En las aulas chilenas

Tengo 17 años, hace cuatro que vivo en Santiago de Chile y este será mi último en el colegio. Todo comenzó cuatro años atrás, cuando llegando de Perú, donde ya había terminado primero de secundaria, me enteré de que acá estaba en el último grado de primaria.
Los dos primeros años los estudié en un colegio mixto de clase media alta, hecho para repitentes y alumnos con problemas de conducta. Es difícil lidiar con esa clase de gente y más cuando eres extranjero. Tuve problemas con los demás alumnos, pero aún así logré salir adelante y obtener buenas notas. iempre me sacaba 6 y pico –sé que suena raro, la escala de notas chilena va del 2 al 7, con decimales; por ejemplo, si te sacas 3,6, apruebas con 4-. Mis buenas calificaciones generaron la envidia de los flojos y me comenzaron a molestar. Al principio yo no les hacía caso, pero al final me aburrí y más de uno de esos chicos problemas recibió unos golpes de mi parte.Luego de esa amarga experiencia logré postular y entrar a un prestigioso colegio tradicional alemán en Santiago, que tiene 97 años. En él se han educado políticos, presidentes, empresarios y demás personalidades que fueron influyentes en el siglo XX. Mi experiencia ahí fue buena, era otra cosa comparado con el colegio en que antes estaba. Tuve buena acogida por parte de mis nuevos compañeros y de mis profesores. Rápidamente me integré a un grupo de amigos que compartían mis gustos y pasatiempos, y aunque era un colegio de hombres, teníamos lazos de amistad con dos colegios de mujeres que quedaban a dos cuadras. Era tan buena nuestra relación que nos invitaban a las fiestas que hacían y viceversa. Todas estas bonitas experiencias ocurrieron cuando cursaba el segundo años de media. La educación del colegio era sólida. Lo que más me interesó ese año fue la clase de funciones y relaciones en matemática en las que me volví un experto.
El tercer año de media fue difícil. La mayoría de los cursos aumentaron su exigencia, especialmente matemática. Tanto así, que me acuerdo que el año pasado soñaba con parábolas e hipérbolas. El primer semestre fue el peor que hice en todos estos años de colegio en Chile, pero en el segundo semestre me recuperé y logré salir adelante. Subí un montón, sino hubiera sido por el primer semestre hubiera terminado el año con un buen promedio general.
También cabe destacar el Schullerfest (fiesta del colegio en alemán) del año pasado, en la que invitamos a un colegio de mujeres de monjas francesas a participar en la semana del colegio. Toda una semana llena de actividades mixtas en la que afloran amoríos en cada pasillo. Lo mejor fue la fiesta en la que los de tercero ganamos. Fue excelente, podías abrazar a cualquier chica, todo justificado por la algarabía producida por el triunfo. Al día siguiente nos reunimos con ellas en un parque a celebrar la victoria a punta de cervezas y parrilladas. Simplemente E-S-P-E-C-T-A-C-U-L-A-R.
Este lunes regresaré al cole, pero esta vez iré a uno en Chicureo, un sector hermoso lleno de lomas verdes y aire puro al norte de Santiago.
Alonso Arana, Chile
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