Buscando mi norte

Son muchos los peruanos que diariamente dejan el país, cada uno por diferentes razones y con su propia historia. En mi caso, el amor me trajo a un pequeño espacio de tierra en el Caribe, específicamente a una isla llamada Saint Martin.
Saint Martin es un espacio desconocido que muchas veces no figura –por ejemplo- en las opciones de país en Internet o en Serpost en el Perú, tanto así que mi madre genera confusión con el destino cada vez que me envía algo. Hoy quiero contarles mi testimonio, cómo me ha ido lejos de nuestra tierra y, sobre todo, cómo mi norte sigue cuestionándose.
Cuando egresé de la universidad, tenia como objetivo el clásico sueño de todo egresado: un profundo desarrollo profesional. A mí el destino me trajo a Saint Martin, una isla mitad francesa y mitad holandesa en las Antillas del Caribe. Tengo varios amigos profesionales que han emigrado al extranjero: un conocido mío está en Canadá trabajando en un banco y recibiendo capacitación en Francia, mientras una amiga psicóloga se encuentra en su casa y le es imposible ejercer en un país en el que no reconocen sus estudios y donde no habla el idioma oficial.

En mi caso, después de una ardua búsqueda de trabajo, y encontrándome ya bastante desanimada, conseguí un contrato como mánager de una boutique, un puesto nada desdeñable en esta pequeña isla. Sin embargo, este puesto me hizo conocer aspectos laborales que siempre habían sido ajenos a mi realidad laboral, ya hasta ese momento yo había trabajado solo en medianas y grandes empresas. De pronto encontré la imposibilidad de tener una línea de carrera, sufrí el despotismo por parte de mi jefe inmediato (quien era el dueño de la empresa), y hubo poca seriedad en la remuneración (atraso en mi pago e incumplimiento en el salario pactado), incumplimiento del horario laboral (si bien en Lima no se respeta las ocho horas, en mi caso, mi jefe empezó a insistir en que trabajara los sábados y que renunciara a mi hora de refrigerio). Cuando el trabajo se convierte en un tormento y en un completo estrés, una cosa es clara: es el momento de partir.
Reconociendo lo difícil que me había sido encontrar un primer trabajo, esta vez decidí estar abierta a diferentes puestos. Pronto encontré un nuevo empleo, menos prestigioso que el primero, pero recordemos que la premisa era partir cuanto antes del desagradable ambiente laboral en el que me encontraba. Comencé a trabajar como vendedora en una prestigiosa tienda de perfumes y artículos de belleza. Recuerdo –a manera de anécdota- que mi esposo comentó que me encontraba perdiendo el tiempo postulando a esa prestigiosa marca francesa que en esa tienda solo tomaban rubias con pinta de modelos (características de las que mi aspecto físico esta muy lejos), sin embargo insistí y conseguí el puesto.
Hace cinco meses encontré la tranquilidad laboral. Desde que empecé en este trabajo me hice la idea que este puesto como temporal o como medio para juntar dinero, pagar una maestría y regresar a mi ámbito profesional en este país. Sin embargo, frente a tanto afán por el estudio, me empecé a preguntar dónde queda la calidad de vida.
Algunos días de la semana entro a trabajar a las 12, lo que me permite pasar la mañana con mi esposo, ir a la piscina y hacer cosas juntos. Otros días empiezo a las 9:30 a.m. pero como trabajo a cinco minutos de mi casa, mi esposo me recoge a la hora del refrigerio y nos vamos a la casa, nadamos un momento en la piscina del edificio, almorzamos juntos y hasta tengo tiempo para echarme en sus brazos y ver un capitulo de alguna de las muchas series que nos gustan. Mi trabajo me permite pasar un tiempo junto a mi esposo, gozar de una tranquilidad en el ámbito laboral y tener un jefe que me respeta como trabajador, cosas esenciales que uno no valora hasta que las pierde.

No tengo puesto de gerente, no tengo subordinados y tampoco tarjetas personales. A veces quisiera quedarme así, con esta tranquilidad que me permite disfrutar del paraíso. Otras veces recuerdo mis planes de que hacer una maestría que me permita seguir una línea de carrera, pero eso implicaría mudarme de esta isla donde no hay universidades ni grandes empresas. Es así que cada día que pasa cuestiono mi norte.
Lesly, Saint Martin
* Todos los interesados en publicar una historia en “Yo también me llamo Perú” pueden enviar sus artículos y fotos a los siguientes correos: editorweb@comercio.com.pe y jortiz@comercio.com.pe

:quality(75)/2.blogs.elcomercio.pe/service/img/saldetucasa/autor.jpg)