Santiago está en Compostela

Ciudad de piedra viva, lluvia y peregrinación
En gallego las palabras bailan, se divierten, te acurrucan y te enamoran. El gallego no se explica, se vive, se siente. El gallego, cuando ya no lo tienes cerca, te vuelve víctima de la morriña(1).
Llegué a Galicia en abril, días antes de la Semana Santa. Viajé en tren por siete horas de Madrid a Santiago de Compostela para visitar a Marta, mi compañera de piso, conocer su tierra y la del apóstol.
De Santiago, la ciudad y el apóstol, sabía muy poco y fui de pura casualidad. La casualidad se convirtió en constancia y fui dos veces más; sacándole días al calendario y dispuesta a conocer lo que me fuera permitido del noroeste de España. Así -pensé y pienso- derribaría uno a uno los chistes que había escuchado sobre “los gallegos” y que no se asemejan en nada a la realidad. Son, para que me entiendan, como el agua y el aceite, como el café con sal.Quiérote Santiago
En esta tarea educativa tuve a la mejor guía, una galega risueña o, como diría ella, riquiña. Se puso su mochila a la espalda y llena de hojas y rutas turísticas, empezó con las explicaciones y datos curiosos para que yo no me pierda ni un solo detalle de la ciudad de piedra. Y fue así, no me perdí nada. En mi primer viaje lo viví casi todo, hice mi propio camiño de Santiago. De la Plaza del Obradoiro a los tejados de la Catedral, de la rúa Franco al licor café de El Mosquito, del museo del Pobo Galego a la Plaza de la Quintana, de la Universidad al parque de Bonaval, del pulpo al Albariño(2), de la piedra a la ría, de la noche al día, de la lluvia a la luna, de la risa al llanto, del beso al biquiño(3).
Y así me enamoré de Santiago, el de Compostela. No necesité más días para saber que quería regresar. A Compostela, parafraseando a Cunqueiro(4), me acerqué como quien se acerca al milagro. Un milagro que no pienso olvidar ni dejar de visitar.
Un mes y medio después del primer viaje decidí regresar. Nuevamente con Marta, descubrí más cosas, me tomé mi tiempo para saborear el vino en la taziña, remojar el pulpo -bañado en aceite de oliva, sal gruesa y pimentón- en el pan, saborear la empanada con sardiñas, memorizar el dulce sonido del gallego, comerme un buen chuletón, sentir el picor de los pimientos de Padrón, abrir el mejillón para comerlo con limón y ver de noche, una vez más, la Catedral. Esta vez no me tiré al piso como en mi primer periplo, pero el nuevo ángulo me volvió a impresionar.
Mi tercera vez en Santiago fue en uno de los mejores días de su calendario: A finales de Julio, cuando la ciudad entera celebra al Apóstolo. La catedral replicada en cada rincón, iluminando la piedra. La gente disfrutando de la música en las calles, parques y alamedas; los peregrinos felizmente exhaustos abrazando al apóstol o simplemente tirados en medio de la Plaza del Obradoiro. Cansados y risueños, por haber terminado su promesa y quizás alguna de las nueve rutas que forman parte del Camino de Santiago, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco hace dieciséis años.
Esta tercera vez no solo volví a recorrer los lugares conocidos y las callejuelas estrechas del centro histórico de ciudad sino que caminé otras rutas, incluso –como otras veces- salimos de Santiago para descubrir otras partes de Galicia. Conocí Combarro (lugar al que también quiero regresar), Sanxenxo, A Coruña, Padrón, Porto Novo, parte de la costa da morte y más.
Choiva
En cada uno de mis viajes, dice Marta, el sol estuvo de mi lado; pero lo cierto es que Santiago no habría sido el mismo sin esa lluvia que refresca la piedra y limpia nuestras penas.
La lluvia es parte de Galicia pero eso no debería detener ningún plan para recorrerla. Yo, tan poco acostumbrada a la lluvia que empapa, aquí aprendí a caminar con la lluvia por la madrugada, al final de la noche o muy temprano al salir de casa.
Pero así como hay días que te puedes mojar de pies a cabeza –sino estás adecuadamente equipado con el paraguas-, algunos días el cielo te regala una dulce llovizna. Solo entonces, para los que somos ajenos a esta tierra, entendemos por qué en Galicia se dice que la lluvia es poesía.
Hasta lueguiño
Pensarán que soy injusta y que Galicia no es Santiago, pero la verdad es que Santiago –capital administrativa, social y comercial de la Comunidad Autónoma de Galicia- se merece no una sino varias menciones aparte. Por su historia, por la piedra, por la vida, por la lluvia, por las rías, por el verde, por el paisaje, por su lengua y, sobre todo, por esa exquisita combinación de presente y pasado que se vive en sus calles. Entonces, como diría Pipo (el padre de Marta) manda carallo(5) que lo merece, porque Santiago es Compostela y hay que caminarlo para saberlo.
La próxima vez que visite Santiago de Compostela espero hacer el camino y ser, a partir de ese momento, una fiel peregrina.
Más datos:
Caminante, sí hay camino
Ruta que recorren peregrinos procedentes de España y de muchos lugares del mundo para llegar a Santiago de Compostela, donde se encuentran las reliquias del apóstol Santiago el Mayor.
Si bien en un inicio los primeros peregrinos del siglo X recorrieron la ruta que hoy se conoce como el Camino del Norte, en la actualidad existen nueve rutas: Camino Francés, Camino Aragonés, Camino Primitivo, Camino del Norte, Camino Portugués, Camino Inglés, Vía de la Plata, Itinerario Jacobeo del Mar de Arousa y Río Ulloa, Camino Finisterre.
Cualquiera sea el camino y el modo en que se recorra (a pie, bicicleta o caballo) al final de la ruta el peregrino puede pedir, si lo desea, la “Compostela”; un certificado que se expide al entregar un cuadernillo que contenga los sellos de los albergues que el peregrino pasó durante su recorrido.
Para planificar su viaje a esta ciudad o hacer el Camino de Santiago puede visitar el portal oficial de la oficina de turismo.
(1) Tristeza, nostalgia por la tierra natal.
(2) Un vino blanco.
(3) Bico / biquiño: beso en gallego.
(4) Álvaro Cunqueiro, escritor gallego.
(5) Expresión que usan los gallegos para manifestar sorpresa, asombro, etc.
Ursula Franco, España
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