Busco novia europea

Foto: physis3141
- ¿Eres alemán, no hablas alemán y vienes de Venezuela?
- Sí.
Los dos policías solo atinaron a reírse y dudaron mucho de lo que este muchacho les decía. Llamaron a la central, se informaron sobre él y revisaron si sus documentos eran falsos. Él no sabía hablar mucho alemán, pero por lo menos comprendía inglés y sabía decir “gracias, sí y no” en el idioma germano. Le revisaron hasta la conciencia y le preguntaron hasta el nombre del perrito que no tenía. Así era la vida en Múnich. Mucha gente ya le había comentado que, en esa ciudad, las probabilidades de ser controlado eran iguales a las que te pregunten la hora.
Había llegado hace como dos meses a la capital Bávara, tal vez buscando aventuras o queriendo hacer famosa la pequeña banda de música que tenía, quizás queriendo ver a sus amigos que ya vivían tiempo en Alemania. Quién sabe qué lo había movido a hacer un viaje como ese, pero en ningún momento pensó que la vería tan verde por esos lares.
Había llegado con un amigo, otro venezolano que no era alemán y que tampoco hablaba alemán ni mucho menos inglés. Los dos eran bateristas de una banda desconocida. ¿El plan? Estar un año en Múnich y hacer todo lo posible por quedarse más tiempo. Lo primero por hacer, ya que el hombre no vive solo de pan y mucho menos solo de amigos, era aventurarse a buscar trabajo. Queriendo vender su música que no se conocía y pasando por trabajos de limpieza u otro que se les presentara, comprendían que la realidad en Alemania era otra a la que ellos se imaginaban.- Compadre, búscate una tía que te dé casa y comida. Solo así podrás tener tranquilidad para estudiar, no tienes que preocuparte por el alquiler y mucho menos por encontrar una flaca. Al final, ¿lo que se quiere es terminar la carrera, no?.
- No, no pasa nada. Ya encontraré chamba y poco a poco avanzaré.
Era una tarde de verano, los estudiantes alemanes solían, en días como ese, salir al parque y estudiar o leer ahí. Pero él no, él se detuvo frente a una maquina en la que a cambio de meter botellas vacías de Coca Cola, te daban algo de dinero. Sacó de su mochila unas diez botellas que había encontrado por ahí y las metió, pues ya eran casi las doce y de alguna manera el hambre castiga.
Al meter la última botella se le vino a la mente lo que su amigo le había dicho esa noche de cervezas. En ese tiempo pensaba que el hombre estaba medio loco, pero poco a poco comprendía que el consejo que le había dado no era un simple delirio. Pensaba que también él podría haber vivido esas cosas, pasado por esos días en que sin alguna ayuda económica tenías que buscar algún trabajo y, si tenías mala suerte, encontrabas uno mal pagado o, si eras además piña, ninguno.
Él ya era un caso especial, pues por más que buscaba trabajo solo encontraba negativas. Ya no tenía cabeza para el estudio, se dejó deprimir mucho y sin dinero no tenía ni chance de buscar consuelo en el alcohol. Así caminaba, pensando en qué es lo que podría hacer. Su zapato, ya con un hueco, le hacía recordar su realidad y le daba un matiz más trágico a su situación. Cada día resonaban con más fuerza esas palabras disparadas a quemarropa por su amigo y se preguntaba si los principios comprendían de pena o de hambre.
- Acabo de llegar. Estoy como ‘au pair’, pero estoy buscando alguna forma de quedarme acá, pues en el Perú no pasa nada, la cosa está cada día más terrible.
- Sí pues, pero se come rico, ¿no? ¡Jajaja! Yo vivo desde hace 15 años acá y aún no he vuelto al Perú. Ya estoy acostumbrado a estos lares y no creo que me vuelva a acostumbrar al Perú.
- ¿Ya eres alemán?
Era un grupo de seis chicas, dos de ellas recién habían llegado gracias alguna empresa que oferta la mano de obra en forma de intercambio cultural. Ellas tuvieron que escribir una carta describiendo sus atributos de chicas perfectas, amantes de los niños, alegres, hogareñas, que saben cocinar; o sea, algo así como la cenicienta moderna. Con un par de fotos y alguna recomendación, se inscribieron en la oficina virtual de alguna esquina de la red.
Floro o no floro, llegaron interesados en contar con sus servicios, les mandaron la carta de invitación y ellas tenían que pagarse el pasaje. La condición: “ayudar” en los deberes de la casa y de vez en vez cuidar a los niños cuando los padres tenían que trabajar o asistir a algún evento social. A cambio de eso recibían una propina, aprendían el idioma y no pagaban alimentos ni alquiler. El motivo principal, como dije antes, era el intercambio cultural, cosa que muy pocas veces se daba, pues de cenicienta moderna pasaban a lo tradicional. Una contaba que sus anfitriones no querían que asistiera a la escuela de idioma, pues esta le quitaba mucho tiempo, tiempo que podía ser empleado en hacer cosas en la casa o en cuidar a los niños. La otra decía que le gritaban mucho.
Fue un sábado, día en que a este peruano que casi nunca sale, se le ocurrió salir a socializar un poco. Al ver que ese grupo era de peruanas, se les acercó y les habló. Una de ellas se quedó hablando horas con él, las demás bailaban como queriendo hipnotizar a los presentes y conocieron a otro grupo de peruanos. Una de ellas llamó a su amiga con cierta emoción. Esta, que hablaba muy amena con el peruano, esperó a que su amiga le diera las nuevas buenas, quien muy rápida y sin mayor miedo le dijo en voz comprensible “ven que allá está un chico que es peruano-alemán, te lo presentaré”.
- Pues sí, a mí me gustaría mucho quedarme. Las cosas en Venezuela no van muy bien y, pues, acá podría trabajar más.
- Bueno, comprendo, pero vamos a una fiesta, es de algunos amigos que conozco, la mayoría son latino-alemanes, así que ellos de alguna manera podrían ayudarte.
Chileno-alemán, mexicano-alemán, argentino-alemán, todos tenían algo de alemán, si no era el padre, era el abuelo del abuelo de no sé quién. El venezolano se encontraba ahí, en medio de una fiesta a lo latino-alemán. El que lo había llevado quería que se desenvuelva un poco más y lo dejó solo. A la media hora escuchó cómo alguien criticaba muy fuerte a su amigo. Luego, ya no era solo uno, eran tres. Sin saber por qué, se asomó e intentó escuchar el motivo de las críticas, ya habían arrinconado al venezolano y este solo atinaba a decir “pero es que si quiero casarme es para poder quedarme acá”.
- ¡Salud loquito! Oye, pero ¿por qué no hablas alemán? Tus padres son alemanes, ¿no?.
- Mi papá es alemán y mi mamá es venezolana, así que en casa siempre hablábamos solo castellano.
– Oye, ¿y tú?.
- No, yo soy más venezolano que Chávez. Mis padres son venezolanos y bueno, me vine acá a ver qué pasa.
– Oye, pero ese día la cagaste. ¿Cómo les vas a decir a todos que quieres casarte solo por papeles? ¡Jajaja! Eso se tiene que manejar con cuidado pues.
- ¡Uy!, pero yo no pensaba que era algo malo, aunque cuando todos empezaron a atacarme me sentí muy perro ¡Jajaja!.
Los tres latinos (un peruano y dos venezolanos, perdón, un venezolano y un alemán que no hablaba alemán) estaban en una casa de estudiantes, tomando algunas cervezas para olvidar la semana pesada. Ya habían pasado casi tres meses desde la llegada de estos dos aventureros. Uno podía quedarse cuanto más quisiera y al otro ya se le terminaba la visa. Era justo él quien estaba más interesado en poder quedarse y trabajar en Baviera, pues había gastado los pocos ahorros que tenía en costearse el pasaje de avión y si volvía sin pena ni gloria, el haber cruzado los mares habría sido en vano. El venezolano-alemán, que era muy buen amigo de este, también buscaba preocupado alguna posibilidad para que su amigo se pueda quedar. Estando en esa situación, el peruano les contó que no habían muchas formas. Pero una de ellas era el ser estudiante, que alguien se haga responsable de él ante el estado alemán, pero este tendría que tener las posibilidades económicas, en pocas palabras, tener un buen trabajo. La otra era que se case con alguna alemana o alguna integrante de la Comunidad Europea. Esto le atraía más al venezolano, pues de ser así, podría trabajar sin ningún problema. La cuestión era con quién se podría casar. Decirlo es fácil, pero encontrar alguien que te haga el “favor” es otra cosa y lo más seguro es que si encuentras a alguien que lo haga, lo más probable es que quisiera alguna retribución, en pocas palabras, una cierta cantidad de dinero que alcanzaba una cifra de cuatro dígitos.
Después de un salud y sin encontrar alguna solución, al peruano se le ocurrió comentar que el matrimonio entre homosexuales ya era legal en Alemania, que los dos podrían casarse y así el venezolano se podría quedar. El comentario fue tomado con mucha seriedad por estos dos viajeros, hasta que el peruano, con voz burlona, les dijo “pero tendrían que besarse en la boda, sino no les creerán”. Eso les hizo reaccionar y, mirándose con cierta cara de crédulos, dijeron NO.
- Sí compadre, encontré a alguien que puede casarse conmigo, pero quiere siete.
- Ya pues, no te queda otra, así la tendrás más fácil.
- Sí, esta nota de querer estudiar y no contar con ayuda económica me resulta algo difícil, así que pienso ponerme a trabajar, ahorrar y luego retomar mis estudios.
- Con tal que no te guste el billete y prefieras solo trabajar a estudiar.
En media hora ya habían recorrido todo el pueblo, este se encontraba muy cerca a Hamburgo. Le dijeron que ahí podría casarse sin mucho trámite burocrático. Este pequeño pueblo quedaba en Dinamarca. La jueza hablaba bien alemán y ya había casado a muchos extranjeros. El día que la llamaron para hacer una cita para la boda, les dijo que tenían que estar mínimo tres días en Dinamarca, solo así podrían casarse en ese país. Llegaron un lunes y la ceremonia tenía que ser el jueves. No eran los únicos que esperaban ese día, en el hotel recomendado por la jueza habían ya dos parejas más que también esperaban que sea jueves. Ellos venían de Berlín y también eran extranjeros.
Los días pasaron sin mucho que hacer y cuando llegó el jueves, esperaron su turno para poder casarse. No tenían testigos así que en la municipalidad les dieron unos. En último minuto se dieron cuenta que tampoco tenían anillos, así que la chica se sacó el que ya tenía y se lo dio a su futuro esposo. “Sí, acepto”, fueron las últimas palabras antes de darse el piquito que sellaba el negocio, digo el matrimonio. Se despidieron de la jueza y se fueron en dirección a la estación de trenes.
- Oye, ¿qué paso con la flaca?.
- Nada, no pasa nada. Está en busca de un alemán.
– Hmmm… O sea te choteó.
- Sí pues, creo que sacaré la nacionalidad alemana, así no pasa nada con ninguna latina.
Dos veces por semana -jueves y domingos- las chicas que habían llegado gracias al programa de ‘au pair’ se reunían en las oficinas de la agencia. A veces asistían ex ‘au pairs’ que daban consejos de cómo poder llevar esa vida de la mejor manera. En estas reuniones, muchas chicas encontraban formas de desfogue que las ayudaba a convivir con esa cultura tan distinta a la latina, hacían nuevas amigas y quedaban para salir en sus días libres a conocer la ciudad o asistir a alguna fiesta.
Fue así que estas peruanas se conocieron, la mayoría eran ex au pairs. De ellas, dos ya estaban casadas con algún alemán, algunas con un novio europeo y una estaba como estudiante. Estas escuchan atentamente lo que su nueva amiga les decía, que quería quedarse como sea en tierras teutonas, que la familia alemana con la que se estaba viviendo no tenía el menor interés en ayudarla. Las demás le aconsejan que se busque un alemán, que por ningún motivo esté con algún peruano, pues estos son muy “borrachos y vagos”. Muy obediente la chica, empezó a practicar su alemán con alemanes. Estos la encontraban exótica, simpática y fácil. Con dos ex novios alemanes en dos meses se había dado cuenta de que la tarea no iba a ser tan sencilla, pues si bien los alemanes son muy “manejables”, piensa ella, también son demasiado “fríos”. Cuando menos lo pensaba, conocían a alguna otra latina que le ganaba en atributos y terminaban la relación sin mayor problema. Esa noche en la disco latina, ella pensaba que lo ideal sería encontrar algún peruano-alemán, que haya nacido en Alemania de padres peruanos y que tenga ese algo peruano que ya empezaba a extrañar, pues como dicen por ahí, la tierra llama. Es así que muy amena se pasó horas hablando con este peruano y al escuchar que ya llevaba 15 años en Alemania, se le ocurrió pensar que ya era alemán; le hizo la pregunta y justo cuando escuchó la respuesta negativa, llegó su amiga como salvándola de tener que decir alguna excusa para poder salir de esa situación.
- Bueno, loquito, cuídate y si algún día necesitas algo, escríbeme.
- Gracias por todo. Nos comunicamos por el Messenger, ¿ok?.
- Chévere, adiós.
Con 50 euros tuvo que comprar algún presente para sus padres, chocolates para el sobrino y los primos, y alguno que otro recuerdo. Ya habían pasado tres meses y lo único que pudo encontrar en ese tiempo fue pocos amigos. Le prometieron que buscarían alguien que le haga una carta de invitación para que pueda estudiar en Múnich, que no pasaría mucho tiempo hasta que volviera a pisar esas tierras. Su fiel amigo decidió quedarse un tiempo más. En el aeropuerto, cuando se despidieron con un abrazo, este le volvió a repetir la promesa que, hasta el día de hoy, en el aeropuerto se quedó.
José Ochante, Alemania.
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