Nadie es profeta en su tierra

Un 27 de diciembre a las 6 a.m. salía de viaje una vez más, pero en esta ocasión todo era diferente. Ya no se trataba de pasar unas vacaciones, la realidad en esta ocasión era muy distinta. Al igual que nuestra compatriota Nadia Díaz, tuve un comienzo un tanto “tímido” por decirlo de alguna manera, soy TSU en informática y bilingüe, y aunque no estoy en EE.UU. o en alguna parte de Europa, puedo decir que el conocimiento de un segundo idioma (inglés) me dio ese empujoncito para abrirme camino poco a poco.
Aún lo recuerdo, a solo una semana de haber llegado a este país, me encontraba en mi habitación, solo, sin nada ni nadie con quién compartir siquiera un minuto. Fue en ese momento en que realicé una llamada (con celular prestado) a una amistad para que me saque a dar una vuelta. Era un día sábado, entre las 5: 30 y 6 de la tarde y el lugar de distracción más cercano era un casino. Acepté, pero por obvias razones no iba en plan de jugador, sino de observador.
Por esas cosas que tenemos los peruanos, le pregunté a una de las operadoras si recibían personal, a lo cual ella me preguntó si era para mí. Cuando le contesté que sí, me puso en contacto con uno de los dueños, el cual me hizo la misma pregunta y me indicó que regresara el día lunes a las 2 p.m. con currículo en mano.
El día lunes me recibieron en una oficina pequeña, me entrevistaron y no me dieron el trabajo, no porque no cubría sus expectativas laborales, por el contrario, me dijo el dueño que con el currículo que tenía, me correspondía otro tipo de empleo más acorde con mis conocimientos y no en un casino. Lo único que yo deseaba era estar entretenido en algo y más aún si me pagaban, evitando tener que volver a pasar los días en una habitación triste y vacía, sin nada con que entretenerme y nadie con quien platicar.
Para ese momento en la entrevista me ofrecieron el cargo en la barra, sirviendo refrescos, cervezas, tragos, cafés, lavando platos y tazas, etcétera. Sin ningún tipo de problema acepté (en el Perú hice muchas cosas y esto no era algo nuevo para mí) el turno de la noche, de 8 p.m. hasta las 7 de la mañana del día siguiente. Así empezó a darse todo en este bello país. Debo confesar que ese primer día termine exhausto pero alegre de poder estar en contacto con nueva gente.
Al día siguiente, más de lo mismo: refrescos, cafés y cervezas. Hasta que sucedió algo un tanto curioso. Se acercó a la barra una señora de unos 65 o 70 años junto a su esposo que aparentaba la misma edad. Por sus rasgos físicos pude deducir que no eran latinos, sino europeos. Al final descubrí que eran canadienses.
La señora se acercó a la barra y recuerdo muy claro cuando me habló en su inglés pausado: Excuse me, Can i use your telephone one minute please? Yo, por no tener la autoridad para hacer uso del mismo, llamé a una de las operadoras de mayor antigüedad que me dio la autorización respectiva. La sorpresa de la operadora fue grande al verme hablando en inglés con la señora canadiense, que estaba preocupada porque el servicio del hotel había quedado en recogerla a las 4 y ya eran más de las 9 p.m.
Minutos después fue ella quien le comentó lo sucedido a otro de los dueños del casino cuando se realizaba el cambio de turno. Fue en ese mismo instante que esta persona en mención se acerca a la barra y me dijo muy seriamente “joven, cuando termine por favor acérquese a la oficina por un instante, que necesito tratar un asunto con usted, gracias”. Lo quedé mirando fijamente y algo temeroso le dije “ok señor”.
Terminé rápidamente de atender los pedidos que tenía pendiente y tomando un respiro me fui directo a la oficina. Todos los operadores salientes del primer turno se quedaron mirándome y lo único que atinaban a decirme era “buena suerte”. Yo, dentro de mí, pensaba y me decía con algo de gracia “mejores empleos he tenido”.
Toqué la puerta antes de ingresar y una voz fuerte y seria me respondió “adelante”. Me invitó a cerrar la puerta y tomar asiento. Justo cuando iba a preguntarle el porqué de mi llamado, me dijo ya con un tono de voz más amable y a la vez agradable “mire joven no me pregunte por qué, pero por decisión de la casa, a partir de la fecha va a trabajar usted como operador de maquina”. Yo no sabía qué decirle, nos miramos, me sonrió, me dio la mano y me dijo “bienvenido, venga mañana a partir de las 12 que una de las operadoras le va a explicar el funcionamiento de las cosas aquí”, por lo que entendí que ya no iba a trabajar en el turno de la noche, sino en el de día.
Créanme cuando les digo que eso si era nuevo para mi, porque si yo alguna vez maneje dinero, fue a nivel personal, pero bueno, las cosas se daban así y tenía que seguir adelante. Justo antes de salir y despedirme, el dueño me dice ” una cosa más, salga triste, tome un poco de agua y despídase, no diga nada, solo hágalo así, lo espero mañana, vaya a descansar”. Esa noche salí raudo del casino con dirección a mi habitación y esta vez tuvo que ser a pie porque debido a la hora el transporte ya era escaso.
Al día siguiente, estaba en el casino bien uniformado y peinadito y muy puntual. Me presentaron a una de las operadoras del turno del día (bien linda por cierto) y fui a la oficina a recibir mi koala (canguro) y algo de dinero, unos 25 millones de bolívares (aproximadamente un poco mas de 10 mil dólares al cambio oficial) y los buenos deseos del dueño. Así, entre pequeños nervios al comienzo, dobles turnos, buen trato a los clientes y todo lo que conlleva este tipo de trabajos, transcurrieron los meses. Ya por el simple hecho de estar unos meses, pude adquirir mi primer teléfono móvil y una radio pequeña para poder entretenerme por las noches y en mi día libre.
Poco a poco fui ganándome la estima, el aprecio y sobre todo la confianza de los dueños del casino, a tal punto que ya me dejaban encargado de la sala, el dinero con el que se iba a trabajar en el día, etcétera. Meses después, debido a mi buen desempeño me dieron un poco más de responsabilidades y un aumento del sueldo. Esto me dio la posibilidad de adquirir algunas cosas que me hacían falta, como una pequeña refrigeradora, un televisor, un equipo de sonido no tan grande y la posibilidad también de que en mis días libres salga a conocer un poco más la ciudad.
Los halagos seguían, y los aumentos de sueldo también. Había clientes que hasta me hacían propuestas formales para llevarme a trabajar con ellos, a sus negocios y hoteles, pero yo, siendo condescendiente con la oportunidad y el buen trato recibido, las agradecía pero las desechaba. Hasta que un día sucedió algo que no me lo esperaba, me llamaron nuevamente a la oficina y me dijeron: “A partir de la fecha deja de lado el uniforme y el koala, ahora usted pasa a ser el supervisor de sala del primer turno. Tendrá mayores obligaciones, pero su suelo crecerá”. Con el transcurrir de los meses me mudé a un departamento tipo estudio, más amplio y acogedor. Por suerte podía pagarlo con mi nuevo puesto en el casino.

Después de unos años de trabajo decidí retirarme, ya que las trasnochadas (dobles turnos), el trajín del ir y venir, las cuentas, el comer a deshoras y el mismo humo del cigarro propio de este tipo de negocios, hicieron merma en mi salud personal, razón por la cual me tomé un descanso y por la que luego me animé a comenzar una nueva “aventura” pero esta vez ya propia. En la actualidad y gracias a los ahorros producto del trabajo en el casino, abrí un Cyber (cabinas de Internet como le conocemos allá) junto a un amigo.
Ya dijo nuestra amiga Nadia Díaz que a veces ella siente que todo este caminar se le hace muy fácil y piensa si eso se debe a su suerte, o a su actitud ante esta nueva vida, que le permite hallar cada oportunidad que se le presenta. Creo que en líneas generales tiene toda la razón.
Dios los bendiga, compatriotas, donde quiera que estén, Dios bendiga a toda esta gente tan linda, amable y hospitalaria que ha hecho que me sienta como en casa, Dios bendiga a esta linda tierra Venezuela y por sobre todo Dios bendiga a nuestro querido y adorado Perú.
PD. “Al tiempo le pido tiempo y el tiempo tiempo me da, y el mismo tiempo me dice: el tiempo te vengará” … ahora que escribí esto me acorde de esta frase, gracias, de verdad gracias (yo me entiendo).
Wilfredo B.R.

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