Mi quinto país

Nunca olvidaré el día en que llegue a París. Fue uno de los días de invierno más fríos de los últimos años y hasta había nevado. La temperatura estaba en menos de cero grados y me recordaba a los años que estuve en Canadá. Llegué a París como parte de un intercambio académico con la universidad de Estados Unidos en la que estudiaba un MBA.
Esos primeros días fueron muy duros: debía conseguir un lugar donde vivir, no hablaba el idioma, no tenía mucho dinero para vivir ni sabía cómo ganarlo, y encima el frío que no me permitía deambular las calles tranquilamente. Los días pasaron y pasé de un albergue de la juventud a otro, al suelo del cuarto de un compañero de estudios, a compartir departamento temporalmente con un abogado americano que conocí en el tren y hasta a compartir con una estudiante canadiense el departamento de la amiga de su tía. Creo que ya lo entendieron, buscar alojamiento en París es un parto.
Mi estadía de tres meses se prolongó. Debido a la recesión en Estados Unidos no tenía muchas oportunidades de trabajo allá y decidí quedarme en Europa unos meses esperando la confirmación de un puesto en España. Aprovechando el pasaporte europeo que heredé de mi abuelo, busqué en qué podía trabajar sin hablar el idioma. Comencé dos semanas infernales haciendo telemárketing a los Estados Unidos, luego en una casa de cambios de un iraní bastante explotador y finalmente en una cadena de casa de cambios inglesa, con mejores condiciones de trabajo. Con el sueldo base bastante 1300 euros por mes no te alcanza para mucho en París, donde el alquiler de un estudio de 28 metros cuesta 650 euros como mínimo, así que me puse a trabajar horas extras (algo raro en Francia pero que felizmente esta empresa permitía).
Mi gran sorpresa fue que llegado el mes de junio, la anhelada proposición de trabajo en España no se materializó, así que tuve que reorganizar mi vida. Decidí buscar un trabajo más calificado en Francia, pero debido a que mi francés era entonces bastante rústico, tenía que limitarme a empresas internacionales donde pudiera trabajar en inglés. Me di un plazo de ocho meses antes de agarrar mis maletas e irme a Londres. Tuve la suerte de mi lado. Sin saberlo, la escuela donde hice el intercambio en Francia era una de las más cotizadas aquí, y me serví del directorio de contactos de la escuela para enviar literalmente cientos de CV a ex alumnos en varias empresas en Francia. Justo antes de que venciera mi plazo, tuve una oferta para trabajar en una importante compañía aeronáutica, así que dejé París para venir a Toulouse.
Dejé el Perú a los 14 años, en 1989. Mi familia decidió emigrar a Canadá debido a la situación de miedo e incertidumbre que vivía nuestro país en esa época. Fue un sacrificio muy grande que agradeceré por toda la vida. En el Perú ellos tenían una buena situación y la sacrificaron por nosotros. La vida en Canadá no fue fácil y todos tuvimos que trabajar para salir adelante. Yo trabajaba en promedio 35 horas por semana mientras iba al colegio y luego mientras iba a la universidad. En los inviernos lo hacía en tiendas o supermercados y en los veranos, limpiando las ventanas de las casas. Al terminar la universidad conseguí una oportunidad en Estados Unidos y me fui para allá. Trabaje 4 años y estudie un año y medio antes de llegar a Francia. Viví en Madrid 4 meses haciendo una practica para el MBA.
En cada regreso al país (cuatro en total) he experimentado emociones diferentes. Primero, nostalgia y ganas de volver, después, un poco más de distancia y hasta frustración por muchas cosas que veo. A veces pienso que podría ser interesante volver al Perú, pero la verdad es que personalmente me gusta mi vida aquí. Estar en el extranjero me permitió conocer personas de diferentes culturas y hasta comprender mejor nuestra realidad.
Creo que mientras más países conoces, más te das cuenta de que no hay un lugar completo. Todos tienen sus cosas buenas y sus cosas malas, por ejemplo, en el Perú, las combis y los taxis crean mucho desorden en las calles, pero te permiten desplazarte de manera barata en cualquier momento del día.
A veces los países pueden parecerse más de lo que uno cree y la gente suele tener más o menos las mismas prioridades en todos lados: el progreso, la seguridad y la felicidad al lado de sus seres queridos.
Daniel Barreto

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