El mundo es pequeño

Debido a la inflación de 3 cifras del primer gobierno de Alan, al largo, traumático e interminable paso por la universidad, y al hecho de todavía ser mantenido por mis padres, decidí escapar de mi triste realidad y viajar a Japón (país del que ellos provienen) con la finalidad de ahorrar unos miles de dólares y poder regresar al Perú para construir mis sueños. Es así que en marzo de 1990, con el pasaje financiado y luego de que mi familia me prestara la astronómica suma de $800 (todo un dineral para mí en ese tiempo), decidí cruzar el océano junto a mi hermano y su esposa.
Luego de tirar moco por la familia y por el amor que dejaba en Lima, abordamos el avión, haciendo primera escala en Curacao, bajamos unos minutos a estirar las piernas y dar unas vueltas por el pequeño aeropuerto para luego volver abordar el mismo avión con rumbo a Amsterdam. La mayoría de nosotros (el grupo de peruanos) nunca habíamos salido al exterior y más aún, nunca habíamos subido a un avión. Al llegar al aeropuerto Schiphol, nos quedamos boquiabiertos por el tamaño de las instalaciones; también nos hizo gracia el que hubiera una máquina expendedora de preservativos en el baño (“si venden preservativos dentro del aeropuerto es que lo hacen aquí dentro” decían algunos, mientras que otros opinaban que los encuentros se producían en el baño del avión). Ahí también recordé mi reducida estatura cuando, al sentarme en el inodoro, no podía asentar los talones en el piso. Baños para europeos, pensé.
Luego de varias horas de espera abordamos el primer 747 de nuestra vida, esta vez rumbo a Tokyo. Llegamos al Aeropuerto Internacional de Narita sin novedad. Allá nos estaba esperando un representante de la “contratista”, no sabíamos ni en que íbamos a trabajar ni cuánto nos iban a pagar, todo fue una aventura que tomamos confiando en que nos conseguirían trabajo para poder pagar nuestra deuda por el pasaje (US$ 2800). Solo sabíamos que íbamos a un lugar llamado Toyohashi. Viajamos en “Shinkansen”, el tren bala, hasta la ciudad de Toyohashi. Ahí nos esperaban unas combis que nos transportaron a una oficina para entrevistarnos, tomar nuestros datos y fotografiarnos (algunos pensaban que la foto era, en caso alguien se le ocurriese escapar sin pagar las deudas). Posteriormente nos llevaron al albergue en el que pasaríamos unas noches.
Como todos saben, el tránsito es contrario al del Perú; se circula por el lado izquierdo. Cada vez que la combi doblaba a la derecha en un cruce, nos parecía que otro auto se iba a estrellar con nosotros. Al final del trayecto pasamos por una calle estrechísima por la que solo pasaba un carro (tan estrecha que un carro y una persona no pueden pasar). El albergue era una casa de dos pisos en la que se quedaban los recién llegados, habría unas 60 personas. La mayoría de hospedados eran brasileños y nosotros tratábamos de comunicarnos con ellos, y digo “tratábamos” porque a pesar de lo parecido de las lenguas, entendíamos una cosa por otra. Había letreros escritos en portugués, sin embargo no hacían mayor efecto en los peruanos, por ejemplo, en el baño decía: “Não jogar absorbentes no vaso” (no botar toallas higiénicas en la taza sanitaria). En la puerta del baño se hacia una fila con las toallas dobladitas para guardar el turno de la ducha. También había otro baño con un water sin desagüe, mezcla de retrete con silo (¿high tech?).
Todos estabamos misios y a la espera de conseguir un empleo, por ese motivo, la contratista nos proporcionaba arroz y misó ( una pasta hecha con soya fermentada que se usa para preparar el misoshiru, la sopa japonesa de todos los días). Si querías participar en una olla común para preparar el segundo, pagabas una cuota de 100 yenes por día (menos de 1 dólar), entonces, se hacía una lista con los nombres de las personas y se escribía “pagó”. La lista se pegaba en la pared. Posteriormente, se juntaba el dinero y se hacían las compras. También se procuraba hacer turno en la cocina y la limpieza.

Esta foto fue tomada en 1991. De izquierda a derecha: Yo, Liliana(mi esposa), Alzira (mi prima), Carmen (mi cuñada) y Carlos (mi hermano).
Después de unos días, le consiguieron trabajo a mi cuñada, entonces, abandonó el albergue junto con mi hermano. Yo pasaba los días esperando que nos encuentren empleo, hasta que una tarde llegó una chica brasileña, que en un momento preguntó:
– ¿Quién es Nagata?, (mi apellido lo había leído en la lista de la olla común).
– Yo, respondí.
– ¿Eres hijo del señor Koichi? Sentí cosas extrañas en mi corazón porque, efectivamente, Koichi es el nombre de mi padre. Sin salir de mi asombro al encontrarme frente a una bruja, le dije “Sí, ¿cómo lo sabes?”
– Es que yo soy tu prima -me contestó-. Nuestros ojos chinos se nos abrieron. Hubo risas, abrazos y besos.
Allá por el año 1929, mi padre y su hermana viajaron al Perú, sin embargo, tres de sus hermanos fueron a Brasil. ada uno de ellos hizo familias numerosas. Después de 61 años, en la segunda generación, dos primos hermanos se llegan a encontrar en la tierra de sus padres, yo cruzando el Atlántico y Alzira (mi prima) cruzando el Pacífico. Juntos hicimos una vuelta al mundo y nos encontramos allá, cayendo en el mismo agujero, sin buscarse el uno al otro. Alzira solo estuvo unas horas en aquella casa, luego de cenar se fue para no sé dónde.

Festival de intercambio cultural en la escuela de mi hija. Ahí estoy bailando el “Chacombo” acompañado por mi esposa y mi hija.
Poco después, los tres últimos peruanos fuimos llevados a otro albergue mucho más alejado. Luego de casi 20 días nos trasladaron a la ciudad de Toyota, donde nos consiguieron trabajo. Alzira intentó comunicarse conmigo por intermedio de la compañía en la que trabajamos, pero no le proporcionaron dato alguno. Después de varios meses, por intermedio de una tía en común, Alzira consiguió mi dirección y acordamos vernos un domingo, en esta ocasión, con la compañía de mi hermano. Volvimos a recordar nuestro primer encuentro y pudimos charlar con tranquilidad sobre quienes éramos.
Si no hubiese participado en la olla común, si encontraba trabajo rápidamente o si me mudaban de albergue, hasta ahora no sabríamos de nuestra existencia. Hoy ya no existe esa casa del encuentro, un día de invierno quedó destruida por las llamas de un incendio. Otros inquilinos extranjeros, seguramente desacostumbrados al uso de la calefacción, se descuidaron de un artefacto a kerosene y provocaron el siniestro. No sé qué tan extraordinario les parecerá a ustedes este encuentro y tampoco sé cuál será la probabilidad de que ocurra un acontecimiento así, pero hasta ahora, 18 años después (todavía aquí en Japón), me sorprendo de lo ocurrido. ¿Serán cosas del destino o simplemente se debió a que el mundo es pequeño?
Sergio Nagata, Japón
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