Abrazos partidos
El fútbol comienza siendo un asunto familiar: mientras la madre nos enseña a caminar, el padre intenta enseñarnos como patear una pelota. En mi caso, algo aprendí, aunque las lecciones para cabecear nunca fueron asimiladas del todo. Quien puso más énfasis en las lecciones fue mi abuelo: instruía a sus diez nietos varones a jugar al fútbol aunque uno le salió torcido pues prefería jugar Matagente o Siete Pecados. Junto con mi tío nos regalaron unas camisetas de la U con las que jugamos no pocos domingos en la canchita de Maranga mientras los vecinos no paraban de gritarnos referencias a las aves de corral. A pesar que todos jugábamos en el colegio o en el club, era en el equipo de los primos donde nos encendíamos al enfrentar a otros equipos del barrio. Y en los veranos que alquilamos una casa en Santa Maria del Mar, alternábamos pichangas en arena y en cemento con virtuales e interminables torneos de Nintendo donde había tanta burla y rivalidad que solo nos faltaba mentarnos la madre. Pero lo que juntaba a madres, padres, abuelos, primos y primas eran los partidos de la selección.Fuera del país, el Perú puede doler más. Es por ese sentimiento de nostalgia que magnifica e idealiza los recuerdos que nuestra comida es mejor que cualquier otra; nuestra gente, la más alegre; nuestra cerveza, la más rica. Pero el fútbol no sabe de mentiras: estaremos fuera pero sabemos que un partido de la selección es una oda a la esperanza. Hacemos lo imposible por verlo como si de nosotros dependiera que el Perú gane, como si del resultado dependiera que nos renueven la visa. Muchos pasamos meses sin tener televisión y no nos importa, es más, hasta preferiríamos una lavadora si no fuera por la mínima posibilidad de poder ver jugar a los muchachos. Estamos pegados a Internet actualizando las páginas de los periódicos, leyendo las entrevistas, buscando canales que te permitan ver, en una ventana de diez por cinco centímetros, el gol que te renueve la fe. Lejos del país nuestra fe puede estar tan amilanada que pasamos horas viendo goles viejos en You Tube en lugar de estudiar para el examen de la universidad.
A pesar de eso, la selección también te ayuda en los estudios. El primer día que fui a la Universidad 8 de París estaba perdido con mil papeles y desesperado busqué un latino que me ayude a llenarlos. La primera cara de latino resultó siendo originaria de Argelia y cuando le conté que venía de Perú me dijo: “¿Perú?… ¡Cubillas!” Y así, gracias al Nene y a la Gira del 82 terminé inscribiéndome sin problemas. Si bien dicen que el fútbol es como un esperanto exitoso pues siempre genera comunicación donde te encuentres, en París nadie sabe que nuestro país juega ese deporte. ¿Puede haber algo más frustrante que llegar a la universidad o al trabajo y no poder comentar que Perú le ganó a Tayikistán, que Manco esto, que Chemo lo otro, que Pizarro aquello? Bueno, a Pizarro sí lo conocen y si hacemos un esfuerzo, a Solano también. El punto es que a pesar que hacemos lo imposible por ver los partidos de la selección a la distancia, no hay sentimiento más solitario que tener que recordar al día siguiente el partido en silencio.
Efraín Trelles pide que no nos quiten el derecho a soñar, que no nos quiten el verde. Uno puede llegar a sentir que cuando se fue del Perú le quitaron algo y que ver un resultado favorable devuelve por un momento todo lo perdido. En casos como el mío, en que ver los partidos se ha convertido en un acto solitario frente a mi laptop, ver ganar a la selección es un acto de onanismo y verla perder, una dura penitencia. Pero mas allá de extrañar las cervezas para celebrar triunfos u olvidar fracasos, de escuchar las bocinas de los carros al finalizar un partido, de pasar horas analizando noventa minutos humillantes o de gritar con todo el edificio los goles de Palacios o de Guerrero, lo que más extraño son los abrazos con los que solía celebrarlos.
Ernesto Apolaya Canales

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