que novia ya tengo, pero piso no y con esas ando batallando.
Un día, a la salida de la boca del metro, lo primero que cayó sobre mis ojos fue la luz del sol de las ocho de la tarde, sí, las ocho de la tarde, porque aquí en España, a las ocho todavía es de tarde y los rayos solares queman como si fueran las dos. Lo segundo que me cayó encima fue el reflejo de los cristales de las tiendas exclusivas. El verano es sofocante y las guiris caminan por el centro apenas en bikini, como si estuvieran en la mismísima playa.
No hay que quejarse. Con este panorama, caminar es más sabroso. Así sea si recorres Paseo de Gracia comparando pisos. Caminaba uno de estos días por ahí con el loco afán de conocer la avenida de los pisos más caros de la península, según encuestas televisivas. Y no podía dejar de mirar hacia arriba para ver qué de especiales tienen estos edificios por demás nada rascacieleros. Me imaginé Park Avenue o la Quinta Avenida, pero no, era Paseo de Gracia, o sea, una avenida ancha con carriles centrales y auxiliares mismo avenida Brasil sin esas horrorosas vallas. Sin embargo, sobre esta arteria el metro cuadrado llega a costar por encima de los seis mil euros. Pisos de lujo de 80m2 que bordean el millón de euros.
Desde hace un tiempo estoy en la búsqueda, a veces desesperada, de un piso en Barcelona. Junto con Madrid, son de las ciudades más caras para vivir. Incluso con pisos superiores a ciudades más costosas como Londres o París. Y eso se está convirtiendo en una tremenda traba para poder hallar un huequito donde pasar mis noches junto a mi amada.
El alquiler más barato no baja de los 600 euros y mi presupuesto lo supera arañando. Lo que hace que lleve dos meses dando más vueltas que pollo a la brasa sin conseguir perro que me ladre.
Por supuesto no pienso llegar por ese bendito Paseo de Gracia ni en broma. Es como buscar novia del San Silvestre siendo del Alfonso Ugarte. ¡Aterriza, pues! Los alquileres por ahí están entre cinco y ocho mil euros mensuales. Una burrada de dinero, exclusivo para ricos o extravagantes. Yo, humildemente, busco un poquito más hacia la periferia o en el casco antiguo. Un piso de 40, 50 metritos. Una ratonerita con una habitación, un baño donde no caben dos y un salón donde o pones sofás o pones comedor, pero no ambos. Algo así, ustedes me entienden. Nada del otro mundo.
Sin embargo, tratar de vivir en esta ciudad pareciera que sí corresponde a cosa de otro mundo. Sobre todo si ese mundo de donde vienes se llama Sudamérica. En más de una ocasión me he encontrado con el requisito de “se alquila sólo a nacionales”, o sea, tú no, por peruano. Adiós. Purita xenofobia. Y cuando he preguntado por qué, me han dicho que es porque al principio yo lo alquilo con mi pareja, pero de ahí ya hay ocho, diez personas viviendo con colchones tirados hasta en la cocina y total escándalo y alboroto. “Ustedes viven como hacinados”, me dijeron. Y como yo no trato con gente borde porque cuando me veo al espejo no me veo cara de gueto, doy media vuelta, a veces mordiéndome la lengua para no seguir dándole cuerda a esa imagen pendenciera.
La travesía de buscar piso me ha llevado a conocer lugares de Barcelona que no tenía planeado ni en mis días más turísticos o mochileros. He peinado a pie calles que suben y bajan en cuestas, y recorrido la mayoría de estaciones del metro sin encontrar un lugar así de pequeño y poca cosa que me cobije. Y como yo, infinidad de personas. Eso hace que ante tanta demanda, la oferta siga disparándose por las nubes. “Y qué le vamos a hacer”, se conforma la gente, “en algún lugar hay que vivir”. El estereotipo del que se queda con la chica más fea del baile.
En una ocasión estuve a punto de cerrar trato por un piso en Esplugues de Llobregat. Una localidad pegadita a Barcelona, con un piso bastante guapo y un parque al lado de ensueño. Para ponerle el anillo de compromiso y todo. Sin embargo, hubo alguien por ahí que nos atrasó, quien sabe si por puesta de mano o mejores avales. De ese caso, miles. Con pisos que un día te guiñan el ojo y al otro te han sacado la vuelta completa.
Tan parecido como buscar novia, entro a Internet a conocer gente, contactar citas, y cual lobo de presa, lanzarme encima de la primera que me guste. Y los pisos, igualito a las que se saben lindas y pedidas y tan buen material, se dan el lujo de elegir entre tanto galán y cuál de ellos más le conviene. Total, el alquiler no es síntoma de “hasta que la muerte nos separe” ni mucho menos, lo que la convierte en una relación pasajera con posible renovación. Y punto y aparte. Un amigo con derecho a roce.
Así que ya me ven. Continuando en la jodida tarea de hallar piso. Porque eso de buscar, hace tiempo que se ha vuelto una costumbre más en mi vida, como comer, dormir o darle un beso de los buenos días a mi novia.
Jesús Risco Rojas
España

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