El rey de Piazza Mancini

Ilustración: geoticies.com
Es un sábado por la noche como cualquier otro en Roma, tranquilo, pero un poco más fresco a pesar del verano. Y es que estamos a inicios de agosto. Ese día vinieron unos amigos a visitarnos y estuvimos en casa toda la tarde abstraídos entre conversación y conversación, entre el recuento de anécdotas y el recuerdo de la familia y de las cosas que pasamos en el barrio. También aprovechando internet para informarnos de lo que sucede en el Perú.
Llegada la noche decidimos ir a cenar fuera. Nos acordamos de que cerca a Piazza Manccini hay un restaurante peruano que prepara pollo a la brasa. Kervin y Ricardo –un amiguito suyo que había llegado a pasar unos días en casa ya que están de vacaciones– nos convencieron de ir a aquel restaurante. No está muy lejos de casa así que llegamos en poco más de 10 minutos (más nos demoramos esperando el tren). Nos instalamos en nuestra mesa listos para ordenar y, ¡zas!, para sorpresa nuestra, ya no había pollo a la brasa. Los chicos se animaron por un pollo broaster, nosotros pedimos una jalea, pescado frito, bisteck a lo pobre y otro pollo broaster. En la carta leímos “Inca Kola”. Todos nos miramos y pareciera que en ese momento y al mismo tiempo, cada uno empezaba a recordar en su interior el sabor de la bebida de sabor nacional (que para este tiempo ya no es tan nacional como creíamos). Poco a poco, ese sabor dulce y particular que giraba dentro de nuestras bocas fue volviéndose amargo al saber que por una botella debíamos pagar 7 euros que en el Perú serían 28 soles aproximadamente, así que no nos quedó otra que pedir una Coca Cola y dos cervezas. Al final de la cena quedamos contentos porque al menos los platos que habíamos ordenado estaban agradables, el único problema fue que no pudimos permanecer más de 10 minutos al terminar la cena porque se acercó el mozo con la cuenta y dijo que ya estaban por cerrar. Tuvimos que levantarnos y salir.
Frente al restaurante se encuentra la Piazza Manccini y ese día, como todos los fines de semana, estaba llena de gente, casi todos compatriotas nuestros. Era temprano y había que digerir la jalea así que decidimos instalarnos en alguna banca y tomarnos dos cervezas más. Todo se veía normal y tranquilo, cuando de pronto, a pocos minutos de haber llegado, se escuchó un grito y el tintinear de una botella que cae y se convierte en mil pedazos de vidrio. ¿Qué había sucedido? ¿De quién era el grito? ¿Por qué se había spaccata esa botella? Para mala suerte de todos nosotros, de tantos reyes que hay en el Perú (porque existe el rey del hip hop, el de la salsa, el de la cantina y muchos más), llegamos a ver a nada más y nada menos que a EL REY DE PIAZZA MANCCINI, un peruano que tenía entre 25 y 30 años, calato de la cintura para arriba y con el polo en la mano, con un gorro de algún equipo de béisbol del cual seguramente era fanático y con una bermuda que le quedaba a mitad de nalga y que dejaba ver su calzoncillo CK o D&G, quién sabe.
Él era “EL REY DE PIAZZA MANCCINI”, y entre muchos otros insultos vociferaba que era el capo del lugar, que ningún conch… podía venir a decirle algo y que el primero que osara meterse con él estaría cometiendo un grave error.
El Rey estaba ahí, siendo observado por todo un pueblo mientras daba su discurso. Cada frase pronunciada iba acompañada por unas cuantas lisuras y otra botella rota. Cuando ya no hubo más envases a disposición, comenzó a patear el basurero (tal vez porque no le gustaba su ubicación, su color o porque interrumpía el paso). Una vez terminado su monólogo, comenzó a buscar a alguien en particular, tal vez a algún súbdito que había cometido una falta y merecía ser castigado.
Luego de unas vueltas, el Rey regresó con otra botella en la mano. En ese momento recién me percaté de que su majestad es muy hogareño, ya que estaba acompañado de su esposa y madre de su futuro hijo que ya tenía siete meses en su vientre. La reina se acercó a su esposo para pedirle tranquilidad y de alguna manera tuvo cierto éxito. El Rey subió a su carroza y nos lanzó los últimos insultos. Luego, aceleró y desapareció de la plaza como un relámpago.
Me quedé preguntándome si volvería a encontrarme con ese sujeto autodenominado el Rey. Luego de reflexionar unos minutos me di cuenta de que sí, porque algunos tienen la suerte de que la policía nunca los detenga por hacer escándalo en la vía pública y mucho menos por infringir las reglas de tránsito. O tal vez no es cuestión de suerte, es solo cuestión de ser un Rey.
Rubén

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