El sueño americano

El 14 de agosto del 2003 llegué a Nuevo México, Estados Unidos. Mi vida estaba en dos maletas, y tenía cuatro mil dólares en el bolsillo y un sueño de muchos años: conseguir mi título de maestría. Al contrario de la mayoría de latinos que llegan a Estados Unidos, a mí no me tocó muy difícil que digamos. No tuve que saltar el cerco ni que entrar disfrazado de turista. Se puede decir que las cosas se dieron, que entré por la puerta principal, o simplemente, que Dios estuvo de mi lado. Bah ¿y cuando no lo ha estado? Tampoco me malinterpreten que no me gané la lotería de visas. Me pasé dos años aplicando a universidades, llenando formularios, consiguiendo cartas de recomendación, traducciones, portafolios, documentos oficiales y demás. Los que han aplicado a una visa de estudiante saben lo intenso y laborioso que es postular a las universidades de acá. Al llegar a la universidad conseguí un trabajo como asistente de profesor que me pagaba lo suficiente como para vivir austeramente una vida de estudiante y lo más importante, cubría el costo total de mis estudios. Fue como haber conseguido una beca completa que nunca estuvo en mis planes. El programa era de dos años y al terminar mi madre vino a verme recibir un título de maestría en medios audiovisuales. Logré cumplir un sueño de muchos años. De más está decir que para venir deje atrás a mi familia, amigos y una novia a la que amaba. Tenia una meta en la cabeza y nada ni nadie se iba a interponer. Luego de graduarme -casi por acto reflejo- decidí buscar trabajo, agarrar experiencia en el extranjero, usar el nunca desaprovechado OPT (permiso de trabajo por un año para estudiantes extranjeros).
Aquí es donde las cosas cambiaron: en Nuevo México hice de mil oficios, me pasé meses buscando trabajo y, cansado de no encontrar algo en mi área, me mudé para Minneapolis. Esta es una ciudad muy linda, una de las más desarrolladas en Estados Unidos y fuera del terrible invierno que tiene (casi 6 meses del año) es una muy buena opción para vivir. Luego de unos meses conseguí trabajo en un canal de televisión, renté un departamento y compré un auto. La semana pasada se cumplió un año desde que llegué a Minneapolis y mi vida nuevamente está estable. Se podría decir entonces que las cosas me han salido bien, que estoy cumpliendo lo que muchos llaman “El sueño americano”. ¡Qué rápido se pasa el tiempo! Ya tengo 32 años y tengo la impresión de que a medida que envejezco, las horas se hacen mas cortas y los años se desvanecen.
La mayoría de inmigrantes que llegan a EEUU lo hacen en busca de ese “sueño americano”. Muchos quieren mandar dinero a sus familias, darles un mejor futuro a sus hijos, iniciar un negocio, comprarse el auto que nunca tuvieron. Hay mil y un razones para querer venir a Estados Unidos, la tierra de las oportunidades. Yo llegué como estudiante y ahora soy uno más de los miles de inmigrantes responsables del crecimiento inverosímil de este país.
Ahora yo me pregunto, ¿cuál es el sueño americano? ¿Un auto del año? ¿Una casa en los suburbios? ¿El televisor LCD de 40 pulgadas? ¿Todas las anteriores?
Cuando vine a Estados Unidos tenia un sueño y lo cumplí, ahora solo vivo, o si gustan, solo vivo para vivir. Mi familia está en Perú y a pesar de estar siempre en contacto con ellos, siento que ahora los extraño más que nunca. He hecho un gran esfuerzo en favor de mi carrera y de mi estabilidad económica, pero con él he sacrificado de alguna forma mi vida personal.
El que ha vivido fuera de su país y lejos de su familia por mucho tiempo empieza a cuestionarse eso: ¿vale la pena perseguir el sueño americano? ¿cuándo lo alcanzas? ¿ya lo hiciste? ¿y ahora que?
Creo que, como individuos, nuestros sueños son únicos, nos trazamos metas, hacemos planes, y siempre, pero siempre, estamos en busca de algo. Para unos es más importante la carrera, la vida de sus hijos o la estabilidad económica, mientras que para otros, venir a trabajar a Estados Unidos es solo un medio, una oportunidad para vivir mejor y regresar algún día a su tierra.
Envidio a aquellos que lograron inmigrar con sus familias, a los que encontraron una familia nueva en Estados Unidos o a los que lograron una vida social llena de felicidad. Yo ya tenia un buen circulo de amigos en Nuevo México y me tocó mudarme para empezar de nuevo. Ya llevo un año en esta ciudad y cero amigos. Claro, he conocido a mucha gente pero encontrar afinidades con americanos tan al norte del país es, por decir lo menos, un poco difícil.
En la vida hay que trazarse metas, desarrollarse como personas pero esencialmente, buscar la felicidad. Hay que hacer sacrificios y preguntarse en todo momento si valen la pena. Como ven, me encuentro en un momento en que yo me pregunto, ¿vale la pena el sueño americano?
Bruno Rivera
Noviembre 2007

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