El rojo y el azul deberían ser tratados por igual

Tres años atrás quisimos cruzar el puente fronterizo entre Canadá y Estados Unidos frente a las cataratas del Niágara con la finalidad de ver las cataratas del otro lado, pasar el día y quizá comprar algunas cosas.
Mi pasaporte tenía visa válida hasta julio del 2009, la visa de mi esposa había vencido hacía un par de días y mis hijos, en aquel entonces de 4 y 3 años de edad, nunca la tuvieron. Hice las averiguaciones del caso en la oficina de atención turística de la ciudad en la que vivía y me dijeron que no necesitaba visa para Estados Unidos; con la tarjeta de residente permanente en Canadá y mi pasaporte sería suficiente para poder cruzar la frontera. Nos preparamos para el siguiente domingo, salimos temprano de casa y fuimos a Niágara.
Siempre desconfiado y solo para estar doblemente seguro paramos unos minutos en la oficina de información turística de Niágara para reconfirmar lo que nos habían dicho. Efectivamente, nuestras tarjetas de residencia permanente y nuestros pasaportes eran suficientes para poder pasar el día en Estados Unidos. Inclusive, ante mi duda, la atenta muchacha de aquella oficina hizo un par de llamadas al otro lado de la frontera en las que le confirmaban la información que me había dado.
Tomamos el auto y nos dirigimos llenos de confianza hacia el puente fronterizo. Entregué los pasaportes y las tarjetas de residencia al oficial de aduanas, quien de una manera muy tosca y cortante nos dijo que nos dirigiéramos a la oficina de migraciones, quedándose él con nuestros documentos.
La sala de espera era pequeña y estaba atiborrada de gente de todas las nacionalidades e idiomas, vimos cómo poco a poco todos iban pasando y pasando y a nosotros no nos llamaban, lo que nos hizo pensar ya en la posibilidad de algún problema. Los chicos empezaban a inquietarse y el más pequeño empezó a pedir su botella de leche. Tratamos de estirar al máximo el tiempo antes de salir de la oficina hacia el auto para sacar su botella, hasta que empezó a llorar. Y es que ya teníamos poco más de 2 horas en esa salita de espera.
Como para distraerlo me llevé al pequeño conmigo, apenas tomé el pasillo hacia la puerta de salida un uniformado moreno de unos 2 metros de altura empezó a caminar muy pegado a mí preguntándome a cada rato hacia dónde me dirigía. En todo momento yo le respondía: “Al auto a sacar la leche para el niño”. “¿QUÉ COSA?” “Al auto a sacar la leche para el niño” “¿QUÉ COSA?” “Al auto a sacar la leche para el niño” “¿QUÉ COSA?”.
Apenas abrí la puerta hacia la calle empezó a hablarme en voz mucho más alta (casi gritándome) muy cerca de mi oído derecho, siempre las mismas preguntas y yo dando siempre las mismas respuestas.
Abrí la maletera del auto y el moreno uniformado metió casi medio cuerpo en ella. Con mucha calma saqué la botella de leche de la mochila y se la di a mi hijo que miraba asustado a semejante tipo. Le dije muy pausadamente “Leche.– Leche—para— el—niño” “¿QUÉ COSA?” “Milk, M-I-L-K”. Al parecer esa respuesta lo enfureció, empezó a vociferar que él era un oficial de los Estados Unidos y que no era manera de hablar así a un oficial. Ignorando sus gritos me di la vuelta y me dirigí nuevamente a la salita de espera con el moreno muy pegado a mí y hablando muy fuerte cerca de mi oído.
De vuelta en la salita, esperamos cerca de 40 minutos más cuando nos llamó otro oficial de migraciones. Nos tomaron fotografías y huellas digitales y nos pidieron que esperásemos unos minutos más. Ya casi no había nadie en la sala de espera, solo unos filipinos que llegaron mucho después que nosotros y que tampoco habían sido llamados.
Al rato me vuelven a llamar. Esta vez voy solo.
Paso a una oficina y cierran la puerta. Me ofrecen asiento.
“No se olvidó usted de hacer su tarea?” – me dijo sarcásticamente este nuevo oficial. Al ver mi cara de extrañeza por su pregunta me dijo que sin visa no podíamos cruzar la frontera y me preguntó cuáles eran nuestras verdaderas intensiones para entrar de esa manera a Estados Unidos.
Le expliqué con detalle, tal como lo había hecho previamente en la antesala a esa reunión con otro oficial, que solo queríamos ir a pasar el día. Les comenté sobre las dos ocasiones en que en las oficinas turísticas de Ontario me dijeron que sí se podía cruzar la frontera con la tarjeta de residencia permanente en Canadá y el pasaporte; le comenté además sobre la llamada que realizó la joven en la última de ellas antes de cruzar, pero él no decía nada. Después de muchas preguntas, todas ellas repetitivas hasta el cansancio, me pidieron que volviera a la sala de espera, donde ya solo quedaban mi esposa y mis dos hijos. Habían pasado en total un poco más de 5 horas.
Al cabo de unos minutos más nos llamaron a todos, nos devolvieron nuestros pasaportes y nos entregaron unos formularios que habíamos llenado al entrar a la sala de espera en los que un sello enorme decía “Rechazados”. Nos indicaban cómo regresar a Canadá y nos sugerían amablemente que no nos desviáramos “por nuestro propio bien”.
Antes de salir le pregunté al oficial por qué en un lado nos dicen que con las tarjetas de residencia permanente en Canadá y el pasaporte se podía cruzar la frontera y por qué ellos nos decían lo contrario.
Su corta y seca respuesta nos dejo boquiabiertos. “Porque son peruanos”
Hace un par de semanas volvimos a cruzar la frontera. Esta vez estrenando pasaporte azul. El oficial de aduanas no podía ser más amable ni podía sonreír más. Nos deseó una feliz estadía en Estados Unidos e inclusive nos recomendó un par de restaurantes. No nos demoramos ni 2 minutos.
(*) Esto ocurrió mucho antes de entrar en vigencia las nuevas regulaciones para ingresar a Estados Unidos.
Carlos Somocurcio, Canadá
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